Perú, o de la debilidad del Estado

A continuación se presentan las principales conclusiones del conversatorio ‘La política latinoamericana durante la pandemia: Perú’ (30 de julio de 2020), en que participaron la profesora Paula Muñoz Chirinos (de la Universidad del Pacífico y Red de Politólogas), la profesora Adriana Urrutia (Universidad Antonio Ruiz de Montoya) y el profesor Martín Tanaka (Pontificia Universidad Católica del Perú) y organizamos con Daniela Campello. La iniciativa cuenta con el respaldo del Graduate Institute, la Fundación Getulio Vargas, la Red de Politólogas, Agenda pública y el Observatorio de Reformas Políticas de América Latina.

Si el estallido social en Chile en 2019 hizo saltar por los aires la idea (muy cuestionada por muchos) de que era un modelo de democracia liberal, ahora la pandemia ha hecho saltar por los aires el milagro económico peruano. El país que más creción de riqueza en la región latinoamericana en las últimas décadas afronta la pandemia con un sistema de salud precario y sin registros que permitan hacer llegar con rapidez las ayudas económicas a la población afectada. Esto hace que, aunque el presidente se rodee de expertos y se ocupe de informar a la población, la eficacia de las medidas sea baja. Los datos de contagio se disparan y los hospitales no dan abasto. Con bajas capacidades estatales y profunda debilidad política, la situación se ha vuelto crítica.

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1.- La voluntad política no alcanza

El presidente Martín Vizcarra se rodeó de expertos, se ocupó de comunicar, tomó medidas rápidamente, aprobó ayudas económicas, compras de tablets para impulsar la educación en línea, etcétera. Su popularidad había crecido a pesar de haber llegado al Gobierno tras la renuncia de Pedro Pablo Kucinzky (que afrontaba un segundo juicio político sin perspectivas de evitar la destitución, tras haber conseguido sortear el primero). El presidente cuenta con apoyo popular, pero no tiene partido y la reelección no está permitida. Los representantes en el Congreso siguen sus propios intereses más que líneas programáticas, y a nivel sub-nacional proliferan los partidos locales.

2.- Bajas capacidades estatales

El confinamiento, la suspensión de eventos públicos y el cierre de buena parte de la actividad económica fueron medidas tomadas en marzo, cuando los efectos de la pandemia se hacían sentir en España e Italia. También se cerraron fronteras y se estableció el toque de queda. Sin embargo, los hospitales estaban en situación precaria y para julio, al borde del colapso, con un crecimiento sostenido de ingresos y contagios. El Gobierno aprobó ayudas para la población más vulnerable, pero la falta de registros y la ineficiencia de los procedimientos hicieron que muchas personas que podían beneficiarse no tuvieran acceso a las mismas. Lo mismo aplica en áreas como la de educación. Se aprobó la compra de tablets para los estudiantes. Había disponibilidad de recursos, pero no se logró activar un procedimiento de compra adecuado y, pasados dos meses, sigue sin haber acceso a estos dispositivos.

[Escuche el ‘podcast’ de Agenda Pública: Volver al cole, ¿una utopía?]

3.- La debilidad del crecimiento económico de las décadas previas

La economía que más creció en la región a lo largo de las últimas décadas llegó a la pandemia con 150 camas en unidades de emergencia para 30 millones de habitantes. Esto muestra con elocuencia que el crecimiento económico no garantiza ni deriva en un mayor bienestar. Pero además, la rapidez y profundidad con que la economía se ha visto afectada hace evidente la debilidad de este crecimiento.

4.- Los límites de una democracia sin partidos

No tener partidos políticos genera infinidad de problemas de coordinación y comunicación. La debilidad de la esfera pública, de los partidos y de la sociedad civil tiene como consecuencia un consistente declive del apoyo a la democracia. La reforma política sigue pendiente.

5.- El peligro del populismo autoritario

La economía se vio rápidamente afectada, lo que sumado a todo lo descrito hace temer a los analistas el retorno de un discurso populista de corte autoritario, algo así como un nuevo fujimorismo avalado por la demanda de mano dura.

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