¿Menos informados y más desconfiados?

La irrupción de internet ha modificado sustancialmente la manera en que nos informamos. El reinado de la televisión como único canal de información en la práctica toca a su fin, dando paso a un mix de canales donde televisión e internet comparten la primacía casi al mismo nivel.

Los datos son elocuentes y nos muestran un cambio profundo entre generaciones. Los nacidos antes de 1975 son claramente televisivos, mientras que los hijos e hijas de la democracia van incorporando internet a su cóctel informativo. Es lo que denominamos ‘política Instagram’.

El cambio es evidente, pero ¿qué comporta ese cambio? ¿La irrupción de internet como canal alternativo a la televisión tiene efectos sobre el tipo de información que se recibe o sobre la manera como ésta se procesa?

El Barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del mes de marzo de este año da algunas pistas sobre esto, al hilo de la epidemia de la Covid-19. El sondeo pregunta a los encuestados que confianza le han merecido las informaciones que han recibido sobre la epidemia y en qué medida se sienten informados sobre ella (los literales de estas preguntas son “Y las noticias que Ud. ha conocido sobre el Covid-19 ¿le han merecido mucha confianza, bastante, poca o ninguna confianza?”, y “Y Ud. personalmente, ¿se siente muy informado/a, bastante, poco o nada informado/a sobre el coronavirus Covid-19?”).

El mayor grupo de encuestados (37%) declara informarse exclusivamente a través de la televisión, seguido por los que dicen hacerlo mediante la televisión e internet indistintamente (20%); les siguen los que se informan a través de televisión y radio (8%) o exclusivamente en internet (7%). Entre el 4% y el 5% declaran mantenerse al corriente de la epidemia a través de más de dos canales, ya sea televisión, radio, prensa o internet.

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Los efectos son diferentes en función del canal escogido. Los que lo hacen exclusivamente a través de la televisión son los que se sienten menos informados de todos (sólo el 52% declara sentirse ‘muy’ o ‘bastante’), aunque muestran un grado importante de confianza en las informaciones que reciben (58% de mucha o bastante confianza).

En el otro extremo, los que emplean la prensa y la radio o la prensa y la televisión destacan como los que se sienten mejor informados (entre el 78% y el 84%) y los que muestran mayor confianza en las informaciones que reciben sobre la epidemia; sobre todo los segundos.

Hay un grupo que descuella por su elevada desconfianza: los que se informan exclusivamente a través de internet. De ellos, sólo el 31% dice confiar mucho o bastante. Por lo que respecta al sentimiento de información, es de los grupos (junto a los que sólo se informan a través de la televisión) que dice sentirse menos informado.

Si analizamos la composición de los diferentes grupos según la pertenencia a las cohortes de edad, obtenemos un dibujo conocido. El segmento mayoritario entre los nacidos antes de 1961 es el de los televisivos, con especial incidencia entre los más mayores (el 70% dice informarse sólo a través de la televisión).

En el otro extremo (entre los nacidos a partir de 1986), la mayoría dice informarse a través de internet y la televisión, y empiezan a asomar la cabeza los que declaran hacerlo exclusivamente a través de internet. La mitad de éstos son nacidos después de 1985.

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La conclusión de estos datos es análoga a la que se extraía de los postelectorales de noviembre: el dominio de la televisión está dando paso a un escenario más plural, donde este medio debe compartir espacio con internet. Pero habría algo nuevo que asoma en las cohortes de menos edad, y es el grupo que sólo se informa a través de internet, aún minoritario pero con una clara tendencia al alza entre los más jóvenes.

Si consideramos los dos fenómenos simultáneamente, observamos que son las cohortes más nuevas las que se muestran menos confiadas con las informaciones sobre la Covid-19 y son, a su vez (junto a las cohortes de más edad) las que se sienten menos informadas sobre el tema. Y esto es así incluso si controlamos los datos por nivel académico de los encuestados. Se percibe sistemáticamente una relación estrecha entre las cohortes y la confianza en las informaciones.

Obviamente, hay elementos a tener en cuenta, principalmente la edad de los sujetos: en el caso de los nacidos a partir de 1986 estamos hablando de personas de menos de 35 años, por lo que no podemos saber cómo van a evolucionar en el futuro.

Asimismo, estamos analizando una sola encuesta, que se centra en un caso particular, como es el de la epidemia de la Covid-19.

Sin embargo, una cosa sí parece cierta: los medios antiguos no van a volver; y si lo hacen, será a través de la red, de manera que si son ciertos los efectos que aquí se observan, estaríamos evolucionando hacia un escenario en el que cada vez van a ser más los electores que muestran un grado importante de desconfianza hacia las informaciones que reciben, y es posible que se sientan cada vez menos informados.

Los datos ponen de manifiesto un elemento que muchas veces no se tiene en cuenta: el carácter reversible de las evoluciones sociales. A lo largo de las últimas décadas, en España se ha producido un incremento constante de la sensación de estar informado, de manera que cada nueva generación mostraba un mayor grado de seguridad en este terreno. Esto, se decía, era coherente con el incremento del nivel académico de la población.

Pues bien, esta evolución parece haberse roto. A pesar de mantenerse la mejora del nivel académico, las nuevas cohortes dicen sentirse menos informadas que las de sus padres y madres, y a la vez sienten mayor desconfianza hacia la información que les llega.

Hace 40 años teníamos una ciudadanía que no sentía informada pero que confiaba en la información que recibía. Ahora vemos aparecer en el horizonte unas nuevas generaciones que vuelven a no sentirse informadas pero que (a diferencia de sus abuelos) no confían, o en cualquier caso confían menos que cualquier otra generación anterior.

¿Qué efecto puede tener en un sistema como el democrático, que se fundamenta en la fortaleza de una red de confianzas, tejida entre electores, instituciones y organizaciones varias, una ciudadanía que cada vez confía menos en la información que recibe, que se siente desinformada a pesar de la avalancha constante de información que absorbe a través de una multiplicidad de canales que pugnan por reclamar su atención constantemente?

Tal vez la desconfianza y el desconcierto de los electores sea precisamente el producto de esa avalancha de información ininterrumpida, de ese bombardeo al que están sometidos y del que les es imposible extraer los datos necesarios para hacerse una composición del lugar.

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