Populismos xenófobos en serie

El 26 de mayo se celebran unas elecciones europeas decisivas. La fragmentación e incertidumbre que caracteriza a las cámaras nacionales reelegidas en los últimos tres años se reflejarán en el nuevo Parlamento Europeo. Podemos identificar tres factores que desafían el actual statu quo. En primer lugar, la probable pérdida de hegemonía de la gran coalición de populares y socialdemócratas para las grandes decisiones de la Eurocámara, que obligará a re-equilibrar fuerzas y re-negociar más allá de la inercia actual.

En segundo lugar, la reciente incorporación del Reino Unido en la contienda electoral, para ocupar sus 73 escaños al menos durante los meses de prórroga del Brexit. Esto les dará un valor estratégico inesperado a la hora de construir el edificio institucional que regirá la Unión en los próximos cuatro años; por ejemplo, en el nombramiento del presidente de la Comisión Europea y sus comisarios o en el de los presidentes y ponentes (rapporteurs) de las futuras comisiones parlamentarias.

Pero el último y más importante de esos factores de incertidumbre corresponde a la irrupción y consolidación de los populismos xenófobos como fuerza emergente y decisiva en el futuro del proyecto europeo.

Presentes en el Consejo (a través de 10 gobiernos formados, asociados o apoyados por partidos anti-migración), en el Parlamento (donde según algunas proyecciones podrían alcanzar el 30% de los votos) y próximamente en la Comisión (por la probable inclusión de comisarios de gobiernos xenófobos), estos partidos pretenden actuar como un bloque identitario. Su objetivo: expandir su discurso, usurpar el poder a los partidos tradicionales y desviar cualquier avance en la integración, federalización y solidaridad de la Unión.

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El informe de la Fundación porCausa ‘La Franquicia Antimigración: cómo se expande el populismo xenófobo en Europa’ adapta libremente este concepto empresarial para analizar de qué modo y en torno a qué intereses se está conformando esta corriente McPopulista (en referencia a McDonalds, la primera franquicia de la historia, y a la propuesta del politólogo Benjamin Barber en ‘Jihad vs McWorld’): una combinación del populismo como estrategia y estilo político, y de la franquicia como modelo de implantación y expansión territorial.

En lo que respecta a la estrategia populista, se trata de explotar la indignación popular de aquellos que se ‘quedan atrás’ (los perdedores de la globalización) por parte de los sectores más conservadores de la élite para tratar de reemplazar la hegemonía progresista. De ahí que la xenofobia sea el vehículo elegido, como contrapunto al énfasis cosmopolita predominante en las últimas décadas. La sociedad, entendida en clave nacional, se constituye mediante la exclusión del otro. De esta forma, la migración se convierte en un eje fundamental para entender la polarización actual, tal y como apunta una reciente encuesta de YouGov, especialmente en el marco de los comicios europeos.

Bajo el enfoque de la franquicia, una serie de fuerzas políticas nacionales actúan como franquiciados, asumiendo las claves y consignas comunes propuestas por el franquiciador, conformado por una red global de personas y organizaciones dedicadas a promover este movimiento en las estructuras de poder. Steve Bannon y la fundación The Movement son el ejemplo más explícito de franquiciador, al tiempo que entre los franquiciados más destacados encontramos a la Liga del vicepresidente de Italia, Matteo Salvini; el Fidesz, del presidente húngaro Víktor Orbán; la formación Ley y Justicia polaca o uno de sus más recientes adhesiones: la española Vox.

Resulta llamativo que estos cuatro partidos estén en diferentes grupos parlamentarios europeos (Vox aún no se ha unido a ninguno porque no cuenta con representación y porque así permanece inmaculado hasta las elecciones): la Liga a la Europa de las Naciones y la Libertad (ahora Europa de los Pueblos y las Naciones); Fidesz, al Partido Popular Europeo (donde comparte espacio con el Partido Popular de Pablo Casado); y Ley y Justicia al Grupo de Conservadores y Reformistas, etc. Este despliegue en varios grupos parlamentarios de estas formaciones da cuenta de la extensión y contaminación del populismo xenófobo en gran parte del arco parlamentario europeo.

