Marruecos y España, o la ‘geopolítica de los erizos’

En Marruecos están pasando muchas cosas, algunas de ellas importantes y de las que España no debiera ser ajena. Nuestro vecino del sur, a pesar de sus problemas, contradicciones y reformas pendientes, ha experimentado una importante evolución en las dos últimas décadas, coincidiendo con el reinado de Mohamed VI. En los últimos meses está cosechando importantes triunfos en el terreno diplomático, fruto de su privilegiado posicionamiento geoestratégico, su estrategia de relaciones internacionales y su potencial de desarrollo económico. El país poco tiene que ver con la imagen estereotipada que parece instalada en una parte de la sociedad española, en especial en algunos círculos políticos y una parte de los medios de comunicación; una visión parcial basada en prejuicios que hace que pasen desapercibidos importantes acontecimientos que pueden afectar a los intereses españoles.

A pesar de la profundidad y amplitud de las relaciones bilaterales, es recurrente observar cómo en España centramos la atención en tres o cuatro asuntos (el conflicto del Sáhara, la inmigración, los menores no acompañados o Ceuta y Melilla) que son importantes, pero están lejos de constituir una visión global sobre las relaciones con nuestro vecino. Hay otros temas de gran calado que son los cimientos de una relación de vecindad sólida y estratégica. Las empresas españolas tienen allí importantes negocios, y más de un millar están establecidas en el país magrebí. España es el segundo inversor extranjero (con el 14 % del total registrado según la Oficina de Control de Cambios del Ministerio de Economía y Finanzas de Marruecos), sólo superada por Francia.

Marruecos es un aliado imprescindible para la seguridad de España y Europa, con una estrecha cooperación en materia de lucha contra el terrorismo y el crimen organizado, así como del control de la inmigración irregular. Igualmente, los nacionales marroquíes residentes legalmente en España son la comunidad extranjera más numerosa, con más de 760.000 personas, por delante de Rumanía y más del doble que los residentes británicos.

Pero a pesar de las estrechas relaciones bilaterales, durante el último año, y coincidiendo con la crisis sanitaria de la Covid-19, han emergido algunos roces que no hay que minusvalorar. La pandemia ha tenido efectos económicos y sociales devastadores en ambos países, y los medios para combatirlo con los que cuenta uno y otro son muy diferentes. Mientras España puede recurrir a los mecanismos europeos de solidaridad y asistencia mutua, Marruecos ha tenido que hacerlo prácticamente solo, con medios limitados y las fronteras cerradas a pesar de contar con un Acuerdo euromediterráneo de asociación con la UE. Los europeos hemos dado la impresión de pensar en el sálvese quien pueda para los que están fuera del club comunitario.

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En política, ya sea en el terreno nacional o internacional, los espacios vacíos no existen; se ocupan. El vacío dejado por España y la UE ha sido aprovechado por terceros para dar una patada en el tablero del Mediterráneo occidental y reconfigurar las relaciones políticas y económicas en la región Middle East & North Africa (Mena).

Algo se mueve en el Sáhara

A mediados de noviembre de 2020, el Ejército marroquí irrumpía en la zona desmilitarizada de Guerguerat, una franja de cinco kilómetros que separa la aduana marroquí de la frontera con Mauritania. Su objetivo, poner fin al bloqueo del tráfico rodado impuesto por un grupo de manifestantes saharauis como protesta por el bloqueo en la ONU de la organización del referéndum de autodeterminación. Esta acción hizo subir la tensión entre Marruecos y el Frente Polisario, e incluso provocó un intercambio de disparos de artillería y la activación del discurso de la guerra con el alistamiento de los jóvenes saharauis de los campos de refugiados en Argelia para acudir al frente.

Marruecos tenía un importante as en la manga. Apenas unas semanas después, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmaba el 10 de diciembre una declaración de reconocimiento de la soberanía de Marruecos sobre los territorios en disputa del Sáhara Occidental. La declaración cogía por sorpresa tanto a España como al conjunto de la UE, e iba acompañada del anunció de la normalización de las relaciones diplomáticas entre Marruecos e Israel.

España, otrora potencia colonial sobre esos territorios, se posicionó a favor del respeto de las resoluciones de la ONU ante una situación incómoda e inesperada. Algunos analistas, por su parte, especulan sobre la posibilidad de que la nueva Administración Biden dé marcha atrás en esa decisión. Pero Marruecos es un aliado regional de primer orden para EE.UU., por lo que es poco probable que el nuevo Gobierno norteamericano agravie a su aliado magrebí. De esta forma, podríamos estar ante un hecho consumado que consolida los movimientos de Marruecos en los últimos años y da reconocimiento al cambio del statu quo en la zona.

