Los pastores evangélicos, la ciencia y el Estado

Aunque los eventos que nos ocupan en las últimas semanas están íntimamente vinculados a la emergencia de un organismo biológico, la pandemia es un evento eminentemente social. En este sentido, numerosos comportamientos antropológicos han llamado la atención mediática, como la compra compulsiva de papel higiénico en los primeros días de la epidemia, las animaciones festivas desde los balcones italianos, la avalancha creativa de memes en las redes sociales, la aparición de eventos virtuales de toda índole, o los discursos con acentos bélicos.

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Los comportamientos religiosos también han llamado la atención, pero particularmente los de las iglesias evangélicas, que al inicio de la pandemia fueron señaladas como focos de propagación en algunos países, y posteriormente asociadas con cierta resistencia a las medidas de distanciamiento social. En este sentido es importante tener algunas claves de reflexión sobre un fenómeno que ha despertado fascinación, exasperación y burla por parte del entorno social y mediático.

Religiones y epidemias: una relación de larga data

Aunque en un siglo somos la primera generación en vivirlo de forma masiva y global (sin olvidar que numerosos países de África o la comunidad LGBT fueron víctimas de brotes de enfermedades en el pasado muy reciente), las últimas semanas nos han dado a probar el significado de una pandemia: miedo, incertidumbre y un número inusitado de muertes. Las enfermedades y las religiones siempre han tenido estrechas vinculaciones, y en el contexto actual es natural que los individuos necesiten, por un lado, de esperanza, y por el otro, de guía sobre la mejor forma de actuar individual y colectivamente, dos razones de ser de las religiones.

Si nos referimos a la historia europea, numerosas celebraciones y cultos religiosos están relacionados con episodios de epidemias. Por ejemplo, el culto a San Sebastián, invocado como protección contra la peste y representado con flechas que atraviesan su cuerpo, es una metáfora sobre el ataque de la enfermedad. Las epidemias han marcado nuestro urbanismo, nuestra sanidad pública, nuestro lenguaje (pensemos en los usos modernos de la palabra “peste” y sus asociadas: “pestilencia”, “apestar” o “pesticida”), pero también nuestras relaciones con lo divino. Si bien encomendarse a un poder sobrenatural ante calamidades como las epidemias parecería propio de épocas precientíficas, hay que superar la visión de una modernidad secularizada y totalmente despojada de lo religioso. Por el contrario, los últimos años han mostrado más bien una “desecularización del mundo”, como la llamó el sociólogo austriaco Peter Berger.

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Ejemplos contemporáneos nos dan algunas muestras de cómo las iglesias, ya de una manera más institucional, han orientado a su feligresía sobre las medidas de contención de las enfermedades, aunque no siempre conforme a las directrices oficiales. Fue el caso de la epidemia de VIH y de la consistente oposición de la Iglesia Católica al uso del preservativo, o de la epidemia de Zika, cuando las instancias religiosas también se opusieron a las medidas recomendadas por las autoridades sanitarias, en particular en lo relativo a la interrupción del embarazo en las mujeres infectadas.

Se ha visto que, históricamente, las instancias religiosas siempre intentan ofrecer respuestas en tiempos de epidemias, sea para dar esperanza en medio del terror u orientando a los fieles en cuanto a las medidas sanitarias. Evidentemente, podríamos decir que lo primero es lógico y lo segundo no les corresponde, pero entonces obviaríamos el papel de regulación social que juegan las religiones.

Las Iglesias evangélicas: ¿responsables de la propagación?

En Corea del Sur, Francia y España, las iglesias evangélicas han sido señaladas como focos de propagación del covid-19, e incluso como “superpropagadores”. Si ampliamos un poco la mirada, resulta revelador que son exactamente los mismos adjetivos utilizados en la India por los medios cercanos al gobierno, que culpan a las aglomeraciones musulmanas de la propagación del virus, apenas unos días después de fomentar violentas persecuciones en su contra.

La realidad es que los eventos masivos donde se congregaron evangélicos en Corea del Sur, Francia o España, y donde efectivamente se produjeron contagios, tuvieron lugar antes de las medidas oficiales de confinamiento. En aquellos días de febrero aún se jugaban partidos internacionales de fútbol con público que se desplazaba de un país a otro, había grandes ferias comerciales que aglomeraban cientos de miles de personas en lugares cerrados, las escuelas y universidades acogían a sus estudiantes como de costumbre y aún faltaban tres semanas para las elecciones en todos los municipios de Francia. Más aún, muchas autoridades europeas aún decían que no había nada de qué preocuparse.