La opción anti-migratoria y el rechazo a las actuales élites son los principales aglutinantes de estos partidos. Se basan en tres argumentos de nulo soporte empírico: económico (nos quitan el trabajo, agotan los servicios públicos); cultural (no se integran, no respetan nuestras tradiciones); y de seguridad (entre los refugiados puede haber terroristas, hay que cerrar las fronteras para recuperar nuestra soberanía). En un contexto propicio, en el que el propio ordenamiento nacional y el europeo estigmatizan al migrante irregular en el marco de la Europa Fortaleza, estos populismos tienen como características básicas la islamofobia visceral y la aporofobia, como rechazo al migrante pobre. Sus buenos resultados electorales derivan en la utilización de la anti-migración como un reclamo que les acerca hacia su objetivo principal: la asunción de mayores cotas de poder para imponer su agenda en las instituciones.

A la hora de llegar al gran público, las redes digitales son el medio de comunicación más utilizado para diseminar sus mensajes por tres motivos: el propio diseño de estas plataformas que fomenta la polarización; los datos generados por los usuarios que les permiten micro-segmentar los mensajes para amplificar su impacto y porque además suponen una vía para esquivar el escrutinio de los medios tradicionales, ante los que se muestran abiertamente beligerantes. Además, la falta de control sobre el contenido que se vierte en ellas favorece la difusión de bulos y de un discurso políticamente incorrecto. Esta disrupción narrativa se escuda en la libertad de expresión para dar rienda suelta a discursos de odio que ponen el foco en las personas migrantes, entre otros muchos colectivos (feministas, LGTBIQ, ecologistas).

Con estos ejes y estrategias, la franquicia aúna a fuerzas políticas que en otros ámbitos mantienen divergencias ideológicas de todo tipo. Por ello, existe cierta flexibilidad para aplicar el modelo en función del contexto nacional e histórico. Dos ejemplos de adaptaciones locales diversas son la religión (del nacionalcatolicismo de Vox hasta el laicismo de Reagrupación Nacional -antes Frente Nacional- y del Partido por la Libertad en Países Bajos); o el planteamiento económico, que abarca desde posturas más proteccionistas y obreristas como las de Le Pen y Salvini hasta el neoliberalismo de Vox y Alternativa por Alemania.

Todos los socios de la franquicia populista juegan las mismas cartas: Matteo Salvini alerta del próximo «califato islámico de Europa», Orbán sobreactúa contra una supuesta invasión musulmana y Abascal inicia en Covadonga su peculiar reconquista de la España cañí. En su bautizada Primavera del Sentido Común, conjuran una nueva Alianza Europea de Pueblos y Naciones, donde todos los socios de la franquicia repartirán las ganancias del lucrativo negocio del discurso anti-migración.

El resultado de su futuro poder en Bruselas, si sus incendiarios discursos se convierten en políticas públicas, tendrán al menos dos claros escenarios. Por un lado, el marco normativo internacional que regula y defiende los derechos humanos de las personas en movimiento, que resiste a duras penas el asedio de los xenófobos: desde el incumplimiento de la legislación internacional de derechos humanos y de asilo y refugio, al de los derechos de los niños y niñas migrantes, el principio de no devolución, o el inveterado deber de rescate en el mar. Esta erosión del marco normativo conduce al cuestionamiento de derechos y libertades que dábamos por inmutables, justifica la impunidad y mina la seguridad jurídica, la diversidad y la pluralidad en las que se basa cualquier democracia.

El segundo escenario del discurso populista anti-migratorio está en nuestras sociedades y sus valores. La erosión de la empatía, la deshumanización de colectivos y minorías y la criminalización de la ayuda al migrante o al diferente serán difíciles de reconducir en la inercia de la Europa Fortaleza. En tan sólo tres años, la Administración Trump ha perturbado el statu quo comercial y medioambiental global, el marco de paz y seguridad en Oriente Medio y ha frenado cualquier avance en la gobernanza mundial de la movilidad humana. Muros, épica y blasones, demonización de los migrantes, lenguaje bélico y apocalíptico para el blindaje fronterizo. Su desprecio por la solidaridad y los derechos de los migrantes ha calado en sus incondicionales europeos y está en riesgo de empapar a unas sociedades frágiles y pusilánimes que tratan de asimilar la pérdida de calidad de vida tras la Gran Recesión.

En este ambiente, las elecciones al Parlamento Europeo del 26 de mayo de 2019 son la puesta en escena de esta entente anti-migratoria. Presentes en casi todos los estados miembros, con mayor o menor fortuna, el discurso xenófobo prende como la gasolina.

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