La Diplomacia marroquí y el propio rey Mohamed VI llevan años desarrollando una intensa actividad política y económica principalmente en África. Sin mucho ruido, ha cosechado importantes réditos; entre otros, el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara. Recientemente, Burkina Faso, Guinea Bisáu y Guinea Ecuatorial abrieron consulados en la ciudad de Dajla, territorio saharaui, y vienen a sumarse a Gambia, Gabón, República Democrática de Congo, Djibuti, Liberia o Guinea Conakry, que ya tienen consulados en ciudades del Sáhara. Otros países, como Jordania, Egipto, Emiratos Árabes, Israel o EE.UU., lo harán en los próximos meses, lo que supone un salto cualitativo importante para los intereses marroquíes.

Rabat ha decidido apretar el acelerador. La actividad diplomática internacional va acompañada de millonarias inversiones en el Sáhara, con la construcción de un gran puerto en la ciudad atlántica de Dajla a imagen y semejanza de Tanger Med. Asimismo, Adam Boehler, responsable ejecutivo de la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional, la mayor institución financiera de desarrollo del mundo, reconoció en la visita que certificaba el apoyo norteamericano al país magrebí su objetivo de canalizar 1.000 millones de dólares en nuevas exportaciones e inversiones entre Estados Unidos y Marruecos. De igual forma, se comprometió a invertir 5.000 millones de dólares en los próximos años. Algo se mueve en el Sáhara y España (y sus empresas) no parecen estar bien posicionadas.

Israel, un nuevo actor en la zona

El reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara fue acompañado del reconocimiento marroquí del Estado de Israel. Marruecos es el cuarto país árabe que normaliza relaciones tras Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Sudán, pero las relaciones entre Rabat y Tel Aviv era fluidas desde hace años, aunque no oficiales. Israel cuenta con una importante e influyente comunidad judía de origen marroquí. Marruecos reconoce, por su parte, el judaísmo como una de las religiones propias del país, respeta la práctica religiosa y protege las sinagogas. Incluso los juzgados marroquíes cuentan con jueces especializados en asuntos hebreos. La comunidad judía marroquí ha ejercido de puente cultural entre el Gobierno israelí y Marruecos, que es, además, destino turístico de entre 60.000 y 70.000 judíos que llegan al país vía terceros estados. La apertura de vuelos directos entre ambos hará crecer el turismo israelí de forma exponencial, con un importante impacto económico.

El reconocimiento y normalización de las relaciones bilaterales supondrá un importante salto adelante en materia de cooperación económica y de seguridad; una nueva que quiere ser compatible con la continuación del «compromiso permanente y sostenido de Marruecos con la justa causa palestina», como le trasladó el rey Mohammed VI al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas. La normalización irá acompañada de importantes inversiones israelíes en Marruecos, y en especial en las provincias del Sáhara.

Ambos países se han puesto manos a la obra y avanzan rápido. Tras la visita de la delegación israelí-estadounidense al rey Mohammed VI encabezada por el asesor de seguridad nacional israelí Meir Ben Shabbat y el asesor y yerno del presidente Trump, Jared Kushner, Marruecos ya ha anunciado la apertura de una oficina de enlace en Tel Aviv. Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en una llamada «calida y amistosa» según fuentes diplomáticas, ha invitado formalmente al rey marroquí a visitar Israel. Una señal inequívoca de la apuesta israelí por Marruecos.

Reino Unido busca nuevos aliados tras el ‘Brexit’

Otro de los actores que pretende tejer una nueva relación con Marruecos es Reino Unido. Tras consumarse el Brexit, Londres se dispone a consolidar una alianza estratégica de mutuo interés con Rabat. Los británicos anunciarán próximamente la apertura de un consulado en el Sáhara, y reconocen la visión económica y política panafricana del rey Mohammed VI como un país de referencia en el continente y puerta de entrada a África.

Ambos países quieren profundizar sus relaciones políticas y económicas tras la salida de Reino Unido de la UE. Marruecos puede ser una alternativa para el abastecimiento británico de productos agrícolas, frutas y hortalizas españolas, proveedor de productos pesqueros o fosfatos, así como alternativa a los trabajadores europeos. Londres tiene necesidad de diversificar y ampliar sus relaciones estratégicas y Marruecos incorpora un aliado importante y miembro del Consejo de Seguridad de la ONU en apoyo de sus intereses.

