Poder y presencia femenina en la economía india

Después de pasar unos días en el estado de Andhra Pradesh, al sur de la India, invitada por la Fundación Vicente Ferrer, he constatado que este país emergente no podrá llegar a desarrollarse sin otorgar a las mujeres el rol que merecen, pero también que las mujeres jamás podrán empoderarse sin una previa autonomía económica.

En la actualidad las mujeres solo representan el 27% de la economía activa pero, en lugar de incrementarse su presencia en el mercado laboral, se está produciendo el efecto contrario, y en la última década se ha producido un descenso de su participación activa según los propios datos del gobierno indio. En concreto, entre 2009 y 2012 se han perdido  2,7 millones de puestos de trabajo femeninos, especialmente en el área rural, que supone el 70% de la actividad india y que es donde mayoritariamente se concentra la discriminación de las mujeres.

Estos datos tan desalentadores han contribuido a un retroceso general en la igualdad de género. Si en algún país puede hablarse de feminización de la pobreza es precisamente en India, y a ese terrible problema debe sumarse la alta mortalidad materna, los matrimonios infantiles, el aborto selectivo (existe un mercado negro de ecografías para conocer el sexo de los fetos, ya que el gobierno las prohíbe justamente para evitar la interrupción de los embarazos en caso de ser niñas), la falta de acceso a la sanidad y a la educación y la temible violencia de género.

Debemos tener en cuenta que India es el cuarto país del mundo más peligroso para el sexo femenino, en donde, según los datos de la Oficina Nacional de Registro de Crímenes, en las capitales una mujer muere quemada por su marido cada 12 horas. Sin embargo, las cifras aún son peores en el resto del país, ya que la frecuencia con la que es asesinada una mujer a manos de su cónyuge por no pagar la dote es de una hora.

A la luz de estos datos ¿queda espacio para la esperanza? Mi respuesta es afirmativa. La posibilidad de futuro la ofrecen organizaciones como la Fundación Vicente Ferrer que realizan un ingente trabajo desarrollando programas de empoderamiento e intervención comunitaria en muchos de los pueblos más pobres de la India. Sus actuaciones, además de beneficiar directamente a las comunidades con quienes trabajan, sirven de estímulo al propio gobierno para avanzar en sus políticas contra la pobreza y desigualdad estructural. No es un reto nada fácil ya que a las precarias condiciones materiales (escasez de carreteras o dificultad de acceso al agua potable) se suman las inmateriales, en concreto un complejo y rígido sistema de castas que permanece inamovible y que justifica y legitima la enorme desigualdad social.

Pero sobre todo, el futuro se halla en las propias mujeres. He visitado aldeas en donde ellas aprenden a reunirse en grupos (sanghams) para resolver sus problemas más acuciantes y acceder, de forma colectiva, a pequeñas fórmulas de economía de subsistencia (comprar una vaca o una búfala para vender su leche), bancos comunitarios y acceso a microcréditos. Allí constatan que la solidaridad entre ellas es un factor imprescindible de éxito, justo lo contrario del aislamiento y la rivalidad femenina en que han sido educadas. Hay más de 100.000 mujeres implicadas en estos grupos que podríamos llamar “de resolución de problemas” desde la cooperación, un sistema de empoderamiento para aquellas personas que han tenido la poca fortuna de nacer de sexo femenino en castas bajas.

Por otra parte, en las ciudades las mujeres empiezan a participar en sindicatos e incluso aparece alguna organización feminista, como probó la multitudinaria manifestación (primera en la historia, un hecho sin precedentes) producida en 2012 a raíz de la brutal violación y asesinato de una joven estudiante de Delhi. Y, sobre todo, los datos indican que se incrementan las matrículas femeninas en la educación superior. La formación es, sin duda, la estrategia imprescindible para acceder al mercado laboral y a puestos cualificados, el factor que promoverá el verdadero empoderamiento y la autonomía económica tan necesaria.

Aunque en estos momentos parezca una utopía, el gobierno indio no puede ceder terreno en la defensa de la igualdad de género y la promoción económica femenina. Los objetivos del G-20 señalaban que habría que incorporar a cinco millones de mujeres al mercado laboral cada año durante una década. De hecho, para lograr la paridad, 195 millones de mujeres deberían convertirse en fuerza laboral, lo cual supondría un incremento del Producto Interior Bruto (PIB) de un 27%. Por ello la igualdad de las mujeres en la economía y su presencia activa son imprescindibles para que la India sea realmente el país emergente que pretende ser.

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