No, no es un partido (neo)fascista

Cuando se confirma la presencia de Vox en la política e instituciones andaluzas parece pertinente reflexionar sobre las muchas preguntas que el caso suscita desde una perspectiva comparada, pues en torno a este fenómeno se han generado varias controversias que entroncan con cuestiones largamente debatidas en la literatura académica sobre los partidos ultraderechistas.

El primero versa sobre la cuestión de la definición del nuevo partido y de su caracterización. Al respecto, resulta llamativo que se haya prestado tanta atención al hecho de si Vox representa un nuevo resurgir del fascismo, o es meramente un partido de derecha radical populista. Hace ya mucho tiempo (en los años noventa) que la mayoría de las contribuciones académicas destacaron el carácter novedoso de los jóvenes partidos de ultraderecha en Europa y desterraron la etiqueta de neofascismo para definirlos. La razón es clara y va más allá de las obvias diferencias histórico-contextuales: éstos no constituyen una versión revisada del fascismo clásico, ni en el fondo ni en la superficie. No, los nuevos partidos de ultraderecha se sienten cómodos en las costuras de los actuales marcos democráticos, si bien aspiran a transformarlos en profundidad. Denominar a Vox (neo)fascista no contribuye a captar adecuadamente sus rasgos característicos, y sí al uso inflacionario del término, lo que resulta muy poco útil para avanzar en la comprensión del fenómeno.

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¿Cómo llamarlo entonces? Esta cuestión no puede responderse con facilidad por dos razones. La primera, en la literatura académica dista mucho de existir un consenso al respecto. Siguiendo en buena medida el uso científico establecido en Alemania, muchos expertos a partir de los años noventa del pasado siglo diferenciaron entre la extrema derecha y la derecha radical, señalando a la primera como más peligrosa y abiertamente contraria a los principios constitucionales. Ante la progresiva aparición, crecimiento y consolidación electoral de varios partidos ultra, se comenzó a utilizar la denominación de ‘derecha radical‘, a menudo complementada con alguna variante del término ‘populismo‘. Pero aún se recurre al epíteto de extrema, bien atribuyéndole un significado diferente, bien similar al de radical. De ahí que se vaya también extendiendo la denominación, más amplia, de ultraderecha o Far Right: con ella se designa al conjunto de partidos integrantes de esta nueva familia política europea; si bien no se sabe exactamente qué la caracteriza mejor, sabemos quién la forma, aunque el consenso sobre algunos casos dista de ser total.

La segunda razón es que la ideología de Vox es difícil de analizar detalladamente, al menos de momento y sobre la base de fuentes escritas. El partido no tiene aún un programa oficial, más allá de las tres propuestas concretas mencionadas brevemente en su página web y del documento de Vistalegre con las “100 Medidas Urgentes para la España Viva”. Las primeras consisten en: “eliminar un número aproximado de 81.934 cargos políticos”; “defender la bandera de todos”; y la petición de “temarios cerrados para todas las oposiciones”, cuestiones aparentemente inconexas.

En cuanto al mencionado documento de “100 Medidas”, predominan las relacionadas con la defensa de la unidad nacional, recogidas en el apartado “España, Unidad y soberanía”. Pero el ultranacionalismo es un tema transversal en todo el documento. Así, y como viene siendo habitual en otros partidos de ultraderecha, la adopción de medidas en otras áreas pasa también por enfatizar este componente: las ayudas para contratos indefinidos, por ejemplo, se concederán a las empresas que contraten trabajadores “de nacionalidad española” desempleados. En la misma línea, el segundo apartado, de “inmigración”, al que se le dedican tan sólo ocho puntos, conecta temáticamente con el de “Defensa, seguridad y fronteras”, en un ejercicio de vinculación clásico del fenómeno migratorio con la criminalidad y el delito. En ambos se defienden las posiciones típicas de los partidos de ultraderecha: expulsión de los inmigrantes ilegales y de los que delinquen, aumento del gasto en defensa, fortalecimiento de las fronteras (incluyendo la construcción de un “muro infranqueable” en Ceuta y Melilla), aumento de las exigencias para la concesión de la nacionalidad, supresión del arraigo como vía rápida para acceder a la misma, etc.

¿Podemos entonces afirmar que Vox es, ideológicamente hablando, un miembro más de esta nueva familia de partidos? Fuentes internacionales como Der Spiegel no han dudado en hacerlo. A esta caracterización puede contribuir también otro de los factores por los que tradicionalmente la ciencia política ha ubicado a los partidos políticos: su filiación en grupos o familias espirituales. El partido de Abascal no ha podido aún obtener representación en el Parlamento Europeo, pero ha sido saludado por los dirigentes de varios miembros del Grupo Europa de las Naciones y de las Libertades, se ha reunido con ellos, y, si bien rechaza la etiqueta de extrema derecha, no niega ocupar un espacio más a la derecha que el Partido Popular.

