¿Pero de qué estamos discutiendo?

La polarización es un asunto de gran actualidad entre los expertos en Ciencia Política en España. Toda esta centralidad entre expertos y medios es comprensible dado el tono de crispación creciente entre las élites políticas, incluso en unos tiempos en los que se requiere de grandes decisiones consensuadas para afrontar la crisis sanitaria, económica y social en la que ya estamos plenamente inmersos y de consecuencias ciertamente imprevisibles. Son ya varios los estudios que están mostrando que esta crispación ha coincidido con un incremento en la polarización ideológica entre los ciudadanos. Ahora bien, ¿sobre qué exactamente estamos tan en desacuerdo? Podemos plantearnos dos preguntas: la primera sería si esta polarización en la opinión pública es resultado de la discrepancia creciente sobre los grandes problemas a los que se enfrenta la sociedad; la segunda, si esta polarización se debe, como se argumenta más a menudo, al aumento de la crispación en el debate y el discurso de la clase política.

En un reciente trabajo elaborado por el profesor Luis Miller, se muestra cómo la polarización que se percibe desde el cambio del sistema de partidos en 2015 no tiene su reflejo en un cambio en la opinión pública respecto de los grandes temas de debate en la sociedad, tales como la inmigración, la política fiscal o la preferencia por una gestión pública de la sanidad. Como se aprecia en este mismo estudio, tampoco existe mucha diferencia entre bloques ideológicos a la hora de expresar la necesidad de adoptar determinadas medidas contra la pandemia. Únicamente la división en torno al modelo territorial pudiera tener una cierta relación con la creciente polarización entre los españoles.

Es, sin embargo, interesante observar que mientras esto ocurre, sí que se ha venido apreciando un aumento considerable de la polarización afectiva. Ésta gira en torno a la confianza/desconfianza y/o aprobación/rechazo que nos merecen los miembros de otros grupos por el mero hecho de su pertenencia a una identidad similar o distinta a la nuestra. En este sentido, esta forma de medir refleja que el principal elemento polarizador lo constituyen los amores y fobias generados entre los ciudadanos que se identifican con determinados partidos, sus líderes y sus votantes. Todo lo anterior pudiera significar que la evolución en la polarización ideológica que se viene apreciando responde más a las pautas generadas desde lo puramente emocional (que surgiría como consecuencia de los mensajes de crispación de los líderes de los partidos) que al reflejo de posiciones encontradas respecto de los grandes asuntos o problemas a los que se enfrenta la sociedad española.

En las próximas líneas vamos a tratar de mostrar en cuál de los dos argumentarios cabalga la creciente polarización ideológica de los españoles. Pero para abordarlo se hace necesario un análisis más riguroso, que dé una respuesta clara más allá de la observación de ciertas coincidencias temporales en la evolución de algunos de estos indicadores. Debe basarse en datos que nos permitan explicar la evolución media que se ha producido entre cada uno de los españoles en el tiempo, no simplemente en la evolución de los indicadores agregados de opinión.

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Para ello, y una vez más, voy a hacer uso de los datos del proyecto E-DEM que he coordinado y que se han recogido a partir de una encuesta de tipo panel realizada a 2.500 individuos, con cuatro olas realizadas entre los meses de octubre de 2018 a mayo de 2019. Esto permite observar la evolución de varios indicadores en cada uno de los encuestados a lo largo de todo ese periodo; en el que, por cierto, tuvo lugar la gran aparición de Vox en el escenario electoral.

En concreto, se han construido indicadores de polarización para cinco de los debates más relevantes en la sociedad española: aborto, combatir la desigualdad, mejorar los servicios públicos, el modelo de descentralización de Estado y el control de la inmigración. También se ha construido un indicador de polarización afectiva partidista a partir del grado de aprobación y confianza en cada uno de los líderes de los principales partidos. Estos datos permiten realizar una estimación de un modelo de regresión de efectos fijos que básicamente sirve para observar, bajo ciertos supuestos, cómo el cambio medio de cada individuo en cada uno de esos indicadores de polarización ha afectado al cambio medio generado durante ese mismo periodo en el grado de polarización ideológica de cada entrevistado.

Pero antes de proceder a mostrar los resultados de este análisis, puede ser ilustrativo mostrar la media de la evolución en la polarización individual de estos asuntos en esos meses, representada por la línea discontinua negra de los gráficos 1 a 5. Como podemos ver en todos ellos, la polarización apenas aumentó entre los ciudadanos entre octubre de 2018 y mayo de 2019; ni siquiera es observable con respecto al modelo de descentralización, que llegó incluso a disminuir un poco. Estos datos deben servir para cuestionar el argumento de que el incremento en la polarización ideológica habría sido consecuencia de la confrontación generada en torno a estos grandes temas.

