Nuevos hábitos de consumo para una transición sostenible

Hoy en día nadie discute el carácter antropogénico del cambio climático y que, por tanto, será necesario modificar nuestros hábitos de consumo energéticos si queremos lograr el principal objetivo del Acuerdo de París alcanzado en la XXI conferencia de las Partes (COP21) de limitar el aumento la temperatura de la Tierra entre 2 y 1,5 grados con respecto al nivel preindustrial.

Estos nuevos hábitos energéticos deberán orientarse hacia un consumo más eficiente, a que el origen de la producción sea lo más limpia posible (energías renovables) y, por último, a un mayor uso de la electricidad en nuestra ‘dieta’ energética (electrificación).

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

La UE siempre ha sido un actor sensible al cambio climático, y prueba de ello lo han constituido los sucesivos objetivos medioambientales que se ha ido marcando en cada momento, desde el Paquete de Energía y Cambio Climático 2013-2020, pasando por el acuerdo Marco sobre clima y energía para 2030 y finalmente el paquete Energía Limpia para todos los europeos, que está actualmente en proceso de aprobación y entre cuyas principales propuestas hay que destacar, precisamente, el aumento del objetivo de eficiencia energética desde el 27% hasta el 32,5%; reducir en 2030 un 40% de sus emisiones de gases de efecto invernadero respecto a 1990 para alcanzar la neutralidad de estas emisiones entre 2050 y 2100; y un objetivo de participación del 32% de renovables en energía final para 2030, con el compromiso de revisar este objetivo al alza en 2023.

En España, este último objetivo se ha elevado al 35% en el anteproyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética y al 42% en el borrador del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 (PNIEC 2021-2030), que ha sido remitido a la Comisión Europea.

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A día de hoy, la mejora de la eficiencia energética, tanto en España como en Europa, es una realidad, tal y como se desprende de la evolución de su principal indicador, la intensidad energética, es decir, la cantidad de energía consumida por cada unidad de Producto Interior Bruto (PIB), que ha ido disminuyendo en los últimos años tanto si se mide en energía final como en electricidad. Así, en España, entre 2000 y 2017 el PIB creció un 31,3%, con un incremento de consumo de energía final de entorno a un 3,8%. En el caso de la demanda eléctrica, el incremento en este mismo periodo fue del 24,5%, lo que indica una disminución de la intensidad eléctrica más moderada.

En esta disminución de la intensidad energética, que también se ha producido en otros países de nuestro entorno, han influido tanto las medidas específicas adoptadas para mejorar el consumo de la energía como el cambio de la estructura productiva de la economía, que después de la crisis se ha orientado a sectores menos demandantes de energía.

La menor disminución de la intensidad eléctrica en comparación con la intensidad energética final se explicaría como consecuencia del progresivo proceso de electrificación de la sociedad y de la economía, entendida ésta como la sustitución del uso final de combustibles fósiles por energía eléctrica. Este proceso se estaría produciendo en España con más intensidad que la media europea, al alcanzar la demanda eléctrica en 2017 un peso del 25,5% de la demanda energética final, 2,1 puntos superior a los países de la eurozona.

De cara a futuro, para lograr una transición energética que nos permita alcanzar los objetivos de cambio climático será necesario un aumento significativo del grado de electrificación de la sociedad. En efecto, si bien las energías renovables presentan la ventaja de la ausencia de emisiones, también tienen el inconveniente de la dificultad de su utilización directa como energía final si previamente no se ha realizado su transformación en electricidad. En consecuencia, sólo se podrá integrar más renovable si logramos aumentar el peso de la energía eléctrica en la demanda energética final, es decir, si conseguimos sustituir el consumo de combustibles fósiles en usos industriales y domésticos por electricidad, y si esta electricidad es obtenida a partir de fuentes renovables.

Este proceso de electrificación renovable del sistema energético va a suponer un gran esfuerzo para el sector. Así, por ejemplo, en los últimos tres años, con un promedio aproximado de un 40% de producción renovable en el sector eléctrico, se alcanzó una participación de aquéllas en el consumo final de energía en el entorno del 16%-17%. En consecuencia, manteniendo una estructura de consumo similar, para cumplir en 2030 el objetivo de un 32% de renovables sería necesario que alrededor del 80% de la energía eléctrica se obtuviese a partir de esas fuentes

Como hemos dicho anteriormente, alcanzar este objetivo implicará un importante esfuerzo inversor, tanto en la instalación de nueva generación de energía renovable como en redes de distribución y transporte, y en concreto de interconexiones internacionales que permitan acomodar en todo momento la demanda a una producción de energía de naturaleza variable, evitando los vertidos en momentos de exceso de producción y el uso de centrales térmicas de respaldo en momento de escasez.

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