Los factores detrás del auge de la ultraderecha: los casos AfD y Vox

La formación de partidos de ultraderecha (término aquí entendido de manera descriptiva, indicando una derecha más a la derecha que el centro-derecha) como Alternativa por Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) y Vox es consecuencia de un desencanto con el orden liberal, establecido a finales de la Segunda Guerra Mundial. Éste fue llevado a sus límites sistémicos en las dos décadas que siguieron a la caída del muro de Berlín, entre 1989 y 2008, en lo que popularmente se ha venido llamando (de forma un tanto vaga) la época neoliberal. Con la crisis global de 2008, que en muchos países se alargó hasta 2013, ese consenso liberal se ha roto y han surgido opciones políticas más soberanistas y neo-nacionalistas, siendo el Brexit y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca sus expresiones más destacadas.

Pero, ¿qué explica esta revuelta contra las élites políticas cosmopolitas dominantes (es decir, el ‘establishment’ o ‘ancien régime’)? En los últimos años economistas, politólogos, sociólogos e historiadores han intentado entender este fenómeno. De sus debates se pueden enumerar cinco factores concretos que, a su vez, son una buena base teórica para analizar el surgimiento de AfD y Vox.

La primera causa que se expone para entender el rechazo al orden establecido es la desigualdad. La globalización ha creado ganadores y perdedores; y resulta que, en los últimos 30 años, los primeros han sido las clases medias de los países emergentes, sobre todo China (que ha levantado a 600 millones de personas de la pobreza y ahora tiene 300 millones de clase media) y la India, pero también otros países de Asia y Latinoamérica.

Los más ricos del mundo, da igual su origen y su residencia, también se han beneficiado enormemente de la globalización. Además, cuanto más están en la cima de la pirámide, más han ganado. Es decir, el 5% más rico a nivel planetario ha ganado, pero se ha enriquecido mucho menos que el 1% de este subgrupo, y éste mucho menos que el 0.,1%. ¿Quiénes han sido los perdedores de la globalización? En términos relativos, las clases medias de Occidente, sobre todo en EE.UU. y Europa; y son justamente los mayores perdedores de esas clases medias los que votan a partidos más radicales, sobre todo a la ultraderecha.

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La segunda causa es la xenofobia o, simplemente, el racismo sin tapaduras. A veces se dice que hay un debate entre economistas, politólogos y sociólogos a la hora de darle más importancia a la primera o la segunda causa. Lo cierto es que las dos se retroalimentan. Si la situación económica va bien, pocos se quejan de una mayor presencia de extranjeros en el vecindario; pero cuando los puestos de trabajo escasean y los servicios públicos se ven desbordados, es fácil echarle la culpa al de fuera.

Algunos dirán que hay ganadores (por ejemplo, grandes banqueros) que votan a Trump. Por lo tanto, pesa más lo cultural que lo material, pero hay que entender que ahora mismo el hombre blanco (y sí, sobre todo se trata del varón) se ve amenazado, da igual su posición social, por las minorías étnicas que tienen cada vez más poder. Esto se ve muy bien en Estados Unidos, y es un tema estructural en todo Occidente que se ve alimentado por los medios de comunicación (véase el análisis de Plaza-Colodro, en este dosier).

Estos dos son los factores más citados, pero es importante desgranarlos algo más, en otros tres fenómenos. La tercera causa del descontento social es el impacto de las nuevas tecnologías. Ese impacto genera una enorme ansiedad en muchas capas de la sociedad, sobre todo en trabajadores de cuello blanco que hacen labores con poco contenido intelectual. Estamos hablando de administrativos, contables, comerciales y demás, que han perdido su puesto trabajo o temen perderlo. La digitalización también crea brechas entre el campo y la ciudad, y entre los más jóvenes y los más mayores. Mientras unos ven grandes oportunidades en esta cuarta revolución industrial, otros sólo perciben amenazas y optan por opciones políticas más proteccionistas y retrógradas.

El cuarto factor es la crisis de sostenibilidad nuestros estados de bienestar. Ello crea grupos de interés que, por razones muy diferentes, se vuelven anti-establishment y anti-globalización. Los funcionarios, por ahora protegidos de la competencia propia de un mundo globalizado, se oponen a una mayor liberalización (y, consecuentemente, mayor privatización) del sector de los servicios (la nueva fase de la globalización) y, por lo tanto, abrazan posturas proteccionistas. Rechazan así los tratados de libre comercio, sobre todo si son con Estados Unidos.

Los que trabajan en el sector privado, sin embargo, recelan de los funcionarios porque están protegidos y son unos privilegiados, y son fácilmente cautivados por eslóganes políticos que señalan que hay demasiada burocracia ineficiente y, en consecuencia, es mejor reducir el gasto público. Frente a todas estas amenazas y la falta de recursos, muchos en ambos grupos señalan que los servicios públicos deben ser para los nacionales, en lo que se conoce como nacionalismo del bienestar.

