Las tres ‘tribus’ del laborismo británico, cara a cara

La semana pasada comenzó oficialmente la carrera para elegir al sustituto de Jeremy Corbyn al frente del Partido Laborista. En las pasadas elecciones del 12 de diciembre, obtuvo su peor resultado en número de escaños desde 1935. Boris Johnson consiguió una mayoría absoluta muy cómoda, y las dudas que podían quedar sobre el Brexit fueron disipadas. Aunque los efectos prácticos sólo se dejarán notar a partir del periodo de transición que finalizará en diciembre, el Reino Unido ya se ha apeado de la Unión.

Aturdido por el shock, el Partido Laborista busca líder. Varios nombres que se postularon inicialmente han ido quedando fuera de juego en un proceso interno farragoso, pero envidiablemente transparente y participativo. Quedan tres personas en pie, una por cada tribu.

En cabeza tenemos a Keir Starmer (segundo por la izquierda), Sir Keir Starmer, abogado especializado en derechos humanos y antiguo fiscal general del Estado. Representa a la circunscripción de Camden, en el norte de Londres, uno de los barrios más pro-europeos de la capital y del país. De hecho, como encargado de la estrategia laborista respecto al Brexit muchos ven en él al culpable del cambio de posición del partido entre 2017 y 2019. Si no hubieran obtenido un resultado tan lamentable, diríamos visionario en lugar de culpable, pero la realidad fue la que fue. Unos se lo reprocharán a los portavoces, otros a los periodistas; pero, según todas las encuestas, los votantes no tenían claro qué querían hacer los laboristas con el Brexit.

Starmer representa a la ‘tribu’ europea y cosmopolita dentro del laborismo, poco dada a estridencias discursivas o a radicalismos ideológicos. En otro momento histórico, Starmer habría sido un candidato convencional, la opción estereotípica del lector de The Guardian, de The New Statesman y del London Review of Books, la voz de la clase media londinense más o menos acomodada. Habrá quien vea en su indefinición ideológica un problema; otros encontrarán ahí su principal fortaleza.

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El Laborista es un partido que viene de un fracaso histórico: se ha tirado 27 de los últimos 40 años en la oposición, donde va a quedarse por lo menos cinco años más, si no son 10. En estas circunstancias, es posible que la mayoría de los miembros del partido preste atención al hecho de que los grupos focales y las encuestas parecer ver en Starmer al candidato más presidenciable, al más primerministroable.

Con cerca de 550.000 miembros, el Laborista es el partido europeo con mayor militancia en toda Europa. Y es esa militancia y los simpatizantes que pagan una cuota quienes tendrán la última palabra. Se trata del mismo electorado que eligió a Jeremy Corbyn en 2015 y que le confirmó en el puesto en 2017. Corbyn, el hombre que contra el viento de su propio grupo parlamentario y contra la marea del establishment mediático logró un resultado sorprendentemente bueno en las elecciones de junio de 2017. Aquello fue gracias a Momentum, un movimiento que surgió con él para impulsar políticas socio-económicas progresistas en el seno del partido. Ni los ingresos familiares, ni la geografía ni el sexo: la principal brecha en el comportamiento electoral entre conservadores y laboristas es la edad. Y Momentum ilusionó mucho a los jóvenes.

Evidentemente, esa ilusión no se tradujo en rédito electoral el pasado diciembre. Pero muchos piensan que una de las diseñadoras del programa económico del partido, Rebecca Long-Bailey (derecha), puede capitalizar aquel entusiasmo. Por primera vez, hay más mujeres que hombres en el grupo parlamentario laborista. Sin embargo, mientras los conservadores cuentan con dos primeras ministras en su haber, los laboristas todavía están por elegir a su primera lideresa. Nacida en Mánchester hace 40 años, muchos ven en ella a la persona llamada a preservar el corbynismo tras Corbyn. Long-Bailey está convencida de que la mayor parte de la gente quiere políticas a la izquierda como las que defendió el partido en las últimas elecciones, pero que el Brexit fue el factor determinante por el que los laboristas no ganaron.

