Lecciones para una transición ecológica justa

La transición ecológica no sólo debe ser justa, sino que además debe ser percibida claramente como tal, para crear estados de opinión que la promuevan. Ésa fue una de las conclusiones principales de la jornada que, sobre experiencias previas de transición, se desarrolló hace unos días se celebró en la Universidad Pontificia Comillas, organizada por la Cátedra BP de Energía y Sostenibilidad, con la colaboración de la Asociación Española para la Economía Energética (AEEE) y el Club Español de la Energía.

Ahora bien, ¿cómo lograr esa percepción en la transición? Más allá de la propia justicia asociada a frenar el cambio climático, la justicia de evitar los daños que sufrirán, de forma mayoritaria, los países más pobres, que son además los menos responsables del mismo, el proceso de transición ecológica generará ganadores y perdedores, a los que será necesario proteger de forma efectiva y transparente. Esto requerirá, por supuesto, de procesos participativos, en los que estén involucrados todos los agentes afectados…pero también necesitará aprender de experiencias pasadas, tanto en nuestro país como más allá de nuestras fronteras. Aunque desgraciadamente hay pocos estudios rigurosos acerca del éxito o fracaso de los procedimientos e instrumentos empleados hasta ahora, y aunque muchas de las experiencias han sido negativas, la jornada aportó interesantes reflexiones por parte de los expertos.

[En colaboración con Red Eléctrica de España]

Una primera conclusión es que la transición ecológica es mucho más compleja que otros procesos pasados. Y además se superpone a procesos de mucho más calado, como la digitalización y la automatización, o los cambios demográficos. Por ello no debe contemplarse de forma aislada, sino integrada en este contexto.

Por otra parte, y al contrario que en otros casos, esta transición cuenta con un importante consenso social acerca de su necesidad, y presenta oportunidades que pueden ayudar a compensar de alguna forma los efectos negativos, tanto en términos de empleo como de beneficios ambientales asociados o de mayor seguridad energética. También permite contar, a través de los impuestos ambientales necesarios para conducir la transición, con una fuente de recaudación adicional. Por último, permite planificar con anticipación, y con tiempos largos que siempre juegan a nuestro favor.

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En segundo lugar, como muestran las experiencias de Indonesia y Egipto, es fundamental el diálogo y el debate, la comunicación y la transparencia. Esto puede asegurarse, tal como se hizo en el caso de la reconversión industrial que sufrió España en los 80 y los 90, incorporando estas obligaciones dentro del proceso reglado que debe regir la transición; pero también incorporando mecanismos de gobernanza sólidos, que incorporen la perspectiva de género, e integrados a todos los niveles de la Administración. Un proyecto reciente sobre transiciones desde el carbón, nos cuenta cómo en Alemania, por ejemplo, se estableció una comisión que incluía a todos los agentes afectados para decidir sobre el abandono de esta fuente de energía; o cómo en Canadá se ha creado una Autoridad de Transición Justa que trata de dar estabilidad y coherencia a las políticas más allá de los gobiernos y que permite sacar estos debates del ciclo electoral.

Otra lección aprendida de gran importancia, tanto de la reconversión industrial en España como de transiciones en otros lugares del mundo, es que el contexto regional es fundamental. Las mismas políticas tienen distintos resultados en función de las características de la región en la que se apliquen: entre otras, su dinamismo empresarial o su dotación de recursos. Además, hay que tener en cuenta que muchas veces las regiones más afectadas son precisamente aquéllas que ya están en declive, por sus problemas de demografía y de contaminación (un buen ejemplo es la España vacía). Por ello, y como muestra la experiencia de la India (en la que, por ejemplo, las regiones carboneras son las que menos recurso solar tienen), es preciso ‘mapear’ bien los recursos en cada territorio y buscar las ventajas comparativas de forma amplia, y no necesariamente dentro del sector energético.

Lo mismo sucede con la búsqueda de agentes locales que hagan de motores del proceso. Lehigh University, por ejemplo, ha desempeñado este papel en Lehigh Valley, una antigua cuenca siderúrgica. La universidad ha movilizado inversiones e impulsado proyectos estratégicos de forma que la región ahora tiene una economía mucho más diversificada, con la educación y el sector sanitario liderando la creación de empleo. Además, por supuesto, también ha formado muchos graduados, pero no con el objetivo de enviarlos a los grandes núcleos económicos fuera de la región, sino para, en colaboración con las agencias de desarrollo, lograr que contribuyan a la economía regional. Por supuesto, las universidades americanas tienen unos recursos distintos a las españolas… pero cabe plantearse cómo las nuestras pueden contribuir, no sólo con la formación, sino también con la innovación, al desarrollo de las regiones en las que están implantadas.

La heterogeneidad que requiere tratamientos diferenciados no sólo es regional; también los tipos de trabajadores afectados son distintos: algunos pueden recolocarse y otros formarse, pero los hay que no. A este respecto, la experiencia nos enseña que los programas de formación, en los que se suele poner mucho énfasis, no funcionan demasiado bien. A veces los candidatos no son los idóneos, a veces es difícil saber qué formación hace falta (cuando el futuro es incierto)… De hecho, en ocasiones no es precisamente esta formula para la reindustrialización la mejor opción. En Reino Unido, por ejemplo, una solución más efectiva fue construir infraestructuras que permitieran a los trabajadores de las zonas deprimidas desplazarse para trabajar en otras más boyantes.

Claramente, es sólo una pequeña muestra de todas las lecciones que se pueden aprender, condicionada por las limitaciones de tiempo de la jornada. Pero, en cualquier caso, creo que son pautas interesantes para seguir construyendo una estrategia inteligente de transición justa para España. Aunque, precisamente por ello, una última demanda que se formuló es que la estrategia sea evaluable y revisable, de forma que, al igual que pretendía la jornada, podamos seguir aprendiendo de la evidencia mientras avanzamos en el proceso, y sin que la parálisis por el análisis lo detenga.

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