Mercosur y la delgada línea de la excepción

A tiempos excepcionales, decisiones excepcionales. La sorpresiva, aunque no sorprendente, decisión de Argentina de suspender su participación en las negociaciones de acuerdos de libre comercio (ALC) en el seno del Mercosur es reflejo de la singularidad del contexto. Mientras la industria argentina se enfrenta al mayor desafío de sus últimas décadas, con el país prácticamente cerrado, el Gobierno entiende que un ALC en estas condiciones equivaldría a un golpe de gracia al sector y a la pérdida de un espacio regional preferente de inserción comercial. 

¿Qué desató la tormenta? La Cancillería publicó un non paper de apenas cinco párrafos donde afirmaba que se excluye de las negociaciones debido a “diferencias con algunos socios” (entre líneas, Brasil). Como aclaraba el comunicado, Argentina seguirá acompañando las negociaciones con la Unión Europea.

Las reacciones de los socios del bloque no se hicieron esperar. Los tres gobiernos coinciden en la preferencia por una fórmula aperturista y de libre comercio con terceros para Mercosur. La distancia con la postura de la Casa Rosada es cada vez mayor. Otra muestra de ello fue que, en medio de la retirada argentina de las negociaciones, el Gobierno brasileño decidió cambiar a su embajador en Buenos Aires. 

Con la intención de suavizar el mensaje a sus socios del bloque, pero también de enviar un guiño a los sectores sensibles de la industria local, el Gobierno argentino subrayó que interrumpir momentáneamente su participación en las negociaciones no se trata de “un capricho”, sino de “una visión para fortalecer las relaciones con las naciones del bloque regional”, priorizando el entramado productivo nacional. El 30 de abril, la Cancillería argentina emitió otro documento asegurando que el país reafirmaba a Mercosur como «mecanismo sustantivo de integración regional», y planteó la necesidad de continuar profundizando en la agenda interna del bloque en el entendido de que esta cuestión, desatendida en los últimos años, «es clave para el desarrollo de la competitividad de nuestros países y la proyección internacional”.

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De todos los acuerdos en danza, el que desató el vendaval fue el eventual ALC con Corea del Sur. El arranque de negociaciones con este país, en mayo de 2018, fue el primer paso de la denominada agenda asiática de Mercosur, que incluye también conversaciones con India, Singapur y Vietnam. Cinco rondas de negociaciones se sucedieron en el año y medio posterior, y la última de ellas se celebró en Montevideo en febrero pasado. Las posiciones de los países del bloque difieren principalmente en el plazo: Uruguay y Paraguay privilegian que se firme este año. Pero el principal obstáculo radica en las cláusulas no arancelarias para el acceso al mercado agrícola del país asiático, un punto neurálgico para Argentina y Brasil. El escollo es la política comercial surcoreana, altamente proteccionista del sector agrícola, considerado uno de los más vulnerables del país. Entre otras medidas, los aranceles a las importaciones promedian el 57% y se complementan con una batería de barreras no arancelarias para aumentar la competitividad frente a mercados exteriores. 

La inminencia del acuerdo y la falta de información respecto de las disposiciones de las cláusulas dispararon las señales de alarma en los sectores productivos industriales de la región. Se da la circunstancia de que en el proceso no participan los involucrados, y que tampoco hay estudios de impacto que permitan prever costes y beneficios concretos del acuerdo para los actores sub-nacionales y la industria regional. A grandes rasgos, Corea ya es un mercado para las exportaciones agrícolas (maíz y ‘pellets’ de soja) y de minerales de Argentina y Brasil. En 2019, ambas economías fueron el segundo y tercer mayor proveedor de maíz de Corea del Sur, sólo detrás de Estados Unidos. Mirando los antecedentes, en caso de firmarse un ALC con Mercosur, el mercado asiático difícilmente pueda constituirse en un espacio de mayor venta de cereales (en el que Estados Unidos goza de privilegios). No obstante, si no se logra una mayor simetría en las cláusulas de acceso, el coste para los sectores industriales del bloque sudamericano puede ser irreversible. 

Las distancias entre los dos mayores socios se replica en todas la dimensiones de la relación bilateral. La imposibilidad de encontrar una postura común frente a la pandemia, que no reconoce fronteras, es clara muestra de ello. Para Alberto Fernández, la principal preocupación actual es controlar la ‘Covid-19’ para concentrarse luego en el escenario social que quedará. La diferencia con Brasil no podía ser mayor. La negligencia del Gobierno de Jair Bolsonaro frente a la multiplicación de contagios, que ya se cuenta entre los 10 mayores del mundo, convierte al gigante sudamericano en una potencial catástrofe sanitaria para toda la región.

