Nicaragua: una reflexión histórica

Algunos analistas han planteado que las raíces de la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua se hallan en la Revolución Sandinista, trazando una línea recta entre el Frente Sandinista de Liberación Nacional de aquella década revolucionaria y su versión actual. Aunque hay conexiones, el mismo Ortega entre otras dimensiones,  sería erróneo concebir al autoritarismo violento de hoy como una consecuencia directa de la Revolución Sandinista. Hoy en día. la violencia estatal viene envuelta en la bandera rojinegra, pero tal imagen no nos ayuda a comprender las raíces de la situación actual.

En 1983, me encontraba revisando periódicos viejos en el Archivo Nacional de Nicaragua, justo en el sótano de la Casa de Gobierno. Leyendo un análisis de un conflicto laboral de 1944, no puse mucha atención a una conversación que se desarrollaba a unos cuatros metros de mí, donde unos sujetos hablaban sobre sus familias y el béisbol. Eché un vistazo y vi a Daniel Ortega conversando con el archivista, su asistente y un conserje.

Ortega me saludó y siguió hablando de la forma más relajada e inimaginable para un jefe de Estado cuyo país se encontraba en medio de una guerra. A pesar de que, de alguna manera, yo era crítico con él y la dirigencia sandinista, confieso que me produjo una poderosa impresión en aquel momento, cuando lo vi como un ser humano decente y sin intereses personales. (Unos días atrás, su hermano, el ministro de Defensa, también dejó una huella indeleble en mí cuando meció en sus rodillas a mi pequeña hija de tres años de edad que paseaba por un restaurante al aire libre donde almorzábamos).

Esos recuerdos son muy difíciles de cuadrar con el último año de represión violenta contra grupos de activistas anti-régimen. Confieso que, a pesar de mi animadversión hacia Ortega, me sorprendió la reacción del régimen cuando en abril 2018 estudiantes, campesinos y otros grupos comenzaron una protesta, primero contra la lenta respuesta del Gobierno a un incendio que se había dado en una valiosa área protegida (la reserva biológica Indio Maíz), y luego contra una nueva política de impuestos a la Seguridad Social. El movimiento social se expandió en la medida en que el régimen reaccionó con fuerza letal para doblegar las protestas.

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Ha sido muy tentador para algunos comentaristas vincular la violencia autoritaria del régimen actual con el sandinismo de la revolución. Pero es una visión muy parcial porque el autoritarismo innegable de esa época coexistía con cambios sociales democratizantes. La revolución mejoró de forma significativa el acceso a la educación y la salud para los sectores populares. La tasa de analfabetismo en los primeros años de la revolución cayó de más de 50% a menos de 15%. La tasa de mortalidad infantil cayó de 120 a 65. Por otra parte, las clases populares tenían la posibilidad de participar en organizaciones con ciertas pautas democráticas. De hecho, el empodramiento de muchos obreros y campesinos era algo muy significativo en sus vidas. Un campesino sintetizó el avance en el campo cuando me comentó en 1983:

Mirá, ser campesino nunca va a ser fácil. Se madruga y se faja todo el día. El sol nunca refresca. Pero ahora tenemos tierra y los campesinos que trabajan en las fincas estales sólo lo hacen cinco horas. Antes sólo los ricos cultivaban y nosotros trabajábamos. Ellos mandaban. Nosotros cumplíamos ordenes. Hoy tenemos la palabra y por eso están encachimbados [encolerizados]”

Pero la democratización de la sociedad estaba en tensión constante con cierto estilo autoritario de Ortega y de los otros comandantes. Por citar un ejemplo contundente: el Gobierno trató de acaparar la producción campesina para eliminar los intermediarios. Así, a veces sacaban a campesinos de los buses para multarlos. Claro, al igual que con otras medidas el Gobierno revolucionario sabía rectificar sus errores. Pero la frase con que terminaban las reuniones de los Comités de Defensa Sandinista (“¡Dirección Nacional ordene!”) no era irónica.

Claro está que la contrarrevolución, apoyada decisivamente por la Administración, Reagan creaba un ambiente belicista que propiciaba el autoritarismo como recurso defensivo; o sea, frente a los embates de imperialismo había que mantener una férrea unidad. Los elementos en la revolución que favorecía la autonomía de las organizaciones populares – sobre todo, los influidos por la teología de la liberación– perdían su asidero político en un ambiente necesariamente militarizado.

Sin embargo, una diferencia clave entre el autoritarismo de hoy y el de la época revolucionaria es que en los 80 se podía palpar la conquista de un sentimiento fuerte de ciudadanía entre los sectores populares, incluyendo el derecho a la libre expresión. Tampoco existía un ambiente de temor frente a las autoridades, con la clara excepción del reclutamiento para el servicio militar y en las zonas de guerra. Me acuerdo de cómo, cuando viajaba en autobuses, a veces había policías o soldados fuera de servicio también viajando. Los otros pasajeros no tenían reparos en criticar, a veces de una forma fuerte y vulgar, distintos aspectos del Gobierno. Es decir, fuera de  las zonas de guerra –o sea, donde habitaban las dos terceras partes de la población– no existía nada parecido al Estado policial que domina Nicaragua hoy en día.

