Movilizaciones en la República Checa, pero Babiš sigue ganando

Durante las últimas semanas se ha escuchado, como si de un karma se tratara, que estamos presenciando las más numerosas manifestaciones populares en la República Checa desde la Revolución de Terciopelo. Si hace un par de semanas en torno a 120.000 personas ocupaban la plaza de Wenceslao, esta vez el escenario ha sido el Parque Letna y el número de manifestantes se ha incrementado, llegando en este caso a las 250.000 personas. Ambas localizaciones tienen una enorme carga simbólica para el pueblo checo, en tanto en cuanto fueron los principales escenarios tanto de la Primavera de Praga en 1968 como del fin de la dictadura estalinista en 1989. Escenarios, por tanto, de lucha por la libertad, y, en este caso, en contra del primer ministro, Andrej Babiš. 

Este ciclo de protesta en el país centroeuropeo comenzó hace ya un año y medio, unos meses más tarde de la elección de Babiš y, lejos de desactivarse, parece que incrementa el número de personas que se suman a él. Sin embargo, aunque a priori pudiera dar la impresión de un inicio de cambio político, lo cierto es que el partido del primer ministro, ANO (Sí), continúa teniendo una base electoral de entorno al 30%, exactamente el mismo porcentaje con el que consiguió ganar las elecciones en 2017.

Un buen ejemplo son los resultados de las elecciones europeas de mayo de 2019, en las que la República Checa tenía en juego 21 diputados. En esta ocasión, la tasa de participación en uno (si no el más) de los países más euroescépticos de la UE se incrementó en 10 puntos respecto a 2014, pasando del 18,2% al 28,7%. El resultado electoral fue abrumadoramente a favor del partido en el Gobierno, que consiguió dos eurodiputados más que en la anterior convocatoria, alcanzando los seis. El lema de su campaña electoral, Una Chequia Fuerte, reivindicaba el poder de los estados miembros en los procesos de toma de decisiones de la UE, especialmente en asuntos como la política de inmigración y la seguridad.

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Tras ANO, se situaban con porcentajes de apoyo similares el Partido Cívico Democrático, con cuatro escaños, los Piratas checos, con tres, y los pro-europeos Alianza por Europa, también con tres. El partido de la extrema derecha liderado por Tomio Okamura (impulsor de la reunión de los radicales en Praga durante la campaña electoral; defensor de un Czexit a la inglesa y abiertamente xenófobo) consiguió hacerse con dos escaños y el 9% del voto, entrando así en el Parlamento Europeo. Democratacristianos y comunistas consiguieron dos y un escaños, respectivamente. Los socialdemócratas socios de ANO en el Gobierno se quedaron sin representación, al igual que el partido Svoboni, de extrema derecha, que perdía el escaño conseguido en la anterior convocatoria.  

El escenario político que nos brinda el resultado electoral es el de la desaparición o pérdida de relevancia política de partidos que han desempeñado un papel esencial desde el fin de la dictadura en la República Checa como Pavel Telička, vicepresidente del Prlamento Europeo, entre otros, y la presencia de nuevos protagonistas en ascenso y relevancia, como es el caso de Okamura.

En este contexto, quizás sorprende la ausencia de penalización al primer ministro en las elecciones europeas, consideradas como de segundo nivel y utilizadas para emitir votos de castigo contra el partido en el poder. En el caso checo no sólo no ha sido así, sino que ha venido a reforzar el apoyo a ANO tanto en porcentaje como en movilización del voto. Y esto todavía resulta más sorprendente en un momento en que los manifestantes están pidiendo la dimisión de Babiš por corrupción y financiación irregular de Agrofest, una de sus empresas, con fondos europeos, y por los que se puede verse obligado a pagar 17,5 millones de euros a la Comisión, según un informe preliminar que fue filtrado hace unas semanas.

La respuesta del premier ante las manifestaciones ha sido la de la cínica reivindicación de la solidez de la democracia checa; una democracia en la que la gente tiene derecho a mostrar su desacuerdo con el Gobierno. En línea con los discursos de algunos de los líderes de sus países vecinos, Babiš utiliza la legitimidad ganada en las urnas como la única e indiscutible. Mientras, este multimillonario, convertido a político al más puro estilo Trump, continúa controlando medios de comunicación e intentando alterar el normal funcionamiento del sistema judicial. 

En todo caso, quizás sea posible darle la razón en algo: la robustez de la democracia checa parece mucho más difícil de horadar que las de Polonia y Hungría. El proceso de institucionalización y de implantación del Estado de Derecho en la República Checa estaba, sin duda, mucho más consolidado que en otros casos. Y es su diseño institucional el que, precisamente, sirve como muro de contención a los intentos de copiar el modelo Orbán, y Babiš lo sabe.

Lo cierto es que tanto el ciclo de protesta iniciado contra la victoria de ANO en 2017 como la propia fortaleza del partido en las sucesivas contiendas electorales permiten evaluar las fortalezas y debilidades de este país, así como identificar diferencias sustantivas en relación con sus vecinos de Visegrado.  

La salida a las calles de la ciudadanía checa es equiparable a otras movilizaciones por la regeneración democrática en distintos países europeos. España, Rumania, Polonia, Grecia, Turquía, Eslovenia o Serbia han protagonizado durante la última década la re-movilización de una ciudadanía que quiere participar de lo político. En el caso de la República Checa, todavía no hay ninguna fuerza política que haya conseguido aglutinar este deseo regenerador. En todo caso, sería bueno recordar que también el Parque Letná fue el escenario de la alabanza de la transición hacia el capitalismo y la economía de mercado simbolizado en el concierto ofrecido por Michael Jackson en 1996, al que asistieron más de 100.000 personas. Durante unos años, en recuerdo a este evento quedó un enorme estatua del cantante, exactamente en el mismo lugar donde antes estuvo otra de Stalin.

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