Partidos políticos en crisis y polarización asimétrica en EE.UU.

La erosión de la democracia en Estados Unidos está íntimamente ligada a la crisis de sus partidos políticos y a la polarización extrema de su sistema bipartidista, que en las dos últimas décadas ha minado la tolerancia mutua, afectado la gobernabilidad y generado altos niveles de decepción ciudadana respecto de sus instituciones. Por eso, cualquier intento por fortalecer la democracia de esta nación –particularmente después de una Administración que ha gobernado con frecuencia al margen del Estado de derecho y por encima de los mecanismos de rendición de cuentas– deberá necesariamente tomar en consideración los desafíos que afrontan dichas agrupaciones políticas.

Los problemas de debilitamiento y polarización de los partidos no son mono-causales, sino producto de una serie de factores que han afectado su rol como canalizadores de las demandas populares, organizadores del juego político-electoral y/o educadores y movilizadores de los votantes. Entre ellos se encuentran elementos de tipo normativo –escrito o no escrito– relacionados particularmente con el sistema de elección, los mecanismos de nominación de candidatos y el papel del dinero en la política, pero también con otros de tipo coyuntural como el impacto de las divisiones culturales, identitarias y raciales en las afiliaciones políticas y la polarización asimétrica. El presente análisis tiene como objetivo analizar los desafíos mencionados para entender mejor la complejidad de la actual dinámica política, evitando visiones reduccionistas que simplifican los problemas de la democracia estadounidense al quehacer y narrativa del Gobierno de turno.

Los desafíos: el sistema de elección. Las elecciones legislativas estadounidenses se rigen por un modelo pluralista de un solo ganador. A diferencia de muchas otras democracias que utilizan para las elecciones legislativas algún tipo de votación proporcional (con posibilidades de elegir varios candidatos de acuerdo al porcentaje de sufragios obtenido por cada uno), este sistema promueve el esquema del ‘winner-takes-it-all’ por distrito electoral, los que promueve juegos de suma cero donde quien gana lo gana todo y quien pierde lo pierde todo. Gran parte de la alta polarización política en EE.UU. se debe a dicha regla electoral, pues ésta no presenta incentivos para que los partidos negocien, busquen consensos y cooperen.

Además, presenta especiales problemas cuando los partidos se convierten en la antítesis del otro, dejando grupos de ciudadanos no representados por las políticas del líder o la formación de turno. Aquí, las elecciones legislativas son llevadas a cabo en 435 pequeños distritos congresuales distintos, de los cuales saldrá únicamente un candidato ganador de uno de los dos partidos y haciendo, por tanto, que el voto del electorado de otros no cuente en absoluto.

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Actualmente, la mayoría de los escaños del Congreso están asegurados para uno u otro partido dependiendo del lugar, mientras sólo unos pocos están abiertos a la disputa electoral o pertenecen a la categoría del con tendencia a. Aproximadamente sólo uno de 20 votantes vive en un distrito con posibilidades reales de competencia en la elección de la Cámara Baja. Así las cosas, las competencias electorales, lejos de jugarse verdaderamente a lo largo de los diversos distritos electorales, se concentran únicamente en algunos de ellos, que se convierten en campos de batalla a vida o muerte porque de ellos dependerá también la posibilidad de contar con la mayoría en el Congreso.

Lo mismo ocurre en cuanto a la elección presidencial, pues los estados también se rigen por el winner-takes-it-all para los electos del Colegio Electoral; y ocurre, por ejemplo, que, en los comicios de 2016, Trump los ganó por obtener todos los votos electorales de los estados pendulares como Michigan, Pensilvania y Wisconsin saliendo victorioso en ellos con una diferencia de 0,2, 0,7 y 0,8 puntos porcentuales, respectivamente, en el voto popular (Axios, 2018).

La ausencia de filtros partidarios.- El sistema de nominación de candidatos en las elecciones primarias o caucuses de ambos partidos, según lo mencionan Levitsky y Ziblatt en ‘Cómo mueren las democracias’, ha eliminado el rol de lo que ellos denominan los “guardametas” de dichas agrupaciones; es decir, aquellos miembros de la estructura partidaria que antes del modelo de primarias tenían mayor control sobre la nominación de los candidatos, los cuales eran seleccionados de una lista de políticos que consideraban que tenían potencial para ser electos. Si bien es cierto, para varios analistas, que las primarias surgieron como un esfuerzo para democratizar la nominación interna de los candidatos, ello presenta el problema de que limita la capacidad de filtrar la llegada de figuras extremistas, populistas o incluso anti-democráticas, como ha sido el caso de candidatos como Donald Trump, que difícilmente hubiera sido considerado por la estructura partidaria republicana.

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Las divisiones culturales y raciales.- La polarización partidaria que actualmente caracteriza al sistema de partidos difícilmente puede reducirse a una división de tipo ideológico entre conservadores y liberales, sino que en ésta intervienen importantes divisiones identitarias y raciales producto un país crecientemente diverso en términos sociales y demográficos. Cada partido representa actualmente grupos de la sociedad completamente distintos, pudiendo incluso hacerse un mapeo claro de las diferencias raciales y culturales de cada uno de ellos. Mientras, en los años 50, el 90% de la población era blanca cristiana, se estima que para 2024 lo será menos del 50%. Esa población está afiliada mayoritariamente al Partido Republicano, mientras el Demócrata aglutina en particular a la población blanca urbana y educada y a la mayor parte de las minorías étnico-raciales.

