Los damnificados del sistema educativo: escolares, familia y docentes

Estos últimos días, varios padres y madres de escolares me han comentado dos experiencias muy distintas. Unos me dicen que sus hijos están sometidos a un estrés tremendo con los deberes online que sus profesores les mandan a diario: “No les llega el tiempo para completar lo que les mandan y su ansiedad por los deberes se suma a la de la inactividad física y, también, a la incertidumbre o incluso miedo al coronavirus”. Otros padres, en cambio, dicen estar viendo a sus hijos e hijas florecer en su confinamiento en el hogar: son los escolares que detestan el colegio, las constricciones del currículo y la atmósfera del aula tradicional, y ello con independencia de que sean o no “buenos estudiantes” (según el criterio escolar basado en las notas).

Ninguna de estas experiencias habla bien de la institución escolar, y creo que eso merece retomar una reflexión ya antigua, pero no obsoleta.

Voy a recordar, sólo brevemente, algunas de las preguntas que nos venimos planteando desde hace decenios sobre la escuela: ¿qué ocurre con esta institución en la que los niños pasan ocho horas diarias y, al llegar a casa, tienen tareas adicionales que no han podido realizar durante esas ocho horas? ¿Cómo puede mantenerse un sistema que, a medida que los niños avanzan en la escolaridad, requiere en la inmensa mayoría de casos la ayuda de adultos para realizar los deberes? ¿Cuántos padres y madres están preparados para ayudar a comprender las reacciones químicas o a resolver polinomios (contenidos que la mayoría de escolares olvidará al llegar a adultos)? No es necesario insistir en la desigualdad que genera una escuela así concebida (pese a que su propósito es, en teoría, reducir las diferencias de oportunidad de acceso al conocimiento).

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En la situación actual de confinamiento, se añaden otras preocupaciones de las que sólo destacaré las de tipo material: ¿cuántos ordenadores u otros soportes debe haber en una casa para que todos los miembros cumplan con sus tareas en línea?; ¿y cuántas habitaciones, para que cada uno pueda trabajar con suficiente concentración?

Muchas de estas preguntas son triviales en el sentido de que no aportan nada que no sepamos la gran mayoría de ciudadanos. Pero el hecho de que se hayan vulgarizado no les quita importancia y actualidad: la gran mayoría de los centros escolares en el mundo occidental mantiene estructuras y funcionamiento no muy distintos a los que había hace 100 años, con diferencias sin duda importantes, como la eliminación del castigo físico, pero sin que se haya producido la revolución que requiere la educación y que tantos autores de principios del XX ya reclamaban.

El otro lado de la moneda son los profesores. También de ellos nos llega la desazón, desconcierto y estrés que les está produciendo esta situación. Enseñar online sin haber tenido ninguna preparación previa para ello, en condiciones familiares a menudo tan difíciles como las de los alumnos menos privilegiados, bajo la presión de las obligaciones impuestas por las autoridades competentes… todo ello está generando entre muchos docentes un malestar que tarde o temprano repercutirá en su estabilidad emocional y su auto-percepción (¿qué estoy haciendo?, ¿sirve realmente para que mis estudiantes avancen en su formación?). Los severos y rígidos contenidos curriculares perjudican tanto a docentes como a escolares, pero lo hacen de forma extrema en las condiciones actuales.

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La escuela está en boca de todos los políticos, pero parece que la importancia que se le concede sigue siendo menor. Puede que se deba a la concepción de la niñez que se perpetúa, con matices, desde hace siglos: los niños y niñas son personitas inacabadas, inmaduras en lo físico, moral, intelectual, emocional y afectivo. Su destino es llegar a ser adultos (de bien), y la función de la escuela es que alcancen esa meta lo antes y mejor posible. Tal concepción deja poco espacio para pensar en quiénes son los niños y niñas, cuáles sus necesidades e intereses, y cómo aprovechar su potencial de curiosidad para que el conocimiento se convierta para ellos en un goce y no en sufrimiento.

No es banal recordar estas viejas ideas en el momento actual. Es iluso pensar que la institución escolar vaya a cambiar sustancialmente tras esta experiencia mundial, pero quizá se puede esperar que más y más ciudadanos tomen conciencia de la ineficacia de un sistema educativo constreñido por esos contenidos curriculares que, no se sabe porqué, eligieron y perpetuaron en el tiempo unos adultos expertos en la materia pero que nada sabían sobre los niños y su desarrollo.

Hace más de 100 años, ya varios pedagogos y filósofos, hombres y mujeres, reclamaban la necesidad de una escuela diferente, respetuosa con el ritmo de desarrollo de los niños y sus diferencias, y libre del encorsetamiento de asignaturas y exámenes. Entonces se sabía muy poco sobre el aprendizaje y desarrollo infantil, pero estos pensadores intuían ya que la institución escolar establecida no cumplía con el objetivo de formar a la persona en todas sus dimensiones (social, emocional, intelectual). Desde entonces, hemos avanzado considerablemente en el conocimiento científico de la infancia y, sin embargo, muy poco en la adaptación de la educación formal, que sigue orientándose al niño como futuro adulto y no como persona del presente. Quizá, si esta sencilla idea calara en la sociedad, más aún en este momento de crisis mundial en todos los niveles, sería más fácil empezar a cambiar las cosas.

[En esta breve reflexión he omitido deliberadamente citas de autores. Sin embargo, es obligado mencionar a Juan Delval, psicólogo evolutivo, maestro de muchos de nosotros en esta disciplina, que lleva más de 30 años escribiendo sobre educación, escuela y ciudadanía. Remito a uno de sus últimos libros: ‘La educación democrática para el siglo XXI’ (2013)].

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1 Comentario

  1. Warner Rimero Ortiz
    Warner Rimero Ortiz 04-13-2020

    Hola, soy Docente hace 26 años y estoy de acuerdo con el artículo sobre los damnificados del sistema educativo y uno como maestro puede hacer mucho para cambiar cosas, pero los lineamientos legalistas de los currículos obligados, en mucho obstaculizan algunos proceso de formación en el presente de muchos niños y jóvenes que en verdad les permita crear su propio futuro y no seguir girando en el mismo punto.

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