Nueva política: un eje fundamental para entender la campaña electoral

Desde la celebración de los comicios europeos que tuvieron lugar el pasado año, las contiendas electorales que han marcado nuestro calendario político se han ido interpretando en clave de verdadera transformación. Por debajo de ese cambio en el mapa electoral que nos hace hablar de fragmentación política y de una tendencia clara hacia un sistema más pluripartidista, subyace una transformación cualitativa que tiene que ver con el sentido mismo de la política. Poco a poco, hemos ido confirmando que en nuestro país está pasando algo realmente importante que va más allá del mercado electoral y que está relacionado sobre todo con nuevas formas de cultura política vinculadas con la transparencia, con el discurso político y con la ejemplaridad de los líderes políticos. Esto es lo que en nuestro país ha recibido el nombre de nueva política

Para entenderla primero hay que identificar la crisis más profunda que vivía nuestra democracia. Antes que el bipartidismo, lo que de verdad se quebró en nuestro sistema democrático fue el vínculo entre representantes y ciudadanía. La correlación directa que existe entre la corrupción percibida y la menor confianza política es lo que ha marcado esa fractura. Y el momento clave de su visibilización fue el 15-M.

Aunque resulte reiterativo, conviene recordar que la ‘excepcionalidad’ del caso español dentro del contexto europeo en estos momentos consiste en que el descontento no está siendo absorbido por partidos de extrema derecha antieuropeos y xenófobos, como sí está ocurriendo con el Frente Nacional en Francia, la Liga Norte en Italia o el Ukip en Reino Unido, por poner solo algunos ejemplos.

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Probablemente, Le Pen no llegue nunca a vivir en el Elíseo, pero no es difícil imaginar a Sarkozy pactando con ella medidas legislativas en un futuro no lejano. Y siempre nos quedará la duda de si el referéndum para salir de la UE no es el precio que Cameron ha tenido que pagar al Ukip para lograr su mayoría absoluta.

En un contexto en el que la mayoría de los ciudadanos no confía en sus gobiernos ni en sus parlamentos, y en el que además se desprecia a los políticos y a los partidos tal y como han mostrado numerosos estudios entre los que se incluye la última Encuesta Social Europea, lo que ha asombrado al mundo del caso español es su extraordinaria capacidad de regeneración política desde la sociedad civil, y cómo ésta ha encontrado un canal de expresión institucional a través de nuevas formaciones políticas.

La nueva cultura política surge pues, al calor de esa dinámica de cambio político producida con el 15-M y todo indica que está aquí para quedarse. Es ahí donde debemos identificar el camino del cambio político que no han experimentado países de nuestro entorno porque no han tenido ese despertar previo de la sociedad civil. Las enseñanzas, los valores y las reivindicaciones de entonces siguen informando las expectativas de buena parte del electorado que el próximo 20 de diciembre acudirá a las urnas. Y muy especialmente de lo que podríamos llamar el electorado de la sociedad del siglo XXI; ese electorado joven que, aunque minoritario, sigue marcando para buena parte de nuestros más prestigiosos sociólogos la variable fundamental que explica el cambio de voto en España, que continúa vinculada con esa oposición fundamental entre nueva política frente a vieja política y que apuesta muy mayoritariamente por partidos emergentes.

Conviene recordar que los rasgos tendenciales que identificamos en el voto joven son importantísimos porque marcan la renovación de los valores que experimenta un país y que pueden presentarse como los más atractivos de cara a la campaña electoral. Por estos motivos, las nuevas formaciones políticas están obligadas a prestar atención a estos hechos y a situar la campaña no tanto en un marco de afinidades ideológicas tradicionales, como en el de esa nueva cultura política. Ese marco tendría que ver con la transparencia, con la tolerancia cero hacia la corrupción y con un nuevo tipo de discurso político movido con agilidad en plataformas digitales y medios tradicionales de comunicación por fuertes personalidades políticas.

Sin embargo, dentro de este eje de la nueva política, existen diferencias significativas entre el discurso de Podemos y el de Ciudadanos. Podemos ha centrado su mensaje en una dimensión fundamental sin la que no se entiende nada de lo que está ocurriendo: la crisis de la acción política. La traslación progresiva del poder de la política a la economía que ha puesto en cuestión el ejercicio de la soberanía de los estados. Su nombre evoca a un se puede, frente a un sistema en el que la política aparece como mera administración y sin capacidad de maniobra para articular un verdadero Estado social.

El partido de Rivera, por el contrario, tiene un discurso mucho menos ‘político’ y más tecnocrático; su idea de la nueva gobernanza alude a una capacidad para hacer cosas bajo condiciones democráticas centradas, sobre todo, en la eficiencia y en una gestión limpia. Mientras Iglesias aparece como un político que quiere despertar esperanza en el cambio, Rivera proyecta la imagen del gestor limpio que puede modernizar el país. Ambos comparten, sin embargo, el imperativo de la transparencia y la eticidad pública.

Convendría recordar, no obstante, que dentro de la nueva cultura la transparencia que exigimos a los políticos no tiene que ver con desenmascararlos o convertirlos en objeto de prensa rosa. El imperativo de la transparencia está relacionado, en primer lugar, con una reivindicación política; esto es, con un ejercicio de rendición de cuentas frente a los procesos políticos de decisión. Pero también, y en segundo lugar, con un reclamo ético y estético en la exhibición de liderazgos desde el punto de vista de su ejemplaridad, tal y como Alessandro Ferrara expresaba en su magnífico libro titulado ´La fuerza del ejemplo’.

Esta ejemplaridad como principio de conducta sólo se capta a partir de estilos que inspiran confianza porque el político da ejemplo con su comportamiento. La ejemplaridad se produce cuando lo ideal y lo real se fusionan porque se consigue una congruencia entre el ser y el deber ser; porque hay coherencia entre hechos y valores; porque, en definitiva, una persona actúa como debe actuar.

Por eso, transparencia no es eliminar de la política el secreto, sino activar la confianza de los ciudadanos hacia los políticos a través de esa ejemplaridad. Al menos desde Maquiavelo, sabemos que eliminar de la política el secreto implica eliminar la política misma, pero que en un sistema democrático ese secreto sólo puede existir si convive con la confianza de la ciudadanía. El mayor reto al que se enfrentan los nuevos partidos políticos es precisamente éste: recuperar la confianza de la ciudadanía.

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