Políticamente (in)visibles: ‘chalecos amarillos’ y movimientos evangélicos

Con unos 8.000 kilómetros de separación entre Francia y América Latina, a simple vista parecería que no hay nada en común entre el movimiento de los ‘giles jaunes’ (‘chalecos amarillos’) y los movimientos evangélicos latinoamericanos. Sin embargo, una mirada atenta nos revelaría que comparten más de lo que aparentan.

Nacido en Facebook, el movimiento de los chalecos amarillos pasó a ocupar las glorietas de las zonas peri-urbanas hasta finalmente organizar manifestaciones en las grandes ciudades de Francia, en especial en París. Al menos en un primer momento, sus reivindicaciones eran esencialmente materialistas, pues hacían referencia a la fiscalidad y al coste de la vida: comenzaron rechazando un nuevo aumento a los impuestos sobre el carbono, anunciado por el Gobierno francés en septiembre de 2018. Si bien el aumento fue promovido como una medida ambientalista, iba a afectar más a las capas medias y a las clases populares que habitan las zonas periféricas y, en consecuencia, utilizan más sus automóviles –usualmente más antiguos y de mayor consumo– que a los habitantes de los centros metropolitanos.

A su vez, el anuncio se dio después de una de las primeras reformas del Gobierno Macron, que hizo un recorte importante en el Impuesto sobre la Fortuna que pagan los hogares más adinerados, una medida que le ganó el apodo de presidente de los ricos. Así, los ‘chalecos amarillos’ esgrimen fuertes críticas contra los poderes políticos, económicos y mediáticos.

Los movimientos evangélicos latinoamericanos, por el contrario, son una expresión de un ‘posmaterialismo conservador’, pues a pesar de desarrollarse en la región más desigual del mundo, sus reivindicaciones no giran en torno a la distribución de los recursos. En su lugar, se organizan en torno a determinados valores sobre la sexualidad y el género, como el matrimonio entre personas del mismo sexo, la interrupción voluntaria del embarazo, la educación sexual o los tratamientos de fertilidad.

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Así, mientras el de los chalecos amarillos fue un movimiento ad hoc y puntual, el de los sectores evangélicos lleva ya varias décadas influenciando la política electoral y las políticas públicas en América Latina. El primero fue exclusivamente nacional y no consiguió tejer alianzas internacionales (a pesar de los intentos del movimiento italiano 5 Estrellas), mientras el segundo ya constituye una red de organizaciones y alianzas que intercambian conocimientos, estrategias y comparten una agenda. Mientras los miembros del primero dicen no reconocerse en el eje izquierda-derecha, el otro es religioso y se ubica a la derecha conservadora. Entonces, ¿cuál es el punto de convergencia entre ambos movimientos?

En un contexto marcado por la mundialización, ha surgido una élite optimista, cosmopolita, conectada con grandes empresas transnacionales y organismos internacionales, que vive en las principales ciudades del mundo y que ha visto su modo de vida beneficiarse con la globalización (mayores oportunidades para viajar, disminución en el coste de los bienes manufacturados, aumento de los salarios más altos y ausencia de amenaza sobre sus empleos). Sin embargo, los habitantes de las periferias se han sentido olvidados durante años; ignorados y hasta despreciados, como expresan por igual las consignas de los ‘chalecos amarillos’ y las de los sectores evangélicos de América Latina.

Unido a ello, es un mundo acelerado y cambiante, donde las desigualdades aumentan desde los años 80 y el 1% más rico lo es cada vez más, mientras las capas medias no disfrutan del crecimiento de los últimos años, sobre todo en los países avanzados. Es también un mundo donde surgen nuevas preocupaciones y nuevos valores promovidos por la élite cosmopolita, como el cuidado del medio ambiente, la defensa de los derechos LGBTI o la igualdad social entre hombres y mujeres que, a pesar de ser preocupaciones perfectamente legítimas, representan un gran cambio de paradigma para quienes no forman parte de los círculos de poder político, económico, mediático y cultural. En consecuencia, surge en ellas una preocupación ante la posibilidad de ver desaparecer su modo de vida o de tener que pagar el coste de grandes cambios como la transición ambiental.

En ambos casos, se trata de movimientos sociales de la periferia. En Francia, es una periferia simbolizada por las glorietas que ocupan los chalecos amarillos, pues éstas articulan espacios despoblados, desconectados y donde los servicios públicos son cada vez más escasos. En América Latina, la periferia son los asentamientos humanos marginalizados que están presentes en todas las metrópolis de la región y donde, aprovechando el vacío dejado por el Estado y por la Iglesia Católica a lo largo del siglo XX, se ha instalado una profusión de denominaciones evangélicas, que comenzaron como misiones extranjeras y más tarde se desarrollaron nacionalmente. Ésta es precisamente una de las principales fortalezas de ambos movimientos: una presencia continua en todo el territorio nacional; un verdadero anclaje territorial que, combinado con una fuerte presencia en las redes sociales, les brinda un sentido de conexión real con las preocupaciones de los habitantes de las periferias.

