Los ‘chalecos amarillos’: una doble regresión

Se ha destacado ampliamente la originalidad de un movimiento nacido en las redes sociales sin ningún tipo de estructura y que en pocas semanas ha transformado profundamente el panorama político a pesar de las inconsistencias y contradicciones de sus reivindicaciones. Se ha comentado menos la revelación de una realidad social conocida, documentada, pero que no conseguía materializarse. Diez años de estancamiento del poder adquisitivo, el incremento de la fiscalidad y de las cargas sociales, el aumento del gasto incomprensible han hecho emerger nuevas formas de pobreza. Tanto la fiscalidad ecológica como las políticas de control de las finanzas públicas eran legitimas, pero sus efectos combinados sobre ciertas categorías de la población como las familias monoparentales, los trabajadores jóvenes precarios, los hogares urbanos con varios vehículos no habían sido identificados correctamente.

Pero ésta no será la huella más significativa que dejará este conflicto. Una doble imagen destaca en el corazón del movimiento de los ‘chalecos amarillos’: la primera es la de ciudadanos que afirman con orgullo su cualidad de vanguardia del  pueblo soberano y que reivindican como tal la dimisión de uno u otro ministro, la anulación de una ley o la institución de una asamblea ciudadana. Es decir, un pueblo ‘en armas’ que quiere echar al ‘pequeño marqués’ del palacio del Eliseo.

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La segunda, otra imagen contraria a la anterior: la de personas demandando al soberano aumentos del salario mínimo, bajadas de impuestos, equipamientos y, a menudo, los tres a la vez. Es decir, algo que les permita llenar la nevera, mimar a los nietos por Navidad y vivir mejor; como si el Estado rico, dueño de algún tesoro escondido y pudiese distribuir regalos.

Una doble regresión económica y política se ha instalado en el centro del debate.

Primero, económica

Treinta años de diagnósticos, confirmados en múltiples ocasiones, sobre las razones de la desindustrialización, del fuerte desempleo estructural, del carácter insostenible de un gasto público financiado por la deuda, han acabado por crear un consenso de centro-izquierda (consagrado por la elección de Emmanuel Macron) sobre al menos tres orientaciones de políticas públicas.

La primera se refiere a la necesidad de mejorar la competitividad, de incrementar la actividad de la producción de Francia, aligerando la fiscalidad que pesa sobre el capital, mejorando los márgenes de beneficio de las empresas por la vía de una flexibilización de las reglas de funcionamiento del mercado del trabajo e incitando la inversión en capital humano, I+D, equipamiento industrial e infraestructuras. La supresión del impuesto sobre patrimonio (que ha sido reemplazado por un impuesto sobre el patrimonio inmobiliario) fue bienvenida cuando se conocieron los desastres que ha provocado este impuesto, en particular sobre transmisiones o cesiones de una pyme familiar.

La segunda orientación tiene como objetivo corregir las desigualdades ‘ex ante’ a través de la formación, la cualificación, la integración en el mercado laboral y no ‘ex post’ vía impuestos. No es a través de la fiscalidad como se puede poner en marcha el ascensor social. En un mundo donde las desigualdades se agudizan, donde el capital capta lo esencial del valor, Francia no lo hace tan mal. Su problema no reside tanto en la retirada del Estado o en la disminución de las prestaciones como en el rendimiento mediocre de su sistema educativo.

La tercera orientación se centra en el tratamiento de la pobreza y la necesidad de separarla de la lucha contra el desempleo. Año tras año, las mejores investigaciones establecen que el aumento continuado del SMI tiene efectos negativos sobre el empleo de los que no tienen cualificación. Los gobiernos han dejado de aumentarlo y han disminuido las cargas sociales que pesan sobre el mismo para favorecer la vuelta al empleo: para tratar el problema de la pobreza, y en particular el de los asalariados, han inventado la prime pour l’emploi.

Pero con la revuelta de los chalecos amarillos, parece que se quiere volver  a los errores del pasado próximo. Volver al impuesto sobre el patrimonio, renunciar a la fiscalidad ecológica, incrementar de forma masiva el SMI, reinstalar servicios públicos de proximidad, suprimir las tasas que oprimen a la pequeña empresa…la lista de las reivindicaciones es larga. Esto acumula el aumento del gasto y la bajada de la recaudación, extiende la intervención del Estado y se niega al a soportar el peso cada vez mayor de la reglamentación. Los chalecos amarillos, en su desorganización, ¡reinventan los programas populistas de los italianos fiscalófobos y gastólatras!

Política, entonces

Le regresión política se observa a todos los niveles, desde la del movimiento de los gilets jaunes a la de la clase política y la de los periodistas.

