Lo poco que nos dejó el debate electoral en Argentina

El 27 de octubre los argentinos eligen un nuevo presidente que deberá asumir el próximo 10 de diciembre. El domingo pasado, a 15 días de la elección, los seis candidatos en competencia se encontraron cara a cara en la Universidad Nacional del Litoral, provincia de Santa Fe. Éste fue el primero de los debates preelectorales que tendrán lugar en el marco de la Ley 27337/2016, que los establece como obligatorios “con la finalidad de dar a conocer y debatir ante el electorado las plataformas electorales de los partidos”.

La disputa se centra en el actual presidente, Mauricio Macri, de la coalición de centro-derecha Juntos por el Cambio, y Alberto Fernández, del Frente de Todos, que agrupa distintos sectores del peronismo y lleva a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner como vicepresidenta. De acuerdo con el resultado de las Paso, las primarias que tuvieron lugar en agosto, Fernández tiene las mejores chances, ya que obtuvo un 15% más de votos que el presidente.

Entre los otros cuatro candidatos, destaca Roberto Lavagna, ex ministro de Economía de Néstor Kirchner (2002-2005) y que, aunque alejado de los dos primeros, obtuvo el 8% de los votos en las primarias con su alianza Consenso Federal. Le siguen Nicolás del Caño, del Frente de Izquierda, y, por la derecha, Juan José Gómez Centurión, del Frente NOS, oficial retirado del Ejército, y el economista José Luis Espert ,del Frente Despertar.

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El debate, organizado por la Cámara Nacional Electoral, fue transmitido en directo por televisión a todo el país y siguió reglas estrictas en cuanto a la distribución por sorteo del orden de la palabra, de la posición de los atriles de los candidatos y la distribución del tiempo. Los temas, previamente consensuados, abordaron los ejes de las relaciones internacionales, la economía y las finanzas, la educación y la salud, los derechos humanos y la diversidad de género. ¿Qué nos quedó de este primer debate?

En primer lugar, no dio a conocer mucho más de lo que sabemos y, menos aún, sirvió para debatir plataformas electorales, según dicta la ley. Dejando por un momento de lado los contenidos, el formato escogido no ayudó. Ciertamente, no era fácil repartir dos horas entre seis candidatos y el mismo número de asuntos. Los escasos lapsos adjudicados, de un máximo de dos minutos, y la falta de interacción entre los candidatos por el control estricto del tiempo restaron profundidad al tratamiento de los temas. Los periodistas tampoco cumplieron otra función que introducir los temas y controlar el tiempo, por lo cual no se entiende por qué los moderadores tenían que ejercer esta profesión.

Sin embargo, sí que tuvo su importancia simbólica haber puesto a los candidatos a debatir. Fue, por ejemplo, relevante que el presidente compartiera el escenario en igualdad de condiciones con los demás candidatos. La vuelta momentánea al llano es significativa si tenemos en cuenta las ventajas que otorga a los presidentes su poder institucional, la centralidad pública con la que cuentan por el solo hecho de serlo y la infinidad de otros recursos que pueden desplegar por la misma razón en época electoral. El debate también puso en igualdad de condiciones al principal candidato de la oposición, lejos en votos y preferencias de los otros.

También quedó a la vista que el próximo presidente será un varón. Interesante que, a pesar de que tres candidatos llevan mujeres como compañeras, no se las mencionó aun cuando el tema de género era uno de los ejes del debate. Fue notable que Fernández no se refiriera a la ex presidenta Fernández, omisión estratégica de su futura vicepresidenta, aunque prometió la creación de un ministerio de la mujer. Esperamos que haya más mujeres que un ministerio sea cual sea el próximo Gobierno, o el Ejecutivo quedará muy desentonado con un Poder Legislativo que estrena paridad.

En segundo lugar, con los niveles de inflación, pobreza y deuda con que termina el Gobierno de Macri, estaba claro que la discusión en torno de la economía y las finanzas sería un tema central. Sin embargo, las intervenciones no arrojaron muchos elementos novedosos. Los candidatos se ordenaron en el rango de sus ofertas ideológicas, desde la izquierda –la deuda es ilegal e ilegítima– a la derecha –reducir el gasto público–, por ejemplo. Las propuestas no salieron de las expectativas que generaba cada candidato, sin lograr innovar o profundizar. Lavagna y Fernández recordaron los graves errores de política económica y el fracaso rotundo del Gobierno, propusieron recuperar los ingresos y defender el consumo y destacaron la necesidad de acuerdos para superar la crisis. Fernández, en particular, mencionó una política de consensos entre los actores de la producción –industriales, campo, trabajadores, Estado–, pero no mencionó los acuerdos políticos.

En el otro extremo, y siendo la economía es el talón de Aquiles gubernamental, Macri sólo atinó a recordar que la inflación y el déficit son problemas que vienen de lejos y a pedir más tiempo y apoyo para continuar con los cambios iniciados hace cuatro años. No es que se esperen detalles técnicos en los debates, pero tanto en economía como en los demás temas de la agenda –como las relaciones exteriores– se echó en falta hilar fino, que no es lo mismo que enumerar metas micro y logros puntuales. En el panorama general de crisis que los argentinos enfrentan día a día, faltó discutir el cómo y el hacia dónde. Será que pensaron que igual todavía falta un segundo debate?

Finalmente, y quizás por tratarse de un debate televisisado o por su particular dinámica, lo gestual, deliberado o no, tuvo una importancia desmesurada en las discusiones post debate. Se habló mucho del dedo ‘acusador’ de Fernández, al que Macri aludió en conexión con las tendencias autoritarias del peronismo. El pañuelo verde, que sólo Nicolás del Caño exhibió, ciertamente reforzó su identificación con la lucha por el aborto legal. Por su parte, la mirada lejana de Macri, sugirió a algunos cierta evasión de la realidad.

La reiteración o contundencia en la presentación de ciertos asuntos también tuvo su efecto para la identificación del candidato con nichos del electorado: Centurión, con su oposición al aborto y Espert, con su ubicación como el outsider de los candidatos, en contra de “empresarios prebendarios”, “sindicalistas que devoran” y la “corporación de los políticos”.

Así, tan estructurados, los debates no nos aportan demasiada información y muy probablemente éste en particular no haya cambiado ni definido muchos votos. ¿Sirven para algo los debates? El año pasado, en Brasil, Jaïr Bolsonaro fue el único de los candidatos que no asistió al debate televisado por razones de salud, lo cual no le impidió dar una entrevista a un canal cristiano que se difundía en paralelo. En democracia, sí es importante que los candidatos se vean obligados al ejercicio de presentarse públicamente y a debatir ideas.

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