La mezcla de las divisiones ideológico-partidarias con las diversas identidades sociales y étnico-raciales han convertido las batallas entre los partidos en una lucha existencial por lo que se considera que debe ser Estados Unidos y quién es realmente estadounidense, todo lo cual ha afectado los niveles de tolerancia mutua fundamentales para la convivencia democrática e inhibe cualquier acuerdo básico para gobernar.

Por tanto, como sostienen Hetherington y Rudolph en ‘Por qué Washington no funcionará’, la antipatía entre partidos ha dañado la confianza, convirtiendo el bloqueo y el estancamiento en la ‘nueva normalidad’. El aumento de la migración y los avances en justicia racial en el país han conformado un país cada vez más heterogéneo en el que la tradicional mayoría blanca cristiana siente amenazada su tradicional posición de dominio en la jerarquía política, social y económica. Lo anterior explica la resonancia de narrativas como recuperar el país de nuevo o hacer a América grande nuevamente, pero también la instauración de iniciativas que dificultan el voto de las minorías en varios estados.

La influencia del dinero en la política.- Una de las labores permanentes de partidos y candidatos en Estados Unidos es la recolección de fondos para hacer frente a los altos costes de las campañas electorales, a pesar de reformas (como la de Citizens United v. la Comisión Federal Electoral) llevadas a cabo años atrás para limitar la influencia de los grandes donantes en las decisiones políticas. Sin embargo, cada vez más tanto el Partido Demócrata como el Republicano financian gran parte de sus campañas con el apoyo de mega-donantes que, contribuyendo directamente a sus campañas o a los Comités de Acción Política (PACs o súper-PACs), buscan algún tipo de beneficio una vez determinado candidato llega al poder. Lo anterior ha producido un importante desfase entre los intereses de los votantes, por los que se supone que el candidato ganador debería responder, y los privados de los contribuyentes que respaldaron financieramente las candidaturas en cuestión, desvirtuando también la respuesta gubernamental a los problemas de las mayorías.

La polarización asimétrica.- Se refiere, según Mann y Ornstein (entre otros politólogos estadounidenses), al fenómeno que describe que si bien los dos partidos han tenido movimientos importantes en el espectro ideológico con respecto al centro, el Republicano ha girado proporcionalmente más hacia la derecha que lo que el Demócrata ha avanzado hacia la izquierda. Para ellos, el partido que gravitaba alrededor de figuras moderadas e inclusivas como John McCain transitó hacia políticos más conservadores como Mitt Romney, para caer luego en un partido convertido en un culto radical trumpista. Una encuesta a más de 2.000 expertos que analizan los partidos políticos en todo el mundo –tomando en consideración los valores sociales (liberal v. conservador) y económicos (izquierda v. derecha) de los partidos– categorizaron al Partido Republicano como un partido conservador autoritario, alejado de los tradicionales partidos de centro-derecha como el Partido Demócrata Cristiano alemán o el Partido Conservador canadiense. Los expertos, que también combinaron las variables de compromiso con los principios democráticos y la de protección de los derechos de las minorías étnicas, ubicaron también al GOP entre los partidos radicales de derecha y más antidemocráticos, compartiendo espacio con el AKP de Recep Tayip Erdogan en Turquía (conocido por las violaciones a los derechos de los periodistas) y ocupando incluso una posición más hostil en cuanto a los derechos de las minorías que el Fidez de Hungría (conocido por la discriminación de migrantes musulmanes).

Las elecciones parlamentarias de 2018 y el proceso electoral en curso han demostrado que, si bien en el Partido Demócrata han surgido los denominados líderes socialistas demócráticos como Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortéz o Elizabeth Warren, que promueven políticas más progresistas, el eje del partido sigue dominado por los centristas o figuras moderadas, que son quienes han atraído el mayor apoyo del electorado demócrata y mantenido a dicha agrupación como un partido de centro-izquierda.

Contrariamente, el Partido Republicano ha visto extinguirse a sus líderes moderados, que pudieran haber servido de balance o contrapeso a las narrativas discriminatorias o racistas del Gobierno de Trump, sus abusos de poder, el uso de los recursos del Estado en su propio beneficio, el ataque a los medios de comunicación o las presiones al sistema de justicia y muchas otras afrentas contra la democracia. Especialmente, los congresistas republicanos han abdicado en su función de supervisión y control de las políticas del Ejecutivo, ya sea por comulgar ciegamente con las iniciativas gubernamentales o por temor a convertirse en el blanco de los ataques del presidente, lo que afectaría a sus posibilidades de reelección.

El gran problema, como concluye Ziblatt en su libro ‘Partidos conservadores y el nacimiento de la democracia’, es que la naturaleza o fortaleza de la organización partidaria conservadora tiene un impacto directo en la estabilidad de la democracia a largo plazo. Sólo cuando partidos conservadores inclusivos y centralizados son capaces de crear mecanismos centrípetos que limiten los desafíos extremistas, la democracia podrá resistir los peligros autoritarios.

(Acceda aquí a la cobertura de Agenda Pública sobre las elecciones estadounidenses, con análisis y datos exclusivos)

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