Finalmente, hay una quinta razón que explica el descontento actual. Y quizás sea la más poderosa, porque condensa todas las demás. Se trata de la crisis de legitimidad que tiene la democracia representativa. Hay tal desconexión entre las élites tradicionales liberales y cosmopolitas y el ciudadano medio que éste empieza a pensar que aquéllas no lo representan.

Esto ocurre sobre todo con el votante conservador, que percibe que las élites liberales son demasiado postmodernas y progres para su gusto. Como han superado cualquier necesidad material, estas élites, y mucha de la clase media-alta urbanita que les vota, hasta promocionan el multiculturalismo y la gobernanza tecnocrática de las instituciones supranacionales como el Banco Central, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional, que a su vez están impregnados por las ideas y los intereses de los altos ejecutivos que se reúnen en Davos. Además, todos ellos están protegidos por la prensa liberal, acrítica con el sistema.

Si aplicamos estos cinco factores a Vox y AfD vemos ciertas similitudes, pero también algunas diferencias, y la pregunta que nos queda es saber si el partido español está siguiendo lentamente los pasos del alemán. El factor de la desigualdad aplica más al AfD que a VOX. Muchos de los perdedores de la globalización sí que votan a la formación de ultraderecha germana, sobre todo en el este del país, donde muchos votantes se consideran ciudadanos de segunda por tener salarios más bajos y servicios públicos peor financiados.

El electorado de Vox, en cambio, suele ser más de clase media-alta, aunque también hay que decir que los primeros estudios indican tentativamente que, dentro de la población conservadora acomodada en España, aquellos que han sufrido más en la crisis son los que han optado más por Vox en las últimas elecciones.

En el segundo punto, centrado en la xenofobia, las similitudes son claras. Tanto AfD como Vox tienen un discurso nacionalista y supremacista, basado sobre el orgullo en la bandera, el Ejército y la lengua, y en defensa de la cultura cristiana y en contra de la islamización de Europa. Ambos están en contra de la inmigración ilegal, aunque lo cierto es que es un tema más usado por AfD que por Vox.

Lo mismo cabe decir del impacto de la tecnología. El partido alemán tiene un programa muy desarrollado denunciando la brecha digital entre el campo y la ciudad, y cómo hay que aumentar y mejorar el acceso a la formación profesional para todas las capas de la sociedad para poder competir en la cuarta revolución industrial. Vox no tiene tales planes, pero sí que es verdad que habla de la España vaciada y que mucho de su voto viene del ámbito rural, sobre todo gracias a su defensa de la caza, los toros y las tradiciones del campo.

Donde hay más diferencias, y quizás sea la parte más interesante para analizar, es en el desarrollo y defensa del estado de bienestar. Los dos partidos quieren reducir la burocracia, pero mientras AfD hace una clara defensa de las políticas sociales (y así atrae a mucho voto de la clase obrera), Vox defiende posiciones ultraliberales de menos regulación, menos Estado y menos impuestos. La duda es si va a seguir aquí los pasos de la formación germana, que también empezó con una agenda anti-keynesiana y en contra del excesivo intervencionismo estatal (muchos de sus fundadores eran catedráticos de Economía ultra-liberales), pero con el paso del tiempo la inmigración y el chovinismo del bienestar empezaron a dominar su discurso. ¿Seguirá Vox esa tendencia? La idiosincrasia de la derecha española actual indica que es difícil, pero también se decía que lo era ver un partido de ultraderecha en España.

Finalmente, donde hay muchas coincidencias es en el rechazo a la agenda postmoderna y progresista. Tanto Vox como AfD cuestionan el impacto de la actividad humana en el cambio climático, están en contra de la agenda multicultural y de protección de las minorías étnicas y sexuales, y del aborto. Ambos rechazan las leyes de género. Y, por supuesto, también se oponen a la tecnocracia y a las instituciones supranacionales. En este sentido, ambas son claramente fuerzas reaccionarias.

A su vez, también denuncian la corrupción de las élites, la malversación de fondos públicos, la falta de transparencia y de empatía de los gobernantes con los gobernados. AfD, por ejemplo, tiene un programa sobre cómo estimular más la participación ciudadana en la toma de decisiones públicas. Los dos partidos denuncian, además, a la prensa liberal dominante por estar demasiado aliada con las élites, centrarse sólo en lo que pasa en las grandes urbes y no recoger las inquietudes y demandas de la población más periférica (lo que en Francia serían los chalecos amarillos).

La reflexión final es que para evitar que estas formaciones alcancen todavía más poder, los políticos deberían intentar atajar los problemas de fondo. Mientras éstos persistan, la ultraderecha neo-nacionalista seguirá amenazando nuestras democracias liberales.

Artículo elaborado en colaboración con CC.OO., en el marco del proyecto de formación de dirigentes sindicales de la Escuela de Trabajo

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