Mujeres y liderazgo, ¿un matrimonio mal avenido?

El liderazgo es complejo con unas implicaciones simbólicas que lo hilan estrechamente con el poder. Poder que, frente a la dimensión más institucional defendida por la Escuela de Frankfurt, Weber define como «[…]cada oportunidad o posibilidad existente en una relación social que permite al individuo cumplir su propia voluntad» (Weber, [1920]/2007:208). Liderazgo que se configura, por tanto, como la capacidad de influir en el comportamiento de otras personas de forma intencionada.

El acceso de las mujeres a posiciones que comporten poder es muy reciente, del último cuarto del siglo XX, fruto del cambio social que supuso a su masiva incorporación al ámbito público a mediados de siglo. Previamente, la historia, y con ella la historia del poder, había estado dominada por los hombres, y de ese androcentrismo hemos heredado un modelo de liderazgo cargado de ‘violencia simbólica’ que deja poco espacio a la participación de mujeres en posiciones socialmente valoradas (Bourdieu, 2000).

Esta violencia simbólica ha llevado a que las mujeres encuentren múltiples barreras, externas e internas, para poder ejercer ese liderazgo: los sistemas de mérito y cooptación, división sexual del trabajo, sistemas de promoción basados en la presencialidad, techos de cristal, falta de referentes, el sexo de quien realiza la evaluación, el sector en el que se inserta la ocupación, pero también la escasa corresponsabilidad en el ámbito doméstico por parte de sus parejas, la falta de autoestima y el miedo al fracaso fruto de la socialización diferenciada.

No obstante, el liderazgo de las mujeres -como el de los hombres- es diverso. Si indagamos sobre los diferentes estilos se encuentra: el democrático, el autocrático, el carismático, el transaccional, el situacional, el participativo, el directivo, el transformacional, es decir, estilos que son aplicables tanto a mujeres como hombres.

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Tradicionalmente el poder, y por tanto el liderazgo, se ha configurado con la estereotipia masculina. Así, se encuentran entre sus características el ser competitivo, jerárquico, que busca el triunfo, impulsivo pero racional, de fuerte control y alta visibilidad. Por el contrario, el liderazgo femenino es más dialogante, multidimensional, cooperativo, más constante, más creativo, más abierto, donde se potencian las relaciones interpersonales, con inteligencia emocional. Estas características son fruto de una socialización diferenciada y que, como se ha dicho, son estereotípicas, dándose una combinación de todas ellas en según de qué mujer se hable.

Mary Beard, en el segundo texto de su célebre Mujeres y Poder (Crítica, 2016), Mujeres en el ejercicio del poder, se pregunta: «¿Cómo hemos aprendido a mirar a las mujeres que ejercen el poder o que tratan de ejercerlo? ¿Cuál es el sustrato cultural que alimenta la misoginia en la política o en los puestos de trabajo y cuáles son sus formas (qué clase de misoginia, a quién o a qué va destinada, qué palabras o imágenes utiliza y con qué efectos)? ¿Cómo y por qué excluyen a las mujeres de las definiciones convencionales de poder (o lo que es lo mismo, de conocimiento, pericia y autoridad) que llevamos a cuestas?».

Beard recuerda cómo Theresa May, Dilma Rousseff, Angela Merkel o Hillary Clinton han sido caracterizadas como figuras de Medusa, la decapitación frente al poder de las mujeres. Uno de los ejemplos más gráficos lo encuentra en la campaña presidencial de 2016 en los Estados Unidos, cuando una representación de Donald Trump como triunfante Perseo alzando la cabeza de la decapitada Medusa con los rasgos de Clinton circuló por todo el país en forma de camisetas, bolsos, tazas de café y fundas para portátiles.

¿Por qué entrenar nuestras voces para hacerlas más graves y ganar autoridad, como hizo Margaret Thatcher? ¿Por qué adoptar los códigos masculinos en las formas de vestir como Merkel o Clinton? Si las mujeres no están incluidas en las estructuras del poder, es el poder y no las mujeres lo que debe cambiar. Para ello, sugiere revisar la palabra en sí misma: «Pensar en el poder como un atributo o incluso un verbo (empoderar), no como una propiedad”.

El liderazgo suele estar asociado al mundo político y empresarial, pero no se debe olvidar que está presente en todas las actividades en las que se dan relaciones humanas: la familia, la amistad, las asociaciones…

En el campo social, es necesario señalar que los tiempos cambian y el liderazgo también. Las movilizaciones de mujeres en tantas y tantas ciudades de todo el mundo han enseñado que las feministas hoy trabajan unos liderazgos más plurales, más difusos, que tienen como reivindicaciones principales la redistribución, el reconocimiento y la representación defendidas por Fraser, pero igualmente eficaces.

Finalmente, cabe recordar que, sin el liderazgo de las mujeres, no se habrían ganado importantes batallas en la lucha por los derechos de las mujeres como el derecho al voto, el divorcio, el derecho a la educación, al trabajo y tantas otras propuestas que aún hoy se están peleando y que no cabe duda de que vamos a ganar, como el derecho a una vida libre de violencia.

Autoría

2 Comentarios

  1. Carolina
    Carolina 06-09-2019

    Me encantó este artículo!! Gracias por escribirlo.

  2. Marisol Fuentes
    Marisol Fuentes 06-18-2019

    Me ha gustado mucho la manera de exponer este punto sobre las mujeres felicito a la Autora de este articulo
    https://salvarmatrimonio.com

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