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Las encuestas que han ido publicándose tienden a apuntar que, junto con el Brexit, el liderazgo del partido era la principal razón por la que muchos votantes tradicionales no confiaron esta vez en la opción laborista. La duda está en si bastaría con cambiar al líder, y si sería prudente mantener el programa político que se tradujo en el peor resultado electoral de la izquierda en ocho décadas.

Y así llegamos a la tercera candidata en liza, la menos conocida de los tres: Lisa Nandy (segunda por la derecha). Una de las cosas que más dolió al militante laborista la madrugada del 12 al 13 de diciembre fue ver cómo los conservadores rompían el llamado cinturón rojo del Norte de Inglaterra, haciéndose con muchos de los feudos tradicionales de la izquierda. Algunas circunscripciones habían votado laborista sin excepción durante más de un siglo.

Lisa Nandy representa a Wigan, a medio camino entre Liverpool y Mánchester, una de las circunscripciones que se salvó de la quema. Wigan es también un lugar donde más del 60% del electorado votó a favor del Brexit en el referéndum de 2016. Hija de un intelectual indio que inmigró a Inglaterra en los años 70, Nandy se dio a conocer ante el gran público a la mañana siguiente de las elecciones. Con una capacidad dialéctica extraordinaria para defenderse de las afiladas fauces de los periodistas británicos, la plataforma de Nandy se sustenta en la autocrítica. En su opinión, el partido lleva demasiado tiempo ignorando a las comunidades del norte inglés y de las zonas económicamente más deprimidas. Los laboristas, sostiene, no pueden depender del voto de los universitarios, sino que deben reconectar con el votante de clase y, también, defender la transferencia de competencias desde Westminster hacia los ayuntamientos.

Para Nandy, el problema fundamental no son tanto las políticas como la credibilidad del partido para llevarlas a cabo. Es también crítica con los titubeos de Long-Bailey y Starmer respecto al Brexit; aunque votó remain, asegura que lo más importante era respetar la voluntad popular. Y el pueblo votó leave. Nandy trata de presentarse como una política pragmática, pero al mismo tiempo se enorgullece de ser la opción menos segura de los tres, porque en su opinión los desafíos exigen un cambio profundo que ella, al parecer, podría liderar mejor que sus compañeros contrincantes. A muchos ha sorprendido llegando a disputar la final a dos pesos pesados como Starmer y Long-Bailey. Está por ver si será capaz de llegar más lejos.

A 163 escaños de los conservadores, gane quien gane se enfrentará a un reto colosal. Una de las cosas que han dejado claro los tres es que no ven en el horizonte el reingreso del Reino Unido en la Unión Europea. ¿Qué tipo de relación debería unir ambos territorios a partir de ahora? Por ejemplo, ¿qué posición van a defender los laboristas sobre inmigración y libre circulación?

El discurso de la austeridad ha quedado atrás. Los efectos se dejarán notar durante mucho tiempo, pero Boris Johnson es el primer líder conservador en medio siglo que se muestra partidario de invertir en infraestructuras públicas, aunque para ello prefiere endeudarse antes que aumentar los impuestos para los más ricos. ¿Qué mensaje defenderá la nueva o el nuevo líder laborista ante un primer ministro que actúa como si no fuera su partido el que implementó las políticas de austeridad de los últimos años? Antes hegemónico en Escocia, hoy el laborismo es irreconocible al norte de la frontera. ¿Qué puede ofrecer a una nación que ya parece estar más fuera que dentro del Reino?

El 4 de abril sabremos el nombre de la persona ganadora, pero necesitaremos más tiempo para conocer las respuestas a éstas y a otra muchas preguntas. Por ahora, queda una larga campaña por delante. Lo normal sería que ganara Keir Starmer. Pero seis semanas pueden ser una eternidad en política, y francamente hoy por hoy lo raro es que las cosas salgan como se espera de ellas.

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