Perspectivas y fundamentos de la política exterior de Biden

La derrota de Donald Trump en las elecciones presidenciales y la práctica certeza de que Joe Biden asumirá el poder ha llevado a éste a presentar al equipo que propondrá para gestionar los asuntos de política exterior y seguridad nacional los próximos cuatro años.

La propuesta no ha sorprendido demasiado, dada la vinculación de la práctica totalidad de sus integrantes con el ‘establishment’ de la política exterior demócrata y con el equipo de la Administración Obama en la materia. Ni Antony Blinken como posible secretario de Estado, ni Jake Sullivan como consejero de Seguridad Nacional o Linda Thomas-Greenfield como embajadora ante Naciones Unidas suponen una ruptura con los planteamientos del candidato presidencial ni con las líneas de política exterior defendidas por Biden y expuestas en el ya tradicional artículo que los candidatos suelen publicar en Foreign Affairs. A ellos cabe añadir a Michèle Flournoy, quien se baraja como posible candidata a secretaria de Defensa.

Además, es un equipo que no rompe con la forma de desarrollar la política exterior de Estados Unidos de los 25 años anteriores a Trump; un aspecto no necesariamente positivo, a la luz de los resultados de la misma y de la necesidad de hacer cambios importantes por las nuevas circunstancias y el contexto de la sociedad estadounidense y el sistema internacional.

Entre los aspectos en los que el candidato parece que va a centrarse cabe destacar la revitalización del sistema de alianzas, que considera dañado por Trump; el fortalecimiento interno de la democracia estadounidense, un elemento presente en doctrinas como la del Nation-Building at Home de Obama, y su promoción en el exterior. También, la materialización de una política económica y comercial que favorezca a la clase media estadounidense, la lucha contra el cambio climático o la reincorporación a algunos acuerdos abandonados por su predecesor, como el acuerdo nuclear con Irán o del propio Acuerdo de París; asimismo, un nuevo acercamiento hacia Cuba, similar al que Obama puso en marcha durante su Presidencia.

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Se plantea, por tanto, el abandono del ‘America First’, dado que para sus críticos habría supuesto, antes que nada, un ‘America Alone’. Todo ello en favor de un cierto concepto de multilateralismo: convertido en un objetivo, más que en un medio para llegar a un fin concreto, como se ha entendido tradicionalmente. Un enfoque este último que, por cierto, podría también criticarse en los principales líderes europeos.

No obstante, a pesar de los posibles puntos de ruptura, no debemos obviar la continuidad de algunos aspectos relevantes de la política exterior de Trump que no dieron resultados negativos, que responden a elementos estructurales de la política interna o internacional estadounidense y para los que no existe apetito alguno de cambio en la sociedad de este país. En otros casos, esta continuidad se verá condicionada por las circunstancias políticas, marcadas por la fuerte presencia del jacksonianismo trumpista en el Partido Republicano o la fortaleza del ala izquierda del Partido Demócrata, que condicionarán significativamente su acción de gobierno.

Entre los aspectos a mantener cabe destacar, en primer lugar, la política enérgica hacia China, que ya ha sido demandada por destacados senadores republicanos como Marco Rubio o Tom Cotton nada más conocerse el equipo de Biden. Si bien el nuevo presidente deberá encontrar una vía propia para lidiar con Pekín que compagine sus principios y valores con la necesidad derivada de la competencia entre grandes potencias, y que no excluya el diálogo en ámbitos donde pueda existir un interés mutuo, no parece que un acercamiento al país asiático sea factible en las actuales circunstancias.

Un segundo aspecto será el de las guerras interminables, en las que Estados Unidos se ha visto envuelto en Oriente Próximo y otras regiones y en las que el récord de éxito apoyando intervenciones del próximo presidente podría cuestionarse dado su apoyo a las de los Balcanes o Irak. Sin embargo, ya como vicepresidente en la etapa de Obama, Biden se opuso a la intervención en Libia y al incremento de tropas en Afganistán de 2010.

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Es probable que las inclinaciones actuales del presidente electo se alineen con esta posición más reciente y con la falta de apetito de la sociedad estadounidense por nuevas intervenciones a gran escala en conflictos innecesarios y fuera del interés nacional, un aspecto en el que el desempeño de la Presidencia de Trump puede considerarse positivo en comparación con sus tres inmediatos predecesores; todos los cuales se vieron involucrados en guerras de elección, con resultados mediocres en el mejor de los casos.

Sin embargo, para ello el propio presidente tendrá que actuar para frenar los impulsos de algunos de sus principales colaboradores en el proceso de toma de decisiones, como de hecho sucedió con Trump en el caso de John Bolton. Blinken, que puede ubicarse entre los liberales intervencionistas en el ámbito ideológico, ha llegado a sostener que uno de sus grandes arrepentimientos ha sido el de no intervenir más en Siria. Jake Sullivan, por otra parte, defiende una política enérgica frente a Venezuela.

Ésta es una batalla que debe darse también en el terreno de las ideas, evitando que la política de promoción de la democracia se convierta en una nueva cruzada wilsoniana que se traduzca en intervenciones militares para evitar vulneraciones masivas de derechos humanos o expandir la propia democracia liberal. Cabe destacar, a este respecto, que Biden no ha rechazado el concepto y la práctica del intervencionismo liberal en su campaña electoral, a pesar de mostrarse contrario a la participación estadounidense en “guerras innecesarias”.

Será difícil que lleve a cabo otros aspectos de su política exterior, en especial si se mantiene la mayoría republicana en el Senado, una posibilidad bastante factible. Es el caso de la reincorporación al Acuerdo Nuclear con Irán, que tiene numerosos enemigos en el Congreso estadounidense y entre los aliados regionales del país como Israel o Arabia Saudí. Un retorno exitoso y definitivo dependería de nuevas concesiones de Irán respecto a su programa de misiles balísticos o a las intervenciones que protagoniza en la región. Las mismas dificultades pueden plantearse respecto del Acuerdo de París o el acercamiento hacia Cuba.

Tampoco cabe esperar cambios radicales en materia comercial, donde se van a mantener las pulsiones ideológicas contra el libre comercio dentro y fuera del Partido Demócrata, aunque se hará probablemente algún gesto hacia los aliados europeos y asiáticos. Tampoco cabe esperar grandes cambios en otras políticas como la terrorista o en las relaciones con Rusia, donde claramente las líneas entre Obama y Trump han sido de continuidad.

Cabe destacar que tanto la política a seguir hacia China como la comercial o la relacionada con las guerras interminables marcarán los equilibrios internos en el proceso decisorio de la Administración entre realistas y liberales como principales grupos ideológicos, tal y como ya vimos en la Administración Obama. También fijarán la posición de sus rivales republicanos y del ala progresista demócrata.

En cualquier caso, si Biden quiere dejar alguna huella de su mandato y que constituya algo más que una transición entre otras presidencias, debería anunciar algo más que un mero retorno de Estados Unidos al escenario internacional. A este respecto, sería deseable que pudiese formular una doctrina o estrategia capaz de adaptarse a las circunstancias y de ser capaz de permear el sistema internacional actual. Para bien o para mal, tanto Obama como Trump tuvieron un discurso relativamente rupturista con la forma de gestionar la política exterior de sus inmediatos predecesores y sus resultados, modificando la estrategia del país en algunos aspectos relevantes.

Biden, hasta el momento, no ha demostrado tener esta creatividad estratégica o doctrinal. Si el nuevo presidente estadounidense opta por una mera vuelta a las políticas del pasado, aumentará el riesgo de que en 2024 se repita lo acontecido en 2016.

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