Macron, ¿en marcha hacia 2017?

El pasado 6 de abril, Emmanuel Macron, ministro de Economía francés, saltó a la primera línea del debate político con el lanzamiento de su movimiento En marche! Interpretado por la opinión pública como un trampolín hacia las elecciones de 2017, el propio Macron confirmó que su objetivo era “alimentar un proyecto presidencial”, dejando sin embargo en el aire cualquier tipo de concreción respecto a calendarios o líderes posibles. Esta nueva propuesta ha sido acogida con grandes recelos tanto por la izquierda, comenzando por el propio Partido Socialista que lo percibe como una falta de lealtad para con el gobierno, como por la derecha que ve en la figura de Macron y su posición política una invasión en su propio terreno de juego. De hecho, uno de los objetivos manifiestos de este movimiento es crear un espacio de diálogo abierto a todos aquellos descontentos con la situación actual más allá de su adscripción a un campo político u otro. Es precisamente este « ni izquierda ni derecha » que es visto como un caballo de Troya en el paisaje político francés que, como el español, sigue viviendo (al menos nominalmente) de esta clásica división.

En el contexto actual, con la imagen del gobierno extremadamente deteriorada por las manifestaciones contra la reforma laboral, las divisiones dentro del Partido Socialista que se han ido gestando a lo largo de la legislatura de Hollande y una derecha que, para desmarcarse, amenaza con emprender reformas mucho más radicales y profundas que las actuales que han dado lugar a un fuerte movimiento de oposición en el país, la respuesta a la cuestión sobre quién será el candidato de la izquierda a la presidencia en 2017 es, cada vez más, una gran incógnita. Si la estrategia de Hollande parece haber sido la de ocupar el terreno del centro reformista para desplazar a la derecha a posiciones mucho más radicales (lo que ha conseguido a juzgar por las propuestas de los candidatos del grupo conservador Los Republicanos), la confluencia de diversas tensiones sobre su persona y la del primer ministro, Manuel Valls, podrían obligar al Partido Socialista a buscar una alternativa. Con uno de los índices de popularidad más elevados, Emmanuel Macron comienza a perfilarse como una posibilidad real, pero también puede ser la única tabla de salvación de un gobierno extremadamente debilitado. 

Emmanuel Macron, ministro de Economía

Emmanuel Macron fue nombrado ministro de Economía en agosto de 2014, tras una reorganización ministerial llevada a cabo a raíz de la crisis desencadenada por una serie de críticas lanzadas por varios ministros contra el gobierno de Hollande, entre ellos el que había sido hasta entonces ministro de Economía, Arnaud Montebourg, al acusar al presidente de plegarse ante Bruselas. Desconocido hasta entonces por el gran público, sin haber ejercido nunca un mandato electo y habiendo trabajado en el sector bancario (trabajó como gerente del banco Rothschild), a la edad de 36 años recibe de François Hollande el mandato de “reformar ». Mandato que se aprestó a cumplir poco tiempo después con la presentación, en diciembre de ese mismo año, de la Ley para el crecimiento, la actividad y la igualdad de oportunidades, más conocida como la “Ley Macron”. Esta ley, que fue adoptada en agosto de 2015, consiste en un vasto abanico de medidas destinadas a facilitar la creación y el desarrollo de la actividad económica a través de la liberalización del mercado, respaldando la inversión y flexibilizando el derecho del trabajo. Adoptada recurriendo al artículo 49.3 de la Constitución (un recurso que permite acelerar la adopción de ciertos proyectos de ley sin necesidad de ser votados por la Asamblea, lo que constituye una medida de fuerza que suele provocar tensiones entre el gobierno y la cámara, como se ha visto con el proyecto de reforma laboral), sacó inmediatamente al Ministro del anonimato: la izquierda de la izquierda le acuso de lobo liberal cubierto de piel de cordero socialista y la derecha se esforzó en mostrar esta nueva ley como irrelevante o como positiva pero insuficiente frente a los retos a los que el país debe hacer frente.

Lo cierto es que estas reformas fueron acogidas positivamente por la OECD, cuyos cálculos mostraron que podría tener un impacto sobre la economía equivalente a un aumento del 1.5% del PIB en 5 años y de 3.5% en 10 años. También la Canciller alemana, Angela Merkel y el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, mostraron su satisfacción ante lo que fue percibido como un giro en la buena dirección del gobierno de Hollande. Juncker instó a Francia a  seguir avanzando en esa dirección, particularmente a través de la reducción de los gastos públicos y la reforma del mercado laboral. Es en este contexto que se inscribe la denostada y combatida Ley del empleo, más conocida como la Ley El Khomri, que ha intentado retomar y ampliar algunos aspectos ya evocados por la Ley Macron (flexibilización de la jornada laboral que permita sobrepasar las 35 horas semanales o la limitación de las indemnizaciones por despido abusivo). Si bien ambas leyes tienen por objetivo la misma voluntad reformista y para ambas el gobierno ha tenido que recurrir al polémico artículo 49.3, sus detractores valoraron positivamente los ejercicios de pedagogía y debate llevados a cabo por Macron para explicar el contenido y la necesidad de la nueva ley, ejercicios de comunicación y de búsqueda de consenso de los que ha carecido, según los críticos, el proyecto de reforma laboral, lo que explicaría la violenta reacción de los sindicatos y otros movimientos anti-reforma.

