¿Necesitamos crecimiento económico para nuestro bienestar común?

Durante mucho tiempo hemos confiado en el progreso económico como la mejor garantía para conseguir mejoras en el bienestar de los pueblos y salidas a situaciones de pobreza. De hecho, hasta hace relativamente poco, comparábamos los niveles de desarrollo de un país exclusivamente según sus niveles de gasto social. Hoy sabemos sin embargo, que la asociación entre prosperidad económica y progreso social si no del todo equivocada, es en el mejor de los casos incompleta. Necesitamos indicadores de carácter cualitativo con la mirada puesta en la cobertura de necesidades básicas, la calidad de vida, y el reparto y control de los recursos colectivos. Es difícil, por ejemplo, pensar en un sistema de salud universal de calidad sin un alto compromiso de gasto público pero podríamos gastar mucho y que ese esfuerzo no revertiese en mejoras sustanciales en nuestra salud; podemos igualmente aumentar el gasto público en educación a la par que se incrementa la desigualdad en el acceso al sistema educativo.

En definitiva, necesitamos indicadores de crecimiento inclusivo y sostenible que sean capaces de reflejar el impacto del crecimiento económico en el bienestar humano. De esto trata el Índice de Progreso Social (2015 Social Progress Index -SPI) dirigido por Michael Green. El SPI incluye un total de 52 indicadores repartidos en tres grandes categorías: Necesidades Humanas Básicas; Pilares del Bienestar; y Oportunidades. Temas relacionados con la nutrición, el acceso a una vivienda digna o a recursos naturales esenciales como el agua, y la seguridad humana entran en el primer grupo, en el segundo el acceso al conocimiento y la información, la salud y la sostenibilidad del ecosistema y en el último tienen cabida aspectos relacionados con la tolerancia y la inclusión, el respeto a las libertades y derechos personales y el acceso a la educación avanzada.

En una línea similar al Índice de Desarrollo Humano creado por Naciones Unidas hace más de una década, el SPI revela que para alcanzar niveles elevados de bienestar social, un  determinado nivel de crecimiento económico es condición necesaria pero no  suficiente. Los países mejor posicionados son indudablemente países ricos pero también países con estados de bienestar fuertemente arraigados (y por cierto, con la excepción de Canadá, las primeras posiciones las ocupan naciones de pequeño tamaño en el Norte de Europa). España aparece incluida en el grupo de naciones con progreso social “alto” , quizá sorprendentemente por encima de Francia y a todavía más distancia de Italia. Aunque parece haber un cierto equilibrio entre PIB y los indicadores de progreso social, nuestro país puntúa peor en indicadores que reflejan por una parte nuestro “retraso social”: porcentajes de analfabetismo y escolarización de mujeres, y por otra parte, nuestro particular modelo de crecimiento: disponibilidad de vivienda asequible, biodiversidad y hábitat. El caso más paradigmático quizá sea el de los Estados Unidos que siendo el sexto país del mundo según su PIB,  en cambio se sitúa en la posición 16 en el SPI, por detrás de buena parte de países europeos. El Índice también nos da pistas sobre el tipo de crecimiento que experimentan nuevas potencias como China donde no parece que exista contradicción alguna entre una veloz prosperidad económica y su enorme déficit en desarrollo social.

Como todos los indicadores que utilizan datos agregados, el ordenamiento de más de una centena de países de seis regiones del mundo es cuestionable sobre todo por la dificultad de obtener datos comparados de calidad a una escala tan grande. El ejercicio sin embargo tiene una gran trascendencia en cuanto atestigua hasta qué punto las medidas tradicionales de crecimiento económico han definitivamente dejado de dar respuesta a las preguntas más importantes que puede plantearse una sociedad y que tienen que ver con el por qué y para qué crecemos, y quien se beneficia (y quien pierde) de dicho crecimiento. Si crecer desde el punto de vista económico no nos conduce a un mayor bienestar social (podríamos incluso afirmar lo contrario), si es imposible disociar desarrollo humano con la sostenibilidad de nuestros ecosistemas, ¿no deberíamos entonces cuestionarnos con más fuerza hacia dónde nos conducen las propuestas hegemónicas de salida de esta Gran Recesión?

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