Lo que nos espera con un ‘Brexit’ duro

La endiablada situación en la que ha quedado la retirada del Reino Unido de la Unión Europea exige una reflexión más atenta en el caso de producirse un Brexit duro, sin acuerdo con la Unión, el 30 de marzo de 2019. Este escenario, que se vislumbraba como una hipótesis impensable y más propia de un laboratorio de ideas, se ha convertido ahora en una opción perfectamente plausible gracias a la desastrosa gestión de las negociaciones de retirada lideradas por Theresa May. A falta de un acuerdo negociado sobre las condiciones de retirada del Reino Unido, algo que parece inevitable tras la votación en el Parlamento de Westminster del pasado martes, queda ahora esperar a una solución razonable que nadie está en disposición de ofrecer al pueblo británico. Y mientras avanza el reloj en busca de esa solución, cada día que pasa nos acercamos inexorablemente hacia el temido Brexit duro.

¿En qué consiste exactamente? Es difícil de prever con exactitud, pues la Unión nunca se ha enfrentado a una situación semejante. Sin embargo, podemos anticipar las líneas directrices de los acontecimientos y, como ahora se expondrá, cabe concluir que los efectos no son buenos ni para el Reino Unido ni para la Unión, pero serán especialmente catastróficos para el primero. Si un ‘Brexit’ blando supondría para el Reino Unido pegarse un tiro en el pie, con uno duro los británicos se lo estarían dando en la cabeza.

En primer lugar, un Brexit duro supone la salida del Reino Unido del mercado interior europeo. Ello conlleva la aplicación de controles aduaneros en el tráfico de mercancías entre el Reino Unido y la Unión. Para las cadenas de producción europeas con actividad en el Reino Unido, como sucede de forma muy destacada en el sector automovilístico, este escenario plantea retos logísticos importantes, aunque no catastróficos. Sin embargo, para las empresas británicas que forman parte de esas cadenas el efecto es dramático y puede suponer su extinción si no son capaces de adaptarse en el corto plazo, algo que parece difícil de conseguir a la luz de la incertidumbre que ha caracterizado a todo el proceso de negociación del Brexit.

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Del mismo modo, productos como los alimentos o los productos farmacéuticos encontrarán serios problemas para llegar al mercado británico. Incluso si el Reino Unido decide abrir sus fronteras comerciales a este tipo de mercancías, las autoridades aduaneras del país carecen en estos momentos de medios para realizar controles en aduana o gestionar de forma ordenada su entrada. El Gobierno de Theresa May ya ha comenzado a almacenar medicamentos y alimentos de forma masiva, realizando inversiones millonarias en sistemas de refrigeración (adquiridos, paradojas del destino, al otro lado del canal, en los Países Bajos). Este escenario afectará, sin duda, a la cuenta de resultados de las empresas europeas con exportaciones en el Reino Unido, pero el impacto se sufrirá con mucha mayor virulencia en el Reino Unido, tanto a nivel empresarial como ciudadano.

En segundo lugar, el Reino Unido perderá el acceso a la libre prestación de servicios en el mercado interior. Todos los profesionales autónomos británicos que prestan servicios desde las islas deberán solicitar autorizaciones, colegiaciones, realizar exámenes de aptitud, etc… si desean continuar haciéndolo como arquitectos, abogados, dentistas o profesores en estados de la Unión. Es cierto que éstos tienen margen para facilitarles la vida, pero no es muy extenso. Los profesionales locales que compiten con los profesionales británicos tolerarán cierta flexibilidad con sus compañeros del otro lado del canal, pero a la postre los colegios profesionales deberán  defender inevitablemente a los locales.

Y qué decir de las empresas británicas que prestan servicios o que se encuentran establecidas en países de la Unión. En este caso, la situación puede enredarse terriblemente tanto desde el plano societario como fiscal, donde las empresas gozan actualmente de importantes garantías que evitan la discriminación entre operadores europeos. España podrá cerrar el acceso al capital británico en sectores estratégicos, como el audiovisual o la energía, cosa que no puede hacer en estos momentos, mientras el Reino Unido permanezca en la Unión. Los grupos societarios con su establecimiento principal en el Reino Unido perderán las ventajas de operar como grupo en la Unión, principalmente en el plano fiscal. Y qué decir de las empresas británicas que operan en otros estados miembros con una licencia sujeta al Derecho de la Unión, una singularidad generalmente reservada a las empresas que operan principalmente en el territorio de la UE. La situación del transporte aéreo es reveladora de los retos que provocaría un Brexit duro para este tipo de empresas.

No obstante, la Unión ha previsto varias medidas para paliar los efectos más directos y severos de un ‘Brexit’ duro en Europa. Para empezar, ha adoptado legislaciones con carácter urgente para facilitar la operativa de la industria del automóvil y para autorizar el transporte aéreo de punto a punto entre aeropuertos británicos y europeos. Asimismo, los nacionales británicos podrán seguir viajando a Europa sin visado durante un periodo de tres meses, como sucede en la actualidad con los ciudadanos de la Unión. Asimismo, los estados miembros han anunciado medidas unilaterales que complementan las europeas. España ya ha aprobado un plan de contingencia dirigido a facilitar la circulación de personas y el transporte, así como a estabilizar la situación de los británicos residentes en España. El impacto más severo del Brexit duro no se percibirá en el día a día de los ciudadanos europeos, sino más bien en la actividad económica más directamente expuesta al mercado británico.

Éstas son las principales consecuencias de un Brexit duro. Como se ve, el impacto lo sufrirían principalmente los británicos. Pero no se ha mencionado el impacto ‘político’ que tendrá esta desgraciada aventura. El destino de Escocia en un escenario de Brexit duro es incierto; el de Irlanda del Norte lo es aún más. El Reino Unido podría dejar de serlo y acabar reducido a un ‘little Britain’ en el que Inglaterra y Gales terminen siendo una esperpéntica imagen de lo que en su día llegó a ser. El desafortunado viaje del Brexit podría terminar no con una Gran Bretaña más fuerte, global y en control de su futuro, sino con una ‘jibarización’ localista del que fue el mayor imperio del planeta a finales del siglo XIX. Una triste historia sin final feliz que ni los propios nostálgicos de la rule britannia habrían imaginado, cegados como lo han estado (y siguen estando) por una crisis de identidad nostálgica, aderezada de no pocas dosis de arrogancia.

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