Lo que la campaña electoral no cambiará

Se inicia la campaña electoral con una incertidumbre mayúscula: cuatro de cada 10 votantes predispuestos a votar (86% en la encuesta pre-electoral del CIS) no saben qué harán el día de las elecciones; igual que en las de 2015. Según algunos, esto hará de las próximas dos semanas “la campaña más decisiva de la democracia”. ¿Está todo tan abierto? En realidad, no tanto. El número de votantes que se están planteando votar pero que no tienen su voto decidido al iniciar la campaña suele ser notablemente superior al de los que luego reamente van a votar (Gráfico 1). Si tomamos como referencia las elecciones de 2015 (con un nivel de indecisión similar), por no ir más atrás, es plausible esperar que casi la mitad de esos indecisos ni siquiera tomen la papeleta el próximo 28 de abril. Y de aquéllos que sí lo hagan, sólo una pequeña parte está dudando en cambiar de bloque entre PSOE y Ciudadanos. Si ocurriera algo distinto sería una revolución en la política española.

Una sangría socialista en esa frontera con Ciudadanos era la ruptura del mapa político que amenazaba con alterarlo todo tras las elecciones andaluzas. Muchos comentaristas interpretaron la alternancia en la Junta como el presagio de un colapso de la izquierda que luego se extendería al resto de España. Pero las encuestas siguen, a día de hoy, sin detectar las condiciones necesarias para ese desenlace. No se dibuja una desmovilización significativa por la caída de Podemos, y la frontera PSOE/Ciudadanos solo experimenta movimientos relevantes hacia un lado, el del partido en el Gobierno. Cuanto más se active en campaña esa transferencia neta de Ciudadanos al PSOE, más se aleja la hipótesis de un cambio de mayorías. De momento, los socialistas ya superan a Ciudadanos en el espacio de centro en el que se sitúan más electores (ver gráfico 2). Por eso, las encuestas reafirman, semana tras semana, que nos encontramos más bien ante un panorama en el que quien se desgarra es el electorado de derecha. ¿Cambiará eso la campaña?

Es en esa disputa por la derecha donde la volatilidad está generando más incertidumbre y donde puede resultar más influyente la decisión final de una pequeña porción de indecisos que se debaten entre mantener el apoyo al PP o pasarse a Ciudadanos o, en mucha menor medida, hacia Vox. Ésa es la verdadera trascendencia del voto indeciso en estos momentos: no para determinar quién llegará a la Moncloa, sino para lo que sucederá después, quién liderará la oposición y con qué fuerza. Y es ese pequeño grupo de votantes indecisos el que ha convertido esta precampaña en un circo político en torno a tres paradojas.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

Primera paradoja: los partidos de la oposición están utilizando un tono duro, irritado y a menudo insolente -que seguramente no es del agrado de la mayoría de sus votantes, y quizá ni de los propios candidatos-, cuando el electorado muestra cada vez más señales reclamando contención y recuperación de consensos.

Segunda paradoja: esos candidatos insisten en competir y centrar sus discursos sobre temas controvertidos, muy divisivos, y donde el riesgo de lanzar propuestas caricaturescas es muy elevado; aunque en realidad se refieren a materias que preocupan menos a la mayoría del electorado: Cataluña para empezar, y a partir de ahí cuestiones de identidad y costumbrismo para la sociedad española. En esta campaña hablaremos poco de economía, aún menos de corrupción o de reforma política, los tres principales problemas señalados por los españoles.

Una última paradoja: Ciudadanos insiste en su rechazo rotundo a los tratos con los socialistas, mientras que muestra más tibieza con Vox -al igual que el PP-, a pesar de que la bolsa de indecisos entre estos partidos y Vox se ha reducido (por decantación hacia estos últimos), y la mayoría de los votantes de centro se oponen a los verdes porque prefieren el entendimiento con los socialistas.

Esta acumulación de paradojas se explica porque la competición electoral se ha desplazado desde el centro y las ciudades hacia la derecha y las circunscripciones medianas y pequeñas. Es allí donde PP, Ciudadanos y Vox siguen disputándose el desenlace de la revuelta interna de la derecha. En algún caso, se trata incluso de pequeñas bolsas de votantes enfadados en circunscripciones de baja magnitud que pueden acabar de decantar un par de docenas de diputados. Y esa franja ideológica y territorial de votantes obliga a un enfoque de la campaña distinto al de los distritos mayoritarios.

En otros tiempos, algunas de esas provincias ni siquiera eran visitadas por los principales líderes, porque su resultado se daba por descontado. En 2015 y 2016, esas aguas se vieron azuzadas por la irrupción de Podemos y (menos) de Ciudadanos. Ahora quiere entrar un quinto competidor, y en muchos casos ello se hará a costa de los actuales: principalmente Podemos, pero también PP o Ciudadanos. Y esa cuestión se dilucidará por distancias marginales menores, bajo la mirada del principal beneficiado, el PSOE.

