Mirando al SUR(E)

Tras semanas de intentos casi esquizofrénicos por proporcionar a la ciudadanía europea soluciones reales, y tras quedar en evidencia sus reducidas competencias, el programa Sure propuesto por la Comisión Europea es tan ambicioso como factible. Basado en las garantías de todos los estados miembros, supone una mutualización por la puerta de atrás, que aliviaría así el coste de financiación de ciertos programas de empleo, fomentando la implementación de instrumentos de reconocido éxito, tales como el ‘Kurzarbeitergeld’ alemán. Ante la creciente sensación en los países del sur de abandono por parte de Europa y el tono del debate acerca de los eurobonos, el despegue de este programa podría suponer un importante éxito para las instituciones. Sin embargo, no nos engañemos, esta propuesta es insuficiente, pero aun así merece ser celebrada.

A grandes rasgos, el Sure se trata de un fondo de 100.000 millones de euros financiado a través de la emisión de deuda en los mercados. Las instituciones, que tienen una calificación crediticia muy alta, pueden emitir esta deuda a un coste muy bajo gracias a las garantías (o el aval) de estados miembros con la confianza absoluta de los mercados (por ejemplo, Alemania). Mientras tanto, los estados pueden pedir financiación a la Comisión, sin condicionalidad alguna más allá de dedicarla a programas de preservación del empleo a corto plazo. Un ejemplo puede ser el Kurzarbeitergeld, mediante el cual el Gobierno alemán anima a las empresas a reducir la jornada de todos sus trabajadores (en vez de despedir a algunos) y proporciona un complemento salarial para compensar la bajada resultante de los sueldos. La financiación de la Comisión a los estados no es más que un préstamo que deberán devolver; la diferencia clave para países como España o Italia es, simplemente, el reducido coste de financiación.

Ante al caos de propuestas y debates de las últimas semanas, cabe preguntarse por qué la Comisión apuesta por esta vía. A mi juicio, en el desarrollo de esta propuesta la Comisión parte de las siguientes consideraciones: en primer lugar, que los efectos de un shock exógeno temporal, pero también del calibre del que tenemos encima, serán mucho mayores y duraderos si llevan a una destrucción permanente del tejido económico. Por tanto, algunas de las medidas más efectivas serán aquéllas que permitan una cierta ‘hibernación’, previniendo tanto el cierre permanente de empresas como los despidos. Aquí es donde las políticas de apoyo temporal del empleo entrarían en juego.

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En segundo lugar, que la situación actual requiere una respuesta fiscal contundente, cosa que pone en una situación complicada a los países con un mayor coste de deuda porque los programas necesarios podrían ser contraproducentes si les llevan a perder la confianza de los mercados. Una mutualización de la deuda supondría el aval conjunto de todos los estados miembros a la financiación de estos programas fiscales. Permitiría a España e Italia financiarse a coste casi alemán, sin miedo a la reacción del mercado.

Final y principalmente, que el debate político entre norte y sur sobre cómo financiar las medidas económicas para combatir la pandemia no sólo no avanza, sino que cualquiera de las soluciones propuestas se ejecutaría al margen de la Comisión.

¿Cómo debemos juzgar entonces esta propuesta? Es importante no pedir peras al olmo. Si la propuesta saliese adelante, sería un éxito indudable para la Comisión. Al fin y cabo, y con un nivel de competencias muy reducido en estos asuntos, conseguirían ser la fuente de una parte importante de los programas inmediatos de empleo que se llevasen a cabo para combatir la crisis. Cien mil millones representa sólo un 0,8% del PIB de la eurozona. Sin embargo, este porcentaje es algo superior al que España ha dedicado a programas que supongan un desembolso inmediato para combatir los efectos económicos del Covid-19, como podría ser el caso con estos fondos (tenemos medidas fiscales de mayor tamaño en forma de garantías y avales o el retraso de pagos).

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Además, teniendo en cuenta que, seguramente, serían sólo los países del sur los que utilizasen estos fondos, tocaría a cada uno más de su 0,8% del PIB nacional, permitiendo la implantación de ambiciosos programas de empleo. Muchos economistas abogan por medidas como las que el Sure busca financiar (o como el Kurzarbeitergeld), que ayudarían a prevenir los despidos permanentes y facilitarían una recuperación (algo más) en forma de V. Finalmente, nos daría otro ejemplo de mutualización, indirecta, de la deuda que (crucemos los dedos) ayudaría a que el debate avance. A través de su aval, países como Alemania o Holanda dependerían directamente de que España o Italia devolviesen sus préstamos a la Comisión, so pena de tener que responder ante los mercados por las deudas de la UE. Aunque esto complica el apoyo del Consejo (pues no es aún más que una propuesta de la Comisión que debe ser aprobada), el clima político es tal que parece un gesto fácil de buena voluntad y de un volumen muy manejable por parte del norte.

Sin embargo, que esto suponga un éxito para la Comisión no lo convierte en suficiente para Europa; no supone más que un pequeño paso en la amalgama europea donde aún faltan muchas piezas por colocar. Aunque este 0,8% del PIB puede ser un gran impulso a las políticas de empleo, lo que realmente le hace falta a España o Italia es el margen de maniobra para poder diseñar medidas fiscales (de mayor tamaño) sin el miedo constante a los nervios del mercado. Al fin y al cabo, el problema principal de los países del sur de Europa, como comentaba antes, es la falta de confianza. La respuesta necesaria a la crisis actual necesita de mucha financiación, pero España ojea el déficit con temor a una explosión de los costes de su deuda.

Tal vez sorprenda saber que, en términos de PIB, los paquetes de medidas italiano y español son bastante menores al alemán, a pesar de que ser epicentros del Covid-19. Por ejemplo, las medidas de impulso fiscal (es decir, gasto) inmediato) sólo representan el 0,7% del PIB español y el 0,9% del italiano, frente al 4,4% de las germanas. Además, el Estado alemán ofrece préstamos o avales por valor del 32% de su PIB, frente al 7% en Italia y el 9% en España. El sur de Europa no necesita transferencias fiscales del norte, sólo que nos presten la confianza otorgada por los mercados a través de la mutualización de la deuda, de manera que podamos actuar de manera acorde al nivel de la debacle. En este sentido, el Sure es un bonito primer experimento, pero de tamaño insuficiente.

La Comisión se incorpora a la partida, y eso es sin duda positivo. Lo hace de la mano de un programa que busca preservar el empleo, una de las principales maneras de evitar que esta recesión se enquiste en Europa. Con sus competencias actuales, conseguir la aprobación de este programa sería un éxito que les otorgaría un rol importante en garantizar los ingresos de los trabajadores europeos. Pero el debate central no ha concluido, la batalla principal continua en el Eurogrupo y, por ahora, prevalece la indecisión.

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