Mujeres, progresistas y conservadoras, en las municipales de Brasil

Las elecciones municipales brasileñas han estado marcadas por el crecimiento ambiguo y esperado de candidatos religiosos conservadores, por un lado, y por la presencia muy destacada de candidatos identitarios progresistas, por otro. Sin embargo, aún hay un largo camino para el cambio: el 59% de los alcaldes y el 44% de los concejales siguen siendo varones blancos.

Más de un centenar de textos sobre mujer y política en Brasil empiezan con la misma afirmación: Brasil ocupa el 133º puesto mundial (de 193) en representación femenina, de acuerdo con la Inter-Parliamentary Union (IPU), por debajo incluso de muchos países árabes. Nos encantaría olvidar esta realidad, pero la verdad es que es la medida de todo lo que viene y un dato necesario para entender lo que ha pasado este domingo electoral, en el que más de 5.000 municipalidades eligieron sus representantes locales en medio de la pandemia y de una ola política conservadora, religiosa y misógina.

Según los resultados de estas elecciones, un 16% de los escaños municipales serán ocupados por mujeres. De ellas, la mayoría serán concejalas, elegidas por voto directo proporcional con lista abierta; y el resto (el 11,7%) serán alcaldesas, principalmente de ciudades pequeñas del país. La realidad actual de Brasil nos muestra que aunque existe un conservadurismo establecido, éste convive con un discurso muy fuerte y creciente de empoderamiento de las mujeres, que alcanza tanto a los partidos de izquierda como a los de derecha. En ese contexto, los resultados electorales, salvo algunas pequeñas victorias, no ha sido por supuesto satisfactorio para las progresistas, a pesar de un puñado de pequeñas victorias, ni para los liderazgos femeninos de los partidos de la derecha.

Eso nos plantea una pregunta a la que todas las investigadoras seguimos buscando respuesta: ¿Qué está pasando para que sea tan difícil que las mujeres resulten elegidas en Brasil, un país rodeado de casos exitosos como los de Argentina y Bolivia?

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Para empezar, es fundamental entender de dónde se parte. El porcentaje de concejalas que salió de la penúltima elección (2016) fue del 13%, por lo que el 16% de la del domingo pasado equivale a un incremento aproximado del 23%. No es lo mejor, pero algo es algo. Además, es muy importante que en el análisis se tome en consideración que lo que más ayuda en Brasil a salir elegido es tener ya un escaño. De esta forma, podemos decir (un poco groseramente) que el 13% de las mujeres electas tuvieron más chances; no así los otros tres puntos porcentuales. Además, la campaña fue muy corta, lo que jugaba a favor de los candidatos y candidatas que ya conocían los electores. Es decir, las mujeres de todas las ideologías han jugado desde el principio en desventaja. 

Muchos sostienen que la pandemia puede también haber jugado en contra de muchas mujeres, debido a la prolongación de la doble jornada a la que se habrían visto abocadas. Pero una investigación mostró que, en cualquier caso, no fue éste el principal obstáculo. De hecho, el número de mujeres candidatas llegó al 33%, el mayor de la historia de Brasil

Esta misma investigación llegó a otra conclusión, ésta sí mencionada por muchas de las candidatas: el rol de los partidos. Se han encontrado evidencias de que es dentro de esas estructuras partidarias donde las mujeres encuentran grandes dificultades. En Brasil, la financiación de las campañas políticas es público, no se permiten aportaciones empresariales. Y el Tribunal Federal dictaminó en 2018 que el 30% de ese fondo debía destinarse a las de las candidatas, que también debían suponer obligatoriamente idéntico porcentaje en cuanto a su número respecto del total. Pues bien, el problema es que los partidos son los que deciden libremente cómo emplean ese 30% femenino, y finalmente se suele concentrar entre las pocas mujeres con mayores posibilidades de éxito. Y ya se sabe, es posible tener mucho dinero y no ganar una elección, pero es muy improbable vencer sin recursos.

Asimismo, muchas candidatas ha declarado su indisponibilidad para participar de arreglos clientelares de intercambio de votos por pagos.

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Si el cuadro general (leve aumento del número de electas) puede ser algo descorazonador, se pueden encontrar buenas noticias una vez bajamos a los detalles: en 10 de las 26 capitales, el porcentaje de concejales electas ha sido del 20%; en algunas ciudades, han resultado elegidas mujeres negras por primera vez al Legislativo local, como es el caso de Curitiba, en el sur, y Vitoria, cerca de Rio de Janeiro; en grandes ciudades como São Paulo y Belo Horizonte, candidatas transgénero estuvieron entre las más votadas, considerando hombres y mujeres; y 30 candidatos ‘trans’ y travestis se han alzado con la victoria en todo el país.

Se pueden relacionar estos resultados con la fortaleza de algunos movimientos sociales, con un impacto notable entre los más jóvenes. La misoginia de extrema derecha del Gobierno federal ha animado a los movimientos feministas y negros, de la misma forma que el asesinato de la concejala Marielle Franco en 2018, aún sin respuesta, impulsó muchas de las candidaturas y elecciones de mujeres negras del campo progresista. Esto parece sugerir que la izquierda está cambiando sus liderazgos, desde un modelo sindical, conectado al trabajo, hacia pautas más cercanas a la agenda identitaria. Aun así, sólo nueve mujeres ‘pretas’ (en Brasil consideramos ‘negra’ la unión de ‘preto’+mestizo) fueron elegidas alcaldesas del total de más de 5.000 ciudades.

Pero lo anterior es sólo una parte de la historia. El lado opuesto, el del conservadurismo, también ha experimentado en estas elecciones un aumento de su espacio de influencia. De acuerdo con Datafolha, un 31% de los brasileños es seguidor de las iglesias evangélicas, que son parte importante del apoyo del presidente Jair Bolsonaro. El número de candidatos electos vinculados a iglesias pentecostales ha subido un 20%. En las mayores ciudades del país, los candidatos de Republicanos –partido vinculado a la Iglesia Universal del Reino de Dios y con mayor número de candidatos evangélicos– presentaron postulaciones inicialmente muy competitivas. En São Paulo, el candidato ocupó durante algunas semanas el segundo lugar, aunque al final sólo obtuvo el 10,5% de los votos válidos. En Río de Janeiro, el alcalde Marcelo Crivella, obispo de esta misma iglesia y apoyado por Bolsorano, aún puede lograr la reelección en segunda vuelta, pero a tenor de las encuestas no tiene muchas posibilidades. Eso sí, en términos nacionales Republicanos ha incrementado sus votos en un 31%.

Si unimos todo lo anterior, parece estar produciéndose un lento y gradual cambio de fuerzas: la representación política de los conservadores pentecostales crece, así como las candidaturas progresistas; las mujeres siguen sub-representadas tanto en los partidos de izquierda como en los de derecha y Brasil, si sigue a este ritmo, sólo alcanzará la paridad en los legislativos locales en 2076 (según los cálculos del demógrafo Jose Eustaquio Diniz Alves).

En este año pandémico, donde tantas cosas han cambiado, los partidos en Brasil siguen siendo espacios dominados por hombres, y muy poco dinero y llega a las mujeres. Todo cambia y nada se altera.

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