¿Por qué funcionan los partidos nacionalistas sub-estatales?

En estos tiempos de generalizado repliegue nacionalista en Europa y de compleja, y a menudo crítica, reestructuración de los partidos políticos, una familia ideológica específica goza en algunos estados de excelente salud: los partidos nacionalistas sub-estatales. De entrada, cabe recordar que la Academia utiliza mayoritariamente una conceptualización tipológica que no deja de ser un tanto controvertida al definirlos como partidos «etno-regionalistas». Es muy abundante, y de calidad, la literatura especializada al respecto: basta remitirse a las excelentes investigaciones de Lieven De Winter, Saul Newman, Daniel Seiler o Huri Türsan, entre otros.

Los problemas de esta caracterización radican en los siguientes elementos: 1) no todos los partidos de esta familia ideológica pueden ser definidos en términos étnicos (por ejemplo, el SNP no encaja bien al respecto); 2) en este enfoque, se parte de la base de que los estados son siempre mono-nacionales, definiendo a sus unidades territoriales internas estrictamente como regiones; y 3) la mayoría de estas formaciones rechaza ser etiquetada como regionalista puesto que se presentan como nacionales (además de nacionalistas).

En España, se ha acuñado la expresión Pane (Partidos de Ámbito No Estatal) para abarcarlos, pero no necesariamente son sinónimos de los partidos nacionalistas sub-estatales: así como éstos sí son siempre Pane,  otros no son nacionalistas: por ejemplo, ICV nunca se definió como tal.

Históricamente, los partidos nacionalistas sub-estatales son una típica manifestación del conflicto centro-periferia (de acuerdo con la teoría de los cleavages de Stein Rokkan) y su razón de ser es doble: 1) impulsan un determinado proyecto de ‘construcción nacional’ (tratan de conseguir que una población que vive en un determinado territorio se sienta comunidad nacional, más allá del pluralismo de opciones ideológicas frente al Estado existente, reputado artificial); y 2) reivindican la ‘autodeterminación’ de las ‘verdaderas’ naciones para alcanzar, en general, la independencia estatal, y esto es presentado como derecho, incluso natural, no como reivindicación política.

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A partir de aquí, las variantes internas de esta familia de partidos son muchas: 1) los hay de derechas y de izquierdas, 2) etnicistas y cívicos (en proporciones cambiantes), 3) admiten multitud de modelos organizativos (cuadros, catch-all, profesional-electoral, cártel) y 4) emplean estrategias muy diferentes (intervencionistas en política estatal o no, coalicionales o aislacionistas, propositivas o de denuncia tribunicia).

Desde el último tercio del siglo XX han experimentado una re-vigorización, síntoma de las crisis de las poliarquías y del Estado del Bienestar como consecuencia de la globalización y de la europeización. En efecto, los profundos cambios estructurales derivados del neoliberalismo dominante desde los años 80 han provocado un repliegue identitario y proteccionista en varios países: tanto estatal (en general, de extrema derecha, como por ejemplo el RN lepenista, AfD, Ukip o la nueva Lega; con algún ejemplo de izquierda radical como France Insoumise) como sub-estatal (desde ultras como el VB flamenco, derecha conservadora como el N-VA o izquierda radical como el Sinn Féin o Bildu, siendo más matizada la posición de algunos de centro-izquierda como el SNP o ERC).

Lo cierto es que los partidos nacionalistas sub-estatales son, a veces, agentes muy eficaces de movilización electoral porque su mensaje va más allá de los programas de reivindicación material e interpela a anhelos e identidades emocionales (es muy útil al respecto: Pascal Delwit, ed., ‘Les partis régionalistes en Europe. Des acteurs en développement?’, Editions de l’Université de Bruxelles, Bruselas, 2001).

