Nostalgia de la política

Periódicamente se alzan voces que claman contra la pérdida de un sentido original de las cosas, que denuncian una lógica perversa que trastorna los significados que guían la acción y la creencia, y que tratan de recuperar un estatuto deseable del discurso o de la práctica para un fin loable. En ese sentido, la filosofía brinda herramientas útiles para pensar lo impensado de la política actual.

El presente momento político se caracteriza, en contraste con lo anterior, por el dominio de lo impensable: el Brexit, Trump, Bolsonaro, VOX… Son manifestaciones de algo impensable en política en pleno siglo XXI, al implicar un retorno inclemente de la reacción hacia posturas ultranacionalistas, proteccionistas, tradicionalistas y beligerantes. Una vez más, la ingenuidad del progreso nos hizo creer que posturas así estarían superadas por una supuesta madurez implícita en el avance histórico. Y una vez más, nos equivocamos.


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Por otra parte, también habría sido difícil pensar que a estas alturas del momento histórico, con su desarrollo social, político y cultural, todavía habríamos de encontrarnos con posicionamientos que en su día enarbolaron la bandera de la emancipación, pero que pronto mostraron su carácter autoritario e intransigente en las filas de la izquierda, desde el marxismo-leninismo hasta las revoluciones bolivarianas, pasando por casi todas las concreciones históricas del comunismo, que en China han ido a dar con la distopía más aterradora de todas.

En el plano más efectivo, material y palpable de las cosas, parece indudable que el gran vencedor del momento histórico es el híper-capitalismo: primacía de la economía financiera sobre la productiva, fuga de capitales, disolución de formas asociativas de la clase obrera (e incluso disolución de la clase obrera misma), destrucción medioambiental por la sobreexplotación de recursos, aumento de privilegios de las élites directivas y retroceso en derechos de la población mundial.

Pero es que además, en el plano más ideal, reflexivo e inmaterial de las cosas, nos hallamos ante un momento inédito para la edad contemporánea, que consiste en la destrucción no ya de tal o cual concepto de la política, sino de la política como tal. Los debates son estériles, las ideas nulas, los proyectos inexistentes, las retóricas cada vez más simplonas y las dialécticas cada vez más vulgares. Dada esta situación, es normal que la mentira triunfe, y que la política haya quedado en manos no solo del que miente mejor, sino del que miente con más medios. Por ello se explica que el término “posverdad” se haya popularizado, así como que las agencias de contraste de noticias y datos, de fact-checking y contra los “malditos bulos”, vayan cobrando una importancia progresiva.

Maquiavelo estaría orgulloso. Se podría decir que con él comienza la destrucción de la política en su sentido original, es decir, aquel que la vinculaba a la ética y no se atrevía a justificar ciertos medios por determinados fines. Maquiavelo nos va a enseñar que todo vale, y que mejor no sentir nada por el adversario. La sensibilidad es enemiga del triunfo en política, y aquel que dude, o muestre cierta compasión por el rival, morirá en el intento.

A partir de esta ruptura entre ética y política, entre medios y fines, la teoría política cambiará mucho durante la edad moderna, derivando hacia grandes teorías del Estado y dando lugar a defensores a ultranza de este como un Leviatán encargado de evitar que el hombre se comporte como un lobo para el hombre (Hobbes); o bien a guardianes de la propiedad privada como el último recurso inalienable de la convivencia y la conveniencia social (Locke).

Con Maquiavelo, Hobbes y Locke se explica muy bien el panorama político actual, puesto que en ellos se encuentra ya la semilla de la destrucción de la política, a partir del momento en que esta se desliga de la ética, y los medios se desligan de los fines. Es entonces cuando aparecerá el primer nostálgico, Rousseau, quien en las Confesiones, retoma la pregunta política por excelencia: «¿cuál es el tipo de gobierno más apropiado para formar el pueblo más virtuoso, más ilustrado, más prudente, mejor?».

Es decir, que Rousseau vuelve a ligar ética y política en relación con el buen gobierno. Puesto que se suponía que la política era el arte de gobernar la ciudad y reunir voluntades, no un teatro visceral donde todos compiten por soltar la mayor sandez en busca del aplauso fácil de sus correligionarios. Puesto que se suponía también que la política era el arte de lo posible, o de cómo traer lo ideal como acontecimiento a lo material como su efectuación concreta: el buen vivir, el gesto sereno, la apreciación de la belleza… Y no toda una mezcla de ponzoña y grosería como manifestación de una imposibilidad del pensar político. Y puesto que, finalmente, se suponía que la política era el arte de trazar y gobernar afectos, mediante discursos y alianzas, despreciando las bajas pasiones del rencor, la ira y la soberbia, y ensalzando las virtudes de la generosidad, la templanza y la humildad. Qué lejos queda todo eso…

Mayo del 68 fue la penúltima manifestación de esa nostalgia de la política, y se podría decir que el 15M fue la última en nuestro país. A partir de ahí, lo que viene es el estupor ante lo impensable (“¡pero cómo es posible!”), o la simple manifestación del descontento, como la de los chalecos amarillos, en una concentración de cuerpos sin una idea clara, o a la inversa, en la expresión de una idea sin un cuerpo definido. En todo caso, se queda fuera de la reflexión política el dominio de lo impensado, como tarea inevitablemente siempre pendiente, en la que de todas formas, y por suerte, no faltan referentes.

En “La condición humana”, Hannah Arendt señala que lo propio de la política, y de lo humano en general, es la acción, y que lo propio de esta es comenzar, iniciar, dar lugar a lo nuevo. Por su parte, en sus últimos escritos Foucault situará lo propio de la política ya no en el poder, sino en las artes de la existencia como elaboración de lo posible. Y por la suya, Deleuze nos dará claves para entender la política como acontecimiento, asociada a una ética inmanente del deseo y la alegría, pero también de la resistencia y la dignidad.

Queda por tanto lugar para la esperanza. Pero para ello necesitamos que ante las políticas de la nostalgia, sea del Imperio o de la República, se resuelva una nostalgia de la política, hacia la formulación de esta a partir del lazo indisoluble con la ética, el afecto y la amistad.

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