España, riesgo conflicto y pérdida de influencia

Las relaciones entre España y Marruecos son muy buenas, pero en los últimos meses ha perdido intensidad y complicidad. El aplazamiento, para febrero de 2021, de la cumbre bilateral (la Reunión de Alto Nivel entre España y Marruecos) que tenían previsto celebrar en Rabat el 17 de diciembre es una señal. Aunque oficialmente se pospuso para garantizar la seguridad sanitaria, la anulación coincidió con el anuncio del reconocimiento de EE.UU. respecto al Sáhara y la presencia de una amplia delegación israelo-norteamericana en Rabat, que cogió a España con el pie cambiado.

En Marruecos, descifrar algunas de las claves o movimientos diplomáticos requiere interpretar los gestos y las palabras, pero igualmente los silencios. En los últimos meses, han pasado cosas relevantes que apenas han tenido eco o visibilidad en España. Si bien la crisis sanitaria ha obligado a reducir la movilidad internacional, no parece razonable tener las conexiones marítimas o los vuelos suspendidos entre ambos países durante nueve meses. El 6 de septiembre de 2020, Marruecos abrió las conexiones internacionales. Mientras se podía viajar desde Francia, no fue hasta diciembre cuando se reanudaron los vuelos con España y los ferris entre España y Marruecos siguen sin autorización para poder operar.

El incremento de la llegada de la inmigración irregular a Canarias, muchos de ellos desde las playas del Sáhara, da alguna pista. Por otro lado, el cierre de las fronteras con Ceuta y Melilla por parte del país vecino ha acabado con el comercio atípico, ahoga económicamente a las dos ciudades autónomas y está generando un conflicto de baja intensidad. Marruecos acaba de inaugurar una línea marítima entre Tánger Med y Marsella con el objetivo de facilitar las exportaciones de frutas y hortalizas sin necesidad de pasar por España. La decisión bien puede estar motivada por las tasas (y multas) que impone España a los camiones marroquíes que cruzan por la Península con más de 200 litros de diésel en el depósito, una medida para fomentar los repostajes en gasolineras españolas que llevaba 28 años sin aplicarse. Aunque la prensa española apenas la ha mencionado, los medios marroquíes airean su indignación y acusan a España de «una represalia no declarada».

El último roce ha sido la petición de reunión urgente por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación a la embajadora marroquí en España, Karima Benaich. El motivo, las recientes palabras del primer ministro marroquí, Saadeddine el Othamani, afirmando que Ceuta y Melilla “son marroquíes como el Sáhara». Este gesto de firmeza (y protesta) no ha tenido, de momento, respuesta marroquí; un silencio al que habrá que estar atentos. Algunas fuentes apuntan a un posible cambio en la Embajada de Marruecos en España. En caso de producirse, el perfil de la persona designada puede ofrecer algunas pistas sobre el futuro de la relación bilateral.

La historia reciente muestra cómo los desencuentros entre España y Marruecos no benefician a ninguno de los dos países. La interdependencia es tal que una degradación de las relaciones políticas afecta a los intereses de unos y otros. Marruecos tiene en España a uno de sus aliados estratégicos y valedores ante la UE y, a excepción de Francia en la cuestión del Sáhara, es el país europeo que mejor entiende las necesidades y la importancia del país magrebí para la estabilidad regional. España y Marruecos deben redoblar sus esfuerzos por mantener las excelentes relaciones bilaterales de los últimos años. Es evidente que hay diferencias en cuestiones puntuales, pero debiéramos ser capaces de encapsularlas y alinearnos en temas estratégicos. No deberíamos caer en la trampa de enredarnos en cuitas que apelen a los afectos patrios y enciendan discursos altamente emocionales que poco tienen que ver con la intensidad de una relación bilateral amplia, rica y de enorme potencial.

Marruecos y España se enfrentan al dilema del erizo que describiera Arthur Schopenhauer. Somos dos países vecinos, estamos muy cerca y, como los erizos, sentimos la necesidad de recibir calor. Al acercarnos, la proximidad hace que nos pinchemos como lo hacen los erizos con las púas del cuerpo del vecino. Pero al alejarnos, pasamos frío. Marruecos y España tienen que encontrar la distancia óptima para no pincharse ni pasar frío. Eso requiere un diálogo permanente, complicidad y gestionar de forma inteligente los posibles conflictos de intereses. En el caso de España, quizás habría que dar un paso más y crear una figura de rango político y capacidad transversal dedicada a tiempo completo a las relaciones bilaterales; un interlocutor válido y al más alto nivel que atienda y entienda los asuntos que afectan a Marruecos. Nuestro vecino es un socio estratégico, por lo que hay que explorar nuevas fórmulas de garantizar esa relación sólida y duradera.

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