La evolución de la polarización de estos asuntos por partidos sí que merece un punto y aparte. Como podemos apreciar en estos mismos cinco gráficos, ésta adquiere niveles distintivamente altos y muy por encima de la media para los identificados con Vox. Ese ‘honor’ lo comparten con los identificados con el PP, pero sólo para la distribución de la riqueza, la mejora de servicios públicos y el aborto; y con los partidos catalanes y vascos para la descentralización. Finalmente, ese lugar de ‘privilegio’ es compartido con los identificados con Unidas Podemos respecto a la inmigración.

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Ahora bien, dicho esto, es necesario destacar que durante este periodo apenas se observa un aumento de la polarización entre los identificados con cada uno de los partidos. La única excepción, si bien notable, se observa con la inmigración y, en menor medida, con el aborto, para los votantes de Vox. Sobre este mismo tema se generó algo de polarización entre los votantes populares. En suma, aunque hay votantes muy polarizados sobre diversos asuntos, especialmente los identificados con Vox (o con los partidos nacionalistas con respecto a la descentralización) y, en menor medida, aquéllos que lo hacen con el PP, lo cierto es que tal polarización apenas aumentó durante este tiempo a excepción de la inmigración y el aborto; con especial virulencia, eso sí, entre los identificados con Vox, y en mucha menor medida con aquellos que lo hacen con el PP.

Es por ello difícil defender que el aumento generalizado de la polarización ideológica observado en el periodo se deba a la evolución del posicionamiento de los individuos en cada uno de estos grandes temas.

Sin embargo, es necesario un análisis más riguroso para llegar a conclusiones más sólidas. Los gráficos 6 y 7 muestran los coeficientes que mejor predicen la polarización ideológica de cada uno de los entrevistados según un análisis de regresión de efectos fijos. Si ese coeficiente se encuentra a la derecha de la línea vertical roja sin que su intervalo (la línea horizontal en torno a cada uno de esos coeficientes) no cruce aquélla, dibujada a partir del 0, puede concluirse que la polarización en torno a ese tema concreto contribuye a aumentar la de carácter ideológico de cada entrevistado (con un margen de error muy reducido, del entorno del 0,01%). La diferencia entre los gráficos 6 y 7 es que en el primero no hemos incluido las siguientes variables: polarización afectiva partidista, polarización afectiva en torno a la identidad catalana y extremismo ideológico individual.

Los resultados que aparecen en estos gráficos son realmente concluyentes. El primero evidencia que la polarización en torno a los grandes temas apenas es capaz de explicar la evolución individual media en el grado de polarización ideológica de cada uno de los españoles. Solamente la correspondiente a la descentralización parece tener una cierta incidencia significativa en la polarización ideológica, aunque su efecto es reducido. Sin embargo, como muestra el segundo de estos gráficos, los efectos de estos indicadores de polarización por temas apenas significan nada (en concreto, no sobrepasan un 0,03) comparados con los generados por la polarización afectiva partidista; es decir, la propiciada por los cambios en torno a la identificación con los partidos y sus líderes, que llega como media a casi un punto. La generada en torno a la identidad catalana también parece tener algún peso, aunque en mucho menor grado, a la hora de explicar la polarización ideológica. Incluso el simple extremismo ideológico tiene efectos mayores que cualquiera de los propiciados por la polarización de alguno de los cinco grandes conflictos que estamos estudiando.

Estos resultados podrían estar condicionados por el alto grado de polarización existente durante el tiempo en que se recogieron los datos. Aun así, no dejan de evidenciar que a lo que estamos asistiendo en estos últimos años en España es fundamentalmente a un conflicto basado en las fobias y amores generados en torno a identidades partidistas que nos aleja de discusiones serenas sobre los temas de fondo que debieran articular la competencia entre partidos. Todo este proceso está siendo alimentado y fomentado por la creciente crispación del debate entre las élites políticas que, guiados de una lógica cortoplacista, irresponsable y ciega (ya que esa polarización cierra cada vez más las puertas a los cambios de opinión y, por tanto, al cambio electoral de los votantes), están fomentando una confrontación entre españoles.

Sería, por tanto, recomendable que los representantes políticos y los medios de comunicación se centren y fomenten la discusión informada sobre temas y propuestas políticas concretas para, de este modo, favorecer la generación de un ambiente constructivo que propicie acuerdos para buscar soluciones a los graves problemas en los que ya estamos inmersos. Incurrir, fomentar y hacerse eco de los discursos simplistas e identitarios sólo favorece a aquéllos cuyo objetivo final es destruir el marco democrático y pacífico que los españoles nos dimos y que ha propiciado, pese a todos sus defectos y limitaciones, el periodo más próspero, modernizador y pacífico de la historia de este país.

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