Y si lo mencionado se refiere a las similitudes ideológicas, ¿hay alguna diferencia sustancial entre Vox y otros partidos ultras? Pueden mencionarse dos cuestiones: la menor importancia –comparada– del tema de la inmigración para Vox, que en otros partidos de ultraderecha representa EL tema por excelencia; y el populismo.

En cuanto a la cuestión de la inmigración, en Vox está claramente supeditado al gran tema de la unidad española. En este sentido, la cuestión catalana –y su amenaza a la nación españolaparecen responsables de buena parte del apoyo que ha conseguido en Andalucía. Así parece desprenderse también de los datos de un sondeo postelectoral: los votantes de Vox manifiestan haberle votado por “su discurso sobre la inmigración” (41,6%) pero también “porque defiende la unidad de España” (33,7%), “para frenar a los independentistas” (28%) o “por su defensa de los símbolos nacionales” (12%). El conjunto de posiciones relacionadas con el sentimiento nacionalista es escogido como causa del voto en mucha mayor medida que la inmigración.

En cuanto al tema del populismo, Anduiza ha señalado adecuadamente la menor prevalencia de elementos presentes en otras formaciones ultra como la crítica constante a las élites (y el contraste con la virtud del pueblo y/o del ciudadano de a pie). Es posible que Vox evite deliberadamente conectar con un discurso que podría resonar parcialmente al de Podemos, al menos en parte del electorado. También es posible que la dilatada trayectoria institucional de su líder dificulte ahora la apropiación de un mensaje claramente anti-elitista. En cualquier caso, conviene recordar que la utilización de un estilo populista (bronco, áspero y articulado a través de un lenguaje deliberadamente llano) no equivale a la defensa de una ideología populista. Hay mucho más que populismo en la ultraderecha, y desde luego hay populismo mucho más allá de ella, como nos recuerda Mudde al analizar varios fenómenos supuestamente populistas. Con todo, la menor atención a estos temas (inmigración y discurso populista) en el actual programa de Vox podría restarle apoyos en el futuro, sobre todo cuando –eventualmente– se desactive el tema catalán.

El segundo de los debates sobre Vox ha girado en torno a las causas que explican su éxito en las pasadas elecciones andaluzas. Si hasta hace apenas unas semanas el tema en la literatura académica comparada era el fracaso de la ultraderecha en España, hemos pasado súbitamente a tener que entender su éxito. Esto apunta a ciertas dificultades para cambiar, de golpe, nuestras variables explicativas: la relativa tolerancia de la opinión pública en España hacia el fenómeno de la inmigración, junto con la existencia de una débil identidad nacional o de un eje territorial preeminente de competición (factores que parecían responsables del letargo de la ultraderecha española), parecen haberse trocado en amplio rechazo hacia las personas inmigrantes y profunda extensión del sentimiento nacionalista español. En un abrir y cerrar de ojos, hemos enterrado sin miramientos la excepcionalidad española. Lo que sugiere, de nuevo, la necesidad de aplicar la misma cautela antes recomendada: el buen resultado de Vox en las elecciones andaluzas, que sólo algunos anticiparon a raíz de los resultados en las elecciones europeas de 2014, es un buen trampolín para posteriores –y cercanas– convocatorias electorales. Pero Vox sigue estando muy lejos de poder ser considerado un partido exitoso según los estándares aplicados a los otros partidos ultraderechistas europeos. Es más, incluso un buen resultado en las europeas de mayo situaría al partido en la antesala de la consecución de representación en el Congreso. La prudencia al caracterizar al partido debería también observarse al evaluar su trayectoria: los casi 400.000 votos de Vox son muestra indudable de su ímpetu; pero su tamaño en Andalucía es, hoy por hoy, el de un partido relativamente pequeño.

Una vez contextualizado así este primer paso hacia el éxito del partido de Abascal, el análisis de la literatura académica comparada puede ofrecernos algunas claves explicativas centradas, justamente, en torno a esta primera fase en la evolución de nuevos partidos. Las variables a considerar en este caso deben serlo, combinadamente, de demanda (cambios en la opinión pública) y de oferta, y conjugar adecuadamente factores de corto, medio y largo plazo: no tiene sentido seguir insistiendo en el impacto en el electorado de una crisis cuyos efectos se han dejado sentir con virulencia en Andalucía mucho antes de diciembre de 2018; ni señalar obstinadamente el cansancio con el largo control de las instituciones autonómicas por parte de los socialistas, pues tampoco ha brotado súbitamente en las últimas elecciones. La búsqueda de explicaciones sobre la irrupción de Vox nos conduce hacia un tercer grupo de cuestiones que también se debaten al hilo del éxito de otros partidos ultraderechistas y que analizaré en otro artículo.

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1 Comentario

  1. Alguien
    Alguien 03-07-2019

    Muy buen artículo.

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