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Las respuestas de Bolsonaro a la pandemia preocupan al Gobierno argentino, temeroso de encontrarse con una catástrofe sanitaria en el país vecino. El gigante sudamericano ya cuenta con más de 90.000 infectados y más de 6.000 fallecidos, lo que lo coloca en el primer lugar de los países de la región. Por ahora, el presidente sigue animando a romper el aislamiento social, exhortando a los ciudadanos para que se reúnan en lugares públicos. Recientemente, preguntó a los periodistas en tono jocoso: “¿Qué quieren que haga? Soy Mesías, pero no hago milagros”, haciendo un juego de palabras con su segundo nombre. 

La actuación del Gobierno brasileño frente a la pandemia también lo aisla de sus vecinos; especialmente de Argentina, cuyo Ejecutivo actuó de manera radicalmente opuesta, dictando una cuarentena obligatoria desde finales de marzo que aún se mantiene, logrando disminuir de manera drástica la curva de casos. Las diferentes respuestas de Planalto y la Casa Rosada son un síntoma más de un enfrentamiento que viene desde antes de que el peronismo retornara al poder en Argentina. 

Las respuestas antagónicas frente al coronavirus evidencian un síntoma más del mal estado de una relación que, al igual que Mercosur, ya se adivinaba en el principal grupo de riesgo. La cada vez más ríspida e impredecible relación entre sus grandes socios va más allá de las diferencias en las orientaciones ideólogicas. Pero no debe desestimarse por completo esa dimensión. En paralelo al rumbo pro norteamericano de la política exterior de Brasil, un giro que se profundizó desde la llegada de Michel Temer al poder y se consolidó con Bolsonaro, las grietas en la integración sudamericana se han ampliado. El escenario internacional de disputa chino-norteamericana se convirtió rápidamente en una tentadora oportunidad para tomar partido. Mientras desde Argentina se mantiene, por necesidad, la política pragmática de negociar y hablar con todos, desde Brasil se perfila un endurecimiento de la postura anti-china, al menos en lo discursivo, en sintonía con las líneas de acción de Washington.

A diferencia de su par estadounidense, Bolsonaro no cuenta con la espalda suficiente para realizar desembolsos billonarios que eviten la caída libre de la economía brasileña. Tampoco puede darse el lujo de confrontar con su principal socio comercial. Eduardo Bolsonaro, hijo del mandatario, tildó al Gobierno de Xi Jinping de dictadura, y lo acusó de haber ocultado información del coronavirus, lo que llevó a gran parte del arco político opositor, e incluso oficialista, a pedir disculpas. Para Mercosur, el coste puede llegar a ser muy grande. Los dos mayores miembros adoptan políticas y discursos en las antípodas. El canal de diálogo es áspero. Mientras Brasil continúa con su economía en funcionamiento, ignorando en mayor medida, de momento, los riesgos sanitarios, Argentina ha congelado la suya para afrontar la pandemia. Debido a estas grandes diferencias, se corre el riesgo de que ya no exista un encadenamiento industrial; perdiendo así los incentivos que contribuyen a sostener la unidad entre ambos países y, por lo tanto, del bloque.  

A su vez, los enfrentamientos cada vez más abiertos de Bolsonaro con el Gobierno de Xi Jinping, principal socio comercial de Brasil, han hecho que busque alternativas comerciales en otros mercados. Situación contraria parece vivir Argentina, cuyas relaciones con China son buenas e, incluso, recibió en abril 1.500 kits médicos de ayuda para combatir el coronavirus. 

En este complejo escenario, y a pesar de los desencuentros, el embajador de China en Brasilia ha afirmado que el país “está dispuesto a trabajar con el Gobierno brasilero para eliminar las interferencias, disminuir las divergencias y expandir la cooperación”. Por ahora, las interferencias en la relación tanto de Brasil con China como de aquél con sus socios de Mercosur parecen difíciles de resolver mientras Bolsonaro se mantenga firme en su postura. América Latina y Mercosur, al igual que el resto del mundo, atraviesan un momento extremadamente particular y de excepción. Una línea muy delgada que, de sostenerse en el tiempo, podría tener graves consecuencias para el bloque y para cada uno de sus países miembros.

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