Sin duda, los eventos religiosos son particularmente propensos a la propagación de un virus (investigadores israelíes del Coronavirus Information and Knowledge Center reportaron recientemente que un cuarto de las transmisiones en Israel habían ocurrido en una sinagoga), pero es reveladora la insistencia en señalar a una otredad por ello, cuando también se podría culpar al turismo internacional, a los flujos internacionales de personas pertenecientes a una élite globalizada, o simplemente asumir que la pandemia hacía parte de los riesgos señalados por expertos durante años, fruto de nuestro modelo de desarrollo mundializado y de la depredación de especies salvajes. Nos debería llamar particularmente la atención esta insistencia en señalar a un otro, cuando ese otro proviene de una iglesia particularmente mal vista en Corea, de un municipio con la tasa más elevada de pobreza en Francia, o de una religión común entre los migrantes en España. Así como personas de ascendencia china reportaron un crecimiento de los actos xenófobos alrededor del mundo, estas iglesias han sido el foco de campañas de odio en redes sociales, donde incluso circularon peticiones para que fueran cerradas.

Las iglesias evangélicas: ¿irresponsables ante la epidemia?

La epidemia irrumpe en un calendario religioso que ha obligado a la mayoría de los cultos a cancelar o modificar dramáticamente sus celebraciones más importantes: la Semana Santa de los católicos, el Pésaj de los judíos o la peregrinación de los musulmanes a La Meca, que no había sido cancelada desde mediados del siglo XIX, aquella vez por una epidemia de cólera. Sin embargo, también se reportó ampliamente la resistencia de algunas iglesias evangélicas a cerrar sus puertas, para lo cual recurrieron a un discurso de minimización del riesgo, de lucha entre el bien y el mal donde la fe tendría un rol central para vencer el virus, de castigo divino, o bien, de primicias sobre el fin del mundo. Aunque pueda parecer una actitud irresponsable, vale la pena detenerse a entender la lógica bajo la que operan dichas iglesias.

En palabras de Jesús García y Patrick Michel, las iglesias evangélicas se han apropiado y sacralizado valores y actitudes de la sociedad moderna, en particular de los grupos dominantes, pues operan en un mundo donde los estados y lo público han perdido legitimidad normativa, cediendo este rol al mercado y las empresas. En paralelo, se ha promovido un discurso antiintelectual y anticiencia, enalteciendo por el contrario la experiencia y el mérito individual en el éxito económico, que se ha convertido en el alfa y el omega de nuestras sociedades. El pentecostalismo ha hecho suyos todos estos paradigmas y los ha convertido en su teología.

En el contexto actual de pandemia, las iglesias evangélicas están actuando en el marco descrito: la autoridad de los pastores, que suelen ser la mayor autoridad para la feligresía, compite con la autoridad de un Estado ya muy debilitado. Como lo suelen hacer en los testimonios, que ocupan una parte importante de los cultos, reivindican la experiencia y los milagros divinos por encima del discurso científico, a la vez que su valorización del individualismo atomizado es poco propicio ante las medidas de precaución y prevención, cuya lógica es fundamentalmente colectiva. Al igual que otros sectores privados generadores de divisas (en Brasil, las empresas de juegos de azar fueron catalogadas por el presidente Bolsonaro como “de primera necesidad”, mientras en Panamá la minería, cuyos intereses están representados en el gobierno, siguió funcionando varias semanas después de declarada la cuarentena total), las iglesias evangélicas están resistiéndose a cancelar sus actividades o desplazarlas a entornos digitales por temor a que disminuyan las contribuciones de sus feligreses.

Evidentemente, ciertos discursos religiosos evangélicos (aunque también podríamos tomar como ejemplo a la comunidad ultra-ortodoxa en Israel por su resistencia al confinamiento y la cancelación de sus actividades colectivas) entran en competencia de forma preocupante con los mensajes de las autoridades sanitarias. Sin embargo, también es cierto que las iglesias son las instituciones con mayor adhesión y confianza en las sociedades latinoamericanas, y que están especialmente presentes entre las personas más vulnerables al virus y al confinamiento por su situación económica y de vivienda precaria.

Efectivamente, en Panamá las iglesias son con diferencia las instituciones a las que la ciudadanía panameña declara pertenencia con mayor frecuencia (41,9%), y están entre las que capitalizan la mayor confianza (69.2% las evangélicas y 69.9%, las católicas). Sin embargo, su actuación frente a la pandemia es evaluada de forma muy crítica, ya que solamente el 37,3% de la población la considera “buena” o “muy buena” (Encuesta del CIEPS).

En este sentido, entendiendo su rol como proveedores de esperanza en momentos difíciles, pero también como principales líderes comunitarios en los países latinoamericanos, los líderes religiosos podrían revertir esta mala gestión y convertirse en valiosos aliados de los gobiernos para servir de correa de transmisión a sus comunidades sobre los llamados gestos de barrera, así como de la paz y la esperanza necesarias para evitar estallidos sociales. Es así como podríamos interpretar el criticado gesto del gobierno panameño al proveer de un helicóptero al arzobispo para bendecir la ciudad capital el pasado domingo de ramos.

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