En la UE, en varios países hay un número notable de estos partidos: 1) en Bélgica se ha producido una completa desnacionalización de los mismos al existir sólo los territoriales; 2) en España o el Reino Unido se da una complicada coexistencia de partidos estatales y sub-estatales; y 3) en algunos como Italia (desde que la Lega opera como partido italiano sólo tienen alguna presencia relevante el STVP, la UV o el PSdA), Finlandia ( la minoría sueca), Rumanía ( la minoría magiar) o Bulgaria (la minoría turca)  ocupan un lugar menor, si bien constante.

En el Parlamento Europeo la gran mayoría de los partidos nacionalistas sub-estatales forma parte de ALE; pero otros de ese tipo, de diferente orientación ideológica, están en otros eurogrupos (por ejemplo: PDeCAT, PNV, VB, N-VA, STVP, Sinn Féin y otros).

No deja de ser un tanto singular la ya larga coexistencia entre ALE y los Verdes, unos nacionalistas y otros cosmopolitas, y cuyos proyectos europeístas no son idénticos. Así como los Verdes apuntan muy claramente a un escenario federal para la UE, los miembros de ALE tienen una visión más bien confederal de la integración europea, pues su modelo aspira a reproducir el Estado-nación a escala de sus naciones, pero sin merma de la mítica soberanía nacional. En el fondo, estos partidos adoptan una postura de europeísmo instrumental: 1) contra más Europa, menos Estado en el que están incluidos; y 2) sólo en la UE parece posible intentar vehicular, de algún modo, la magnificada autodeterminación. En todo caso, Verdes y ALE comparten la descentralización y, por ello, aspiran a reforzar el Comité de las Regiones.

Siendo cierta la notable diversidad interna de los partidos nacionalistas sub-estatales, unos muy conservadores y otros más progresistas, a todos les une el mito de la nación homogénea que debe compartir algunos valores y sentimientos comunes a fin de que la solidaridad primaria entre los ciudadanos de su comunidad se dirija en primer lugar a los suyos. Con ello, el eje social cede ante el eje nacional, y aunque la izquierda nacionalista más o menos radical afirma que ambos deben ir juntos, en la práctica siempre prevalece la segunda dimensión en su actuación. Estos partidos siempre exigen que el Estado asuma su plurinacionalidad interna, pero no admiten aplicar este criterio a sus comunidades, algo no sólo irreal empíricamente, sino incluso anti-pluralista por su pretensión homogeneizadora unanimista de fondo.

Los resultados electorales de estos partidos pueden ser apreciables en algunos casos y, a veces, han tenido responsabilidades en gobiernos centrales (Volksunie o el Rassemblemet Wallon en Bélgica o el partido de la minoría sueca en Finlandia) o, al menos, han facilitado con apoyos parlamentarios externos la estabilidad  política del Estado (es de interés en este sentido: Jean-Benoit Pilet, Jean-Michel De Waele y Serge Jaumain: ‘L’absence de partis nationaux: menace ou opportunité?’, Editions de l’Université de Bruxelles, Bruselas, 2009). En España tenemos una importante experiencia al respecto: durante el bipartidismo imperfecto, el apoyo parlamentario de CiU al PSOE de Felipe González en 1993 o al PP de José María Aznar en 1996, así como el de ERC al PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero en 2004.

Como es sabido, estas situaciones originaron mucha polémica, toda vez que para muchos políticos españolistas tales partidos no serían funcionales (por no confiables) como opciones bisagra dados sus constantes chantajes. De ahí la sugerencia de elevar el listón electoral (por ejemplo, a un 5% estatal) para dificultar al máximo su acceso a las Cortes; algo que, por cierto, requeriría una reforma constitucional, al margen de ser una opción política excluyente muy contraproducente.

En estos momentos, con una fragmentación y una polarización muy superiores, y con un bloqueo casi permanente, se ha complicado como nunca antes la gobernabilidad general. Está por ver, conocidos los resultados electorales del 28 de abril, qué actitud adoptarán estos partidos, hoy más inclinados al estéril bloqueo que a un pragmático pactismo.

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