Primero, la de los ‘chalecos amarillos’: es legítimo en nuestras democracias representativas que los ciudadanos expresen su eventual descontento manifestándose, presentando reivindicaciones al Gobierno y organizándose para ser escuchados. No es legítimo, sin embargo, que estos ciudadanos, que por definición tienen derecho a voto y eligieron democráticamente (hace 18 meses) a su presidente y a sus representantes, consideren hoy que el poder es su enemigo y quieran desbancarlo incluso por la violencia.

En nuestros frágiles pero valiosos regímenes políticos, los ciudadanos son libres de elegir a sus gobernantes sin violencia, respetando a la mayoría y según unas reglas establecidas. Tienen, por lo tanto, la posibilidad de echarlos en las elecciones siguientes. Esta alternancia pacífica del poder está en el corazón de nuestra democracia y nos protege tanto de la anarquía y de la violencia como de la tiranía de un hombre o de un grupo (recordemos a los sans-culotte durante la revolución francesa de 1789). Cualquiera que sea el descontento hacia el Gobierno, los ciudadanos deben considerarlo como propio mientras ejerza legalmente el poder. Nuestra historia nos ha enseñado que, en caso contrario, se puede desencadenar un proceso revolucionario que conlleve necesariamente violencia, muerte, anarquía o tiranía; y que, lejos de mejorar su situación, los franceses, todos los franceses sufrirían por ello puesto que sería la misma Francia la que sufriría.

El pueblo (¿quiénes son el pueblo, por cierto?) no puede gobernar directamente. En su seno está la facción más violenta y más destructora que, en este caso, tomaría el poder. Nuestros regímenes son más frágiles de lo que a menudo creemos; fáciles de destruir, difíciles de reconstruir. El ‘sans-culottisme’ fue una espantosa regresión cuyas heridas Francia dedicó mucho tiempo a curar.

Regresión de la clase política, también. Cuando vemos a Laurent Wauquiez, jefe del principal partido a la derecha del Gobierno, ponerse un chaleco amarillo, o François Hollande posar con los gilets jaunes, ellos, que han participado en el Gobierno de Francia y que conocen las dificultades de este ejercicio… y cuando uno recuerda cómo sus reformas fracasaron, sólo se puede ver en su comportamiento cobardía y olvido de sus responsabilidades. Es ciertamente normal que escuchen el descontento y las críticas al poder, ¿pero qué proponen hacer y con qué partido cuando el sistema está destruido y los partidos de gobierno que ellos dirigen o han dirigido son, como mínimo, tan impopulares como el que ejerce el poder? ¿Qué esperan cosechar del movimiento de origen insurreccional que respaldan con la esperanza de volver por fin a gobernar? ¿Qué harían ellos mismos en esta situación caótica? ¿Les interesa contribuir a reforzar la peligrosa polarización que opone hoy, pero que también opondrá mañana y en estas condiciones, al pueblo y a sus gobernantes? ¿No tienen acaso la obligación de decir la verdad a los electores en vez de empujarles hacia la radicalización del movimiento de protesta? ¿Desean de verdad que los partidos extremos, mejor armados que ellos para aprovecharse políticamente de este movimiento, lleguen al poder?

Para acabar, regresión del periodismo

Que los periodistas ausculten este movimiento, que le den la palabra y transmitan sus reivindicaciones es ciertamente normal; es su oficio. Sin embargo, debieran al mismo tiempo y teniendo en cuenta lo que saben de Francia y de su historia, preguntarse también sobre los riesgos para Francia y los franceses si no se encuentra rápidamente una salida pacífica de la crisis, y reflexionar sobre lo que podría ser esta salida. Se puede ver en algunos periodistas el placer perverso de contemplar inconscientemente cómo se degrada la situación. Por supuesto, los periodistas deben informar a los ciudadanos, pero también deben contribuir a formarlos. Cuando los sondeos muestran que dos terceras partes de los franceses sostienen el movimiento de los chalecos amarillos, habría que hacer un análisis más fino de lo que significa este respaldo y no dejar que los manifestantes se convenzan de que representan el pueblo entero y que, por lo tanto, tienen legitimidad para (como decían los sans-culotte en 1789) recuperar su soberanía.

Por lo tanto, no hay que alentar que este movimiento rechace el compromiso y niegue la legalidad de un poder elegido democráticamente. No hay que echar aceite sobre el fuego que muy pronto nadie podrá apagar sin violencia. Por el contrario, hay que explicar a los chalecos amarillos que ya no estamos en 1789, que  tenemos instituciones democráticas y que somos un país libre; y recordarles, también, que todos los franceses sufrirían del derrumbamiento del sistema. En resumidas cuentas, los periodistas han de acordarse de que no son simples observadores y de que forman parte de la elite; y que su papel es también proteger al país del caos.

Este texto es una traducción realizada por Isabel Serrano Missika del texto original en Telos: «Les Gilets jaunes: une double regression«.

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