Esta competición por el liderazgo (o la subsistencia) en la derecha de la España menos densa puede acabar dejando el espacio urbano a disposición de la izquierda, incluso allí donde hace décadas que no reinaba. Un ejemplo de ello es la transformación que va a producirse en las circunscripciones valencianas, donde el PSOE podría volver a ganar unas elecciones generales 30 años después.

El principal interrogante de esta campaña, a mi modesto entender, se encuentra en quiénes serán los beneficiarios si se confirmara esa combinación de concentración de voto en la izquierda y fragmentación espacial y geográfica de la derecha. De entrada, si el electorado de centro e izquierda no pierde la tensión demostrada en los últimos tres meses, el PSOE podría beneficiarse de un efecto ‘bandwagon’ (de apoyo a la lista ganadora), algo que suele ser más propenso entre indecisos predispuestos a cambiar el voto en los días finales de campaña. Tampoco es descartable lo contrario: que una victoria tan descontada en las encuestas diluya la fuerza de Pedro Sánchez en las urnas. En cierta manera, se trata de una situación que recuerda los dilemas vividos en las elecciones de 2015, donde PP y PSOE se intercambian los papeles, aunque los socialistas parten con mayor distancia respecto a los demás de lo que sucedía con los populares hace cuatro años (ver gráfico 2). Hay una diferencia sustantiva entre hoy y entonces: con todas sus gesticulaciones de campaña, Pedro Sánchez seguía emitiendo un discurso de aspirante opositor más contenido e institucional en 2015 que Pablo Casado en 2019.

Pero hay una segunda dinámica, que ya vimos en las andaluzas: si el voto al PSOE no se desinfla en los días finales de campaña, y se va conformando la percepción, entre los votantes más indecisos de la derecha, que la victoria de Casado es imposible y que Rivera sólo podrá llegar al Gobierno apoyando al PSOE, estos electores podrían insuflar mayor vigor parlamentario a Vox mediante el efecto ‘underdog’, de apoyo al que tiene menos posibilidades. Como ya indicábamos hace unos meses, el ascenso de Vox se erigía sobre el malestar difuso de miles de votantes de derecha, que optaban por un voto de castigo contra la impotencia de PP y Ciudadanos. Los trabajos posteriores de Andrés Santana y José Rama confirman esa hipótesis. Desde esa perspectiva, el desquite de la derecha el día de la jornada electoral ganaría posibilidades.

Con todo, quizá la principal consecuencia política de esta acumulación de paradojas no sea el beneficio electoral que puede acarrear al PSOE y Vox, sino su repercusión en el margen para la colaboración parlamentaria entre Gobierno y oposición en la próxima legislatura -sea cual sea la composición partidista de un lado y otro. Tras una campaña tan agria, ¿podrán adoptar los mismos líderes un tono menos estridente cuando se inicie la nueva legislatura? ¿Hasta qué punto los partidos van a quedar atrapados por sus estrategias pre-electorales y sus consecuentes retóricas de disenso?

Para responder ese interrogante, anticipemos los rasgos más probables de la próxima legislatura:

  • Obtendremos un Parlamento más fragmentado y más polarizado, por la irrupción de un quinto grupo parlamentario de ámbito nacional y muy descentrado ideológicamente.
  • Ahora sí, se constituirá un Gobierno -si logra constituirse- que será de coalición (ya que esta vez Ciudadanos y Podemos exigirán entrar en él), con dos partidos (porque Vox y los partidos nacionalistas no parecen ser socios deseables en el Gabinete), y -si la suma de PSOE y Ciudadanos no es posible- en minoría.
  • Incluso si la suma PSOE+Ciudadanos arrojara una mayoría parlamentaria ajustada (y no hubiera margen para un Gobierno alternativo  liderado por PP), podríamos asistir a una competición entre la mayoría de partidos por sumar sus votos en la investidura: por ejemplo, ERC e incluso JxC podrían ofrecer sus apoyos gratis, lo que automáticamente complicaría mucho el margen de maniobra de Albert Rivera, ya de por si muy constreñido tras su veto a Sánchez.

Como la campaña electoral difícilmente alterará ese escenario parlamentario, podemos aventurar que la fragmentación polarizada de la derecha obstaculizará aún más las opciones para alcanzar consensos razonables en los asuntos clave (Cataluña, economía, pensiones, reforma institucional, Presupuestos). Con partidos más débiles, y con liderazgos más cuestionados, las expectativas para el consenso deberían ser menores, no mayores. Ésa será la victoria a la que, de momento, puede aspirar Vox.

Autoría

1 Comentario

  1. Francisco claudel
    Francisco claudel 04-16-2019

    Tal como yo veo a los votantes indecisos quieren votar psoe y a los que mas o menos saben que van a votar psoe prefieren unas elecciones nuevas antes que pastar con siudadanos ó PP con la derecha ni agua hay que ser duro y contundente con la derecha en las políticas sociales así es como yo veo que piensan los jubilados y los que no llegan a final de mes

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.