Los tres mundos del ‘supermartes’

Mayor exclusión económica y menor exclusión social: éstas son las fuerzas contradictorias que mueven hoy los hilos de la política en los Estados Unidos. La desigualdad es un dato de la economía, dice Joe Biden, mientras que la inclusión es lo que finalmente alcanzamos con Barak Obama. No, dice Bernie Sanders, la desigualdad es culpa de los millonarios, mientras que la inclusión es un proyecto inacabado de los Estados Unidos. Falso, aduce Trump, la desigualdad es el orden natural de las cosas y la inclusión social es un problema temporario, algo que todavía estamos a tiempo de desandar.

Los conflictos entre el insider Biden, el outsider Sanders y el billionaire Trump son característicos de cómo demócratas y republicanos entienden el universo político norteamericano. Son también característicos de cómo entiende cada uno de ellos lo que está en juego en la elección de 2020.

Éstos son también los tres mundos que dividen a los votantes estadounidenses. La creciente desigualdad y mayor inclusión social explican los clivajes territoriales del supermartes, donde el ex vicepresidente Joe Biden se puso el traje de candidato presidencial, desplazando al senador Bernie Sanders, quien hasta ese momento había controlado las primarias demócratas. Los triunfos de Biden fueron amplios en el sur y exiguos en el norte. Los de Sanders, modestos en su Estado y más holgados en la costa oeste, incluyendo la populosa California y Colorado, un distrito que se anticipa clave en la elección presidencial de noviembre. Pero la noche fue para los demócratas de sangre azul y sombrero de copa: por fin perciben que uno de los suyos puede ser el candidato del partido este próximo noviembre.

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Biden es el candidato del ‘statu quo’ porque su programa acepta la desigualdad económica y la diversidad social como datos de la realidad, antes que como objetivos políticos de gobierno. Su campaña no necesita promocionar ninguna política pública salvo la defensa de Obamacare. No necesita publicitar ningún valor salvo el de la tolerancia política. Por supuesto, ésta no es un valor desdeñable en los tiempos que nos tocan vivir.

Biden es un insider porque representa el corazón de la política existente, no porque viene de adentro de la política. Su aceptación de instrumentos económicos que garantizan la desigualdad, como bajos impuestos y reducción del gasto fiscal, hacen de él el candidato perfecto para el votante demócrata del sur. Perfecto, claro está, si se perdonan algunas transgresiones menores en su pasado político y personal. Acérrimo defensor de una inclusión opulenta, Biden es el representante de los ricos tolerantes de la costa este que miran con buen corazón a las minorías de su país mientras sacude el dedo con gesto adusto para decirles que si ellos no triunfan es porque no se esfuerzan lo suficiente. ¿Cómo no va a exasperar al progresismo demócrata? Biden es la encarnación de los Reagan Democrats del siglo XXI, la versión contemporánea de los Blue Dog Democrats que, durante décadas, apoyaron al sur segregacionista. Ese mismo sur en el que, este martes, Biden ganó por un amplio margen. Su coalición es vieja y rica como la de Trump, pero tiene también en su interior el voto afro-americano. La coalición de Sanders es joven y de clase media, pero más blanca y menos diversa.

Tres tristes tercios

El conformismo de Biden, la rebelión de Sanders y la melancolía de Trump muestran tres países que, respectivamente, quieren mantener el presente, viajar al futuro o volver al pasado. La creciente desigualdad, entendida en su sentido más amplio, no sólo refleja mayores diferencias de ingresos entre ricos, clases medias y pobres, sino que describe una generalizada pérdida de estatus económico por parte de grandes sectores de la población. Mientras que el 0,1% de la población en 1963 concentraba menos de un 5% de la economía, hoy acapara más de un 10%.

Así como el principio del siglo XX estuvo dominado por el ascenso de los Rockefeller, los Vanderbilt y los Carnegies, hoy la riqueza y el poder se concentra en los Bezos, los Koch y los Gates. Esta riqueza se gasta en veleidades electorales, como es el caso de Bloomberg, en influencia mediática (Bezos) o en buenas causas (Gates). El ascenso político de los billionaires, tanto en forma directa como delegada, es una de las consecuencias de la creciente desigualdad que tiene un efecto directo en las campañas electorales. Tanto el ‘trumpismo’ como los demócratas moderados ven hoy la desigualdad como un hecho, no como un problema. Para estos últimos, lo importante son la salud, el trabajo o la inclusión.

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La mayor inclusión social, por otro lado, no sólo describe la expansión de los derechos de las minorías étnicas y raciales, sino también la expansión de los derechos de género, sexuales y reproductivos. Hace tan sólo 15 años, los republicanos lanzaron su campaña política a favor del matrimonio como un derecho exclusivo entre un hombre y una mujer. La política de las tres ges (Guns, Gays, & God) desapareció desde el momento en que los derechos LGBTQ+ pasaron a ser defendidos por una mayoría de la población durante el segundo Gobierno de Obama. Hoy la agenda republicana es excluyente, anti-inmigrante y anti-trans, pero no tiene el espacio público para ser anti-LGBTQ+.

El sur también existe

El supermartes ha resuelto un problema político que el Partido Demócrata consideraba intratable hasta hace unos pocos días: la alta probabilidad de que Bernie Sanders ganase la pluralidad de los delegados a la Convención Demócrata estuvo acompañada de constantes pedidos por parte de los moderados para negarle la nominación por vías poco democráticas, y poco viables políticamente. Negar la nominación utilizando los votos del partido (super-delegados) habría sido notablemente costoso si Sanders obtenía una pluralidad clara. Hacerlo sería aún más difícil si obtiene una mayoría de delegados. El ascenso de Biden, y la expectativa de un resultado parejo en la Convención, admite que los super-delegados desempaten de ser necesario, poniendo el apoyo político donde está la plata.

El entusiasmo de los comentaristas políticos en CNN, MSNBC, The New York Times y The Washington Post respecto de la posibilidad de un triunfo de Biden fue notable. Los moderados vislumbraron, por fin, una salida a su crisis de coordinación, concentrando suficientes votos como para permitir la unificación de distintas fuerzas en las próximas contiendas. Ayudó, sin duda, las renuncias de Pete Buttigieg y Amy Klobuchar, quienes públicamente declararon su apoyo por Biden.

Más importante aún fue el mal rendimiento de Mike Bloomberg, quien ha financiado una campaña electoral varios órdenes de magnitud más cara que la de todos los otros candidatos demócratas juntos. A pesar de invertir enormes cantidades, Bloomberg no pudo romper el muro de Biden en el sur y salió, en el mejor de los casos, tercero en todos los estados salvo American Samoa.

Los demócratas siguen considerablemente más divididos que los republicanos, pero son también muchos más a la hora de votar. En el mediano plazo, la salida de Warren y de Bloomberg debiera por fin definir si los moderados o los progresistas son la mitad más uno. En los próximos meses veremos si la desigualdad realmente importa entre los demócratas. En noviembre podremos comprobar, además, si la inclusión social y la tolerancia son todavía un valor electoralmente competitivo en Estados Unidos.

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