Esta repentina visibilidad de los que habían sido ‘invisibles’, ha sumido a los analistas y a los grandes medios de comunicación en una profunda perplejidad y asombro. Efectivamente, en sociedades tan profundamente desiguales y atravesadas por una fuerte segregación espacial, la periferia tiende a ser totalmente invisible o, más bien, es invisibilizada por el centro, que llega a desconocer sus valores, sus modos de vida, sus aspiraciones y hasta su existencia. A menudo, este desconocimiento se ha traducido en un desprecio rotundo por parte del ‘centro’, que se manifiesta cuando los evangélicos son llamados “ignorantes”, “cavernícolas” o “sectas de la Edad Media”.

En 2016, grupos religiosos protagonizaron en Panamá una de las manifestaciones más numerosas vistas en el país en décadas. Decenas de miles de personas marcharon contra una propuesta de ley sobre educación sexual, y la principal reacción del sector social favorable a la ley fue burlarse de los manifestantes, luego de que una entrevista callejera mostrara que la mayoría no era capaz de citar textualmente los artículos de la ley a la que se oponían, ni mencionar enfermedades de transmisión sexual.

De forma similar, los medios de comunicación trataron con cierta condescendencia a los chalecos amarillos al inicio del movimiento, pero luego pasaron a tratarlos con franca hostilidad. Cuando Vincent Glas, periodista del del diario Libération, compartió vía Twitter los contenidos más interesantes de los grupos de Facebook de los gilets jaunes (el corazón de su organización y de su deliberación política), las respuestas masivas evidenciaron un verdadero desprecio de clase, con comentarios sobre la “baja inteligencia” y las faltas ortográficas de sus líderes, en un intento por excluir a las clases populares del espacio y del debate público.

Al mismo tiempo, ambos movimientos buscan, a su manera, enfrentarse a las crisis de representación existentes en sus países. En Francia, una alta abstención en las elecciones de 2017 mostró una ruptura entre la ciudadanía y las élites políticas; pero, sobre todo, el colapso del sistema de partidos políticos y una evidente voluntad de renovación. Hoy nos encontramos con una Asamblea Nacional étnicamente más diversa y más cerca de la paridad con el 39% de mujeres, pero la representación de las clases populares francesas se mantiene por debajo del 6%, a pesar de que éstas conforman cerca de la mitad de la población activa. A su vez, la categoría de cuadros políticos y profesionales intelectuales son el 76% de los diputados y diputadas, cuando en realidad sólo conforman el 17% de la población activa. En este sentido, las reivindicaciones de los chalecos amarillos buscan contrarrestar esta evidente exclusión de todo un sector de la población en la representación política.

De la misma forma, los evangélicos latinoamericanos incorporan a la política sectores de la población que durante mucho tiempo fueron ignorados por los partidos tradicionales. Así, por ejemplo, en Costa Rica fueron partidos evangélicos los que postularon al único candidato afrodescendiente de la contienda presidencial en 2014, y a la única mujer de la de 2018.

En este sentido, ambos movimientos son también una manifestación de una voluntad de nuevo tipo en cuanto a liderazgo político, que posiblemente sea más horizontal. Como muestra, los intentos de recuperación política o la emergencia de líderes y lideresas en el seno de los chalecos amarillos recibieron fuertes críticas internas. Por otro lado, está el sacerdocio universal de los evangélicos, que prácticamente no tiene restricciones a la vocación pastoral y otorga responsabilidades o roles a sus miembros apenas ingresan a las comunidades religiosas, lo que también expresa un rechazo por las jerarquías y el poder piramidal propio de la Iglesia católica.

En sus respectivos campos de acción, ambos movimientos han logrado avances y conquistas; sin embargo, su traducción electoral no está clara en ninguno de los dos casos. Las listas de los chalecos amarillos, muy contestadas internamente (la otra cara de la moneda de un movimiento sin jerarquías), reunieron menos del 1% de los votos. Finalmente, los votos de sus simpatizantes se dividieron entre múltiples candidaturas, aunque con una preferencia marcada por el partido Agrupación Nacional, de Marine Le Pen. Por su parte, las personas evangélicas están sub-representadas en las instancias legislativas de todos los países de América Latina (incluyendo Brasil), y no han logrado consolidar un voto evangélico en ningún país. Como en el caso de los chalecos amarillos, sus votos se dividen y no consiguen transformar las conquistas políticas de su movimiento en logros electorales.

Entonces, la pregunta para el futuro es qué harán estos movimientos para conseguir un lugar en los espacios de representación, y si al hacerlo lograrán profundizar la democracia incorporando nuevos actores a ella; o si, por el contrario, lo harán arrasando con los fundamentos de nuestros regímenes.

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