No habrá inteligencia artificial sin inteligencia natural

Hay que dejar de ver al estudiante, experto, o profesor de humanidades como un ser casi mitológico encerrado en una torre de marfil y más preocupado por la sonoridad de un pentámetro yámbico que por los retos que definen a nuestra sociedad. La realidad es que mucha de la investigación y labor que se lleva a cabo día a día en un aula de humanidades tiene una repercusión real en la sociedad, y tiene el potencial de armar a los alumnos con herramientas que les ayuden a navegar la vida y convertirse en mejores ciudadanos.

En Sin fines de lucro, la filósofa norteamericana Martha Nussbaum volvió a poner de manifiesto un tema que regresa al ojo público de manera periódica. En recientes años hemos visto cómo, en pos de un supuesto pragmatismo, la enseñanza de las humanidades ha sido ninguneada en escuelas, institutos y universidades para dejar sitio al desarrollo de destrezas en principio más rentables. En su libro, Nussbaum nos ofrece una defensa de las humanidades basada en las habilidades que reportan: la capacidad de reflexión y autocrítica, el crecimiento hacia un pensamiento sofisticado y hacia una imaginación creativa y narrativa que potencie cualidades como la empatía, y la interpretación lingüística de los sentimientos, de las sensaciones y de los deseos. Pese a todo, parece que el valor del conocimiento humano se tiene que medir con el rasero del potencial generador de riqueza, y esto se traslada a la legislación y los fondos que se destinan según a qué disciplinas en cuanto a materia de educación se refiere (aunque bajo unos gobiernos esto sea más evidente que bajo otros).

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Por otro lado, las humanidades también sufren de un desprestigio generalizado también en términos de reconocimiento social. En numerosas ocasiones se trata a los estudiantes que escogen ramas de humanidades como a los que no valen para las ciencias y se ven por tanto relegados a elegir el camino más sencillo. En el caso de los estudiantes universitarios, los prejuicios pueden, en el mejor de los casos, acabar por transformarse en frases que tachan a la carrera de humanidades de unas últimas ‘vacaciones intelectuales’ antes de incorporarse al mundo real que es el mundo del trabajo productivo y pragmático. La cultura es una moneda que se devalúa.

Esta visión, sin embargo, es problemática por varios motivos. Como expone Nussbaum en su libro, el hecho de que las humanidades sean consideradas como poco útiles o beneficiosas tiene más que ver con la definición de utilidad que una sociedad capitalista pretende que se acepte, que con la verdadera relación entre las humanidades y el beneficio que se obtiene de ellas (que en muchos casos, además, puede ser también monetario).

En el proceso de recabar información para este artículo, un buen amigo me recomendó ver una charla TED en la que un empresario e ingeniero estadounidense nos explica cómo una persona con formación en humanidades, en el caso al que nos referimos, filosofía, le salvó de perder una cantidad considerable de dinero en su empresa gracias a las herramientas con las que contaba por su formación humanística. Nos cuenta el empresario que los clientes de su empresa les exigían tener una habilidad específica que los programadores no podían satisfacer. Su amigo humanista se ofreció a ayudar y fue capaz de transformar la visión de cómo los clientes se enfrentaban al problema haciendo las preguntas necesarias para redefinir la visión del cliente en algo factible y operable, a la vez que original y con una utilidad clara. Aún siendo consciente de que esto puede parecer un caso aislado, la verdad es que cada vez más empresas, sobre todo en el sector tecnológico, están enfocándose más en diversificar su perfil laboral apostando por trabajadores provenientes de diversos ámbitos y contextos.

A priori, y ateniéndonos a las cifras, el caso de España puede parecer diferente. En el 2014, la tasa de afiliación a la seguridad social de estudiantes de humanidades es la más baja de todas las ramas que contemplael estudio, con un 48,8% con respecto al 63,7% en la rama de ciencias o al 67,2% de la rama de ingeniería y arquitectura. Y aunque habría quizá que tener en cuenta más variables que simplemente la afiliación a la seguridad social (por ejemplo, qué porcentaje de alumnos de humanidades o de ciencias han decidido marcharse a encontrar trabajo a otros países), parece que las estadísticas confirman lo que nos temíamos, que los alumnos de humanidades son menos empleables.

La realidad quizá sea otra. El número de directivos que apuestan por graduados en humanidades para ocupar puestos clave en compañías sobre todo del sector tecnológico (Google, Apple, Microsoft) es cada vez mayor. En un reciente libro publicado por Microsoft, The Future Computed: Artificial intelligence and its role in society, Brad Smith and Harry Shum concluyen que un aspecto clave para el desarrollo de la inteligencia artificial es la formación en humanidades:

El avance en campos como la inteligencia artificial va a requerir algo más que el estudio de las ciencias, la tecnología, la ingeniería o las matemáticas. Las ciencias sociales y las humanidades serán más importantes según la inteligencia artificial se vaya pareciendo más a la humana. Los idiomas, el arte, la historia, la ética y la filosofía nos enseñarán destrezas clave en cuanto al desarrollo y control de las soluciones de inteligencia artificial se refiere. Si queremos que la IA alcance su máximo potencial, un ingeniero tendrá que aprender de un humanista y viceversa.”

Creo que el camino que se señala en este y muchos otros escritos es acertado. Quizá sea hora de subrayar los beneficios que una formación en humanidades aporta a la sociedad, la economía y al desarrollo.

No obstante, parece que en la práctica la gran mayoría no comparte esta visión. Las asignaturas de humanidades han recibido recortes y ninguneos por parte de las administraciones, y no sólo españolas, sino en la mayoría de los casos globales. El valor intrínseco de una educación en humanidades que ayuda a formar al alumno en un pensamiento crítico, una habilidad comunicativa, una creatividad e innovación, está cada vez más menospreciado, para supuestamente favorecer una educación que sirva para ‘la vida fuera de las aulas,’ que en la gran mayoría de las ocasiones lo que realmente quiere decir es ‘que sirva para crear un trabajador productivo.’

La denuncia de esta desigualdad en realidad poco justa y poco productiva es una cuestión que parece una obviedad a aquellos que están, en principio, de acuerdo en que las humanidades son una parte fundamental de la formación de cualquier individuo. Sin embargo, y por desgracia, sigue siendo necesario poner de manifiesto que las preguntas de ‘para qué sirve tal o cual asignatura’ son inútiles en tanto en cuanto no definamos qué representa para nosotros esa ‘utilidad,’ que, a la postre, estará supeditada al ideal que queramos alcanzar como sociedad.

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