Irónicamente, la derrota electoral del FSLN en 1990 abrió el espacio para su plena democratización. Y el fracaso de tal proyecto es el antecedente directo de la dictadura actual. La derrota condujo al deshojamiento de lo que había sido un liderazgo sandinista muy homogéneo. Mucha de la intelligentsia y la dirigencia de alto nivel sandinista rompió con Ortega debido a la falta de democracia interna del partido, pero no pudieron prevalecer sobre él en el congreso partidista de 1994. En ese momento, ese grupo formó un nuevo partido, el Movimiento Renovador Sandinista, pero se vieron en apuros para establecer un diálogo serio con el resto (cerca de un 40% de la población) de los seguidores del FSLN.

Como ya mencionamos, muchos de esos trabajadores urbanos y rurales habían ganado algún grado de voz y dignidad durante la revolución y la mayoría de ellos había perdido seres queridos en la guerra contra la Contra. Por lo tanto, esa gente tenía una profunda deuda de gratitud hacia el FSLN y, por ende, hacia Ortega. A pesar de sus actos heroicos antes y después de 1979, los líderes sandinistas disidentes como Dora María Tallez y Henry Ruíz no fueron capaces de penetrar en el muro de solidaridad sandinista que ellos habían ayudado a construir durante las décadas de 1970 y 1980; al contrario, cualquier ataque al FSLN fue presentado como un ataque a la revolución y a todo lo que era considerado sagrado para los nicaragüenses. Por si fuera poco, no existían movimientos sociales anti-neoliberales con los cuales el Movimiento Renovador Sandinista (MRS) pudiera unirse para construir una opción partidista desde abajo.

Frente a la ausencia de una opción claramente izquierdista en la Nicaragua actual, un sector de la izquierda internacional sigue apoyando a Ortega: su odio al imperialismo estadounidense ha afectado su capacidad de pensamiento crítico. Como Maduro, Ortega puede recurrir con justicia a denunciar el papel opositor de la élite económica y de la Iglesia Católica y su propósito de lo que podría ser descrito como un golpe de estado contra un gobierno aliado con la izquierda latinoamericana. Esta narrativa orteguista sobre la oposición está profundamente distorsionada. La oposición se encuentra tan jaspeada en su maquillaje ideológico como la sociedad nicaragüense. Así, incluye a derechistas, socialdemócratas y anarquistas y, sin ninguna duda, recibe apoyo de algunas esquinas muy oscuras del hemisferio occidental. Un dirigente del movimiento comentó recientemente que la mitad de los activistas en una reunión admitió que venía de familias sandinistas. No es sorprendente, ya que el legado principal de la historia sandinista es el compromiso por la justicia social.

Vale recordar los comentarios de Ortega a los archivistas en 1983. En un sentido, por supuesto, para algunos de sus seguidores continúa teniendo el aura carismática derivada de su papel histórico. No obstante, ha demostrado una abismal falta de sentido histórico. Sus seguidores paramilitares, fuertemente armados y que han sido denunciados por investigadores en derechos humanos por su violenta y desenfrenada represión, se lucen con camisas azules y se llaman a sí mismos de la misma manera. ¿Se ha olvidado Ortega que los camisas azules fueron un grupo pro-Somoza y abiertamente pro-fascista que operó durante la década de 1930?

Si nos referimos a un pasado menos lejano y más inmediato, durante los últimos años de la década de 1970 y en la de 1980 los escuadrones de la muerte salvadoreños llevaron a cabo sus actos terroristas utilizando capuchas para cubrir sus cabezas. Hoy en día, capuchas similares a aquellas son utilizadas por los camisas azules mientras disparan a quienes protestan detrás de barricadas hechas de adoquines, réplicas de las construidas por los luchadores sandinistas en 1978 y 1979, en muchos de los mismos lugares que fueron escenarios de la lucha contra Somoza, como los barrios indígenas de Monimbó y Sutiava y los del este de Managua. Esas imágenes me hacen querer gritarle a Ortega: ¿acaso no tiene usted vergüenza o ni siquiera sentido de la historia?     

La izquierda internacional no puede contribuir con una paz más permanente, anclada en la justicia social, al proveer al régimen con una legitimidad que ha despilfarrado a punta de violencia. El FSLN, con sus 58 años de lucha y resistencia, tiene ahora que reconstruirse a sí mismo adoquín por adoquín o relegarse al basurero de la historia.    

Traducción de David Díaz Arias

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