Así, su desempeño como ministro de Economía no solo le ha situado en el centro del debate político, para bien y para mal, sino que le han servido como una carta de presentación de su capacidad de impulsar un proyecto político reformista y su voluntad de hacer frente a las decisiones fundamentales que deberá seguir adoptando el país en los próximos años.

La France En Marche

Impulsado por una atención mediática creciente y por unas encuestas de opinión que le sitúan entre de los políticos más valorados, Macron ha lanzado su movimiento En Marche! De momento, dicho movimiento no es un partido político ni tiene pretensiones de serlo (por ahora): ha sido presentado como un espacio deliberativo desde el que realizar una evaluación del estado del país, destinada a diseñar, posteriormente, una hoja de ruta de propuestas concretas y consensuadas. Para llevar a cabo dicha identificación, acaba de ser lanzada una campaña de puerta a puerta en la que se invitará a 100.000 franceses a dar su opinión sobre temas clave de la política nacional. Este proyecto es lo suficientemente difuso para no representar un desafío claro al gobierno, pero deja trascender la voluntad de ser algo más que un mero grupo de reflexión, con elementos propios de las campañas electorales. Aunque en un estadio muy  inicial para hacer una evaluación significativa, dos elementos contextualizan la propuesta:

1. Trascender la separación izquierda-derecha. Frente a ella, el propone una nueva forma de conceptualizar las fuerzas en conflicto: la división entre progresistas y conservadores. Los progresistas, entre los que se sitúan los adherentes a este movimiento, serían aquellos que trascenderían su pertenencia ideológica para buscar soluciones innovadoras. De ahí que el movimiento En Marche! se haya abierto a personas pertenecientes a todo el espectro político.

2. Conjugar socialismo con liberalismo. En un país donde el concepto de liberalismo suscita las mismas suspicacias que el de socialismo en Estados Unidos, Macron no solo se define a sí mismo como liberal, sino que considera que “el liberalismo es un valor de izquierdas”. Favorable a la revisión del estatus de funcionario, europeo convencido, defensor del emprendimiento y de la creación de una economía abierta y moderna para aprovechar los beneficios de la globalización, el Ministro de economía se aleja notablemente de las posiciones tradicionales de la izquierda francesa para hacer ver emergerlo que se podría calificar como “nueva izquierda” o una tercera vía a la francesa equiparable a lo que representó Tony Blair para el laborismo británico.

Aunque sus detractores consideran este movimiento como una traición contra Hollande y en el seno del Partido Socialista se escuchan críticas cada vez menos veladas sobre la necesidad de actuar como una colectividad y no de manera individual, comenzando por el primer ministro Manuel Valls, lo cierto es que Macron podría resultar una gran baza en el caso de que François Hollande se presentara como candidato a la presidencia en 2017, razón ésta por la que parece disfrutar de un elevado margen de maniobra dentro del gobierno. La estrategia del presidente francés hasta ahora, consistente en supeditar su candidatura a la mejora del empleo, parecía condenada al fracaso ante el pobre desempeño de la economía francesa. Sin embargo, a un año de las elecciones los datos económicos parecen comenzar a revertirse: en 2015 el déficit público se situó en 3,5%, 0,3% por debajo del objetivo marcado por Bruselas; con más de 5 millones de desempleados, las cifras de paro del mes de marzo y abril así como del primer trimestre de 2016 parecen insinuar una inversión de la curva; por último, también los datos del crecimiento del PIB, 0,5% en el primer trimestre, suponen una mejora modesta pero inesperada que, de mantenerse, harían que Francia lograra alcanzar el 1,5% en 2016. De consolidarse todas estas tendencias, el presidente Hollande hubiera tenido argumentos suficientes para solicitar a los votantes un segundo término. Sin embargo, los movimientos de protestas iniciados con la Nuit Debout a los que se han sumado las movilizaciones cada vez más violentas contra la reforma laboral, parecen haber eclipsado la estrategia en el frente económico y haber trasladado la cuestión al pulso entre el gobierno y la calle: si la ley es retirada o sustancialmente modificada (en parte ya lo ha sido), como piden los manifestantes, el gobierno perderá completamente su credibilidad reformista; si sigue adelante, el país puede enfrentarse a un periodo, hasta las elecciones presidenciales de 2017, de extremada inestabilidad, lo que igualmente daría la estocada final a su dañada imagen, pues los ciudadanos atribuyen, en última instancia, al gobierno la responsabilidad de lo que está ocurriendo por su incapacidad de lograr consenso. En cualquier caso y teniendo en cuenta este contexto, la capacidad de Macron de reconstruir los lazos con una parte del electorado a través de un discurso articulado y positivo en torno a su nuevo movimiento En Marche! puede ser una de las únicas tablas de salvación que le quedan al gobierno de Hollande. La cuestión siguiente sería si el Partido Socialista tendría la voluntad de asumir la nueva vía abierta por Macron y si podría, frente a un fenómeno lo suficientemente grande como para andar por sí mismo.

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