Por qué necesitamos una Ilustración global

El proceso global de convergencia e integración económica en las últimas décadas ha tenido efectos positivos. Por ejemplo, ha reducido la extrema pobreza: si en 1990 casi la mitad de la población de las regiones en desarrollo vivía con menos de 1,25 dólares/día, en la actualidad este porcentaje está en torno a un 10%-15%, según las Naciones Unidas. Sin embargo, también ha tenido consecuencias preocupantes, como un repunte de la desigualdad en muchos países, incluso en los más avanzados.

En otras palabras, las ganancias de la globalización no se reparten por igual, ni en todos los países ni en todos los estratos sociales. Así, el crecimiento en ingresos por adulto describe la silueta de un elefante (Figura 1): crecimiento muy elevado para el 1% más rico (por su acceso a un mercado global); crecimiento leve, o incluso negativo, en el sector de riqueza intermedia (clases medias y trabajadoras de los países avanzados); y crecimiento considerable en la mitad más pobre de la población global (clases medias y trabajadoras de los países emergentes). Este fenómeno señala una causa para la desafección a la globalización por parte de las clases medias y trabajadoras en los países avanzados: éstas no notan los beneficios de la misma.

El declive de las clases medias a escala global es relevante, porque supone un riesgo para la democracia liberal; mientras tanto, regímenes autocráticos como China exhiben sin pudor un envidiable éxito económico. Como consecuencia de este crecimiento desigual y de la crisis de 2008, las clases medias y trabajadoras de los países occidentales desconfían de la capacidad de sus gobiernos para controlar los mercados globales y mantener el Estado de Bienestar, así como de la representatividad de sus sistemas democráticos y de las bondades del proceso de globalización.

Siguiendo el trilema de Dani Rodrik, la economía tensiona los mecanismos de gobernanza global, de manera que las políticas públicas sólo pueden considerar dos de los tres vértices del triángulo: democracia, integración de mercados y soberanía nacional. Quizás, la clave no sea apostar por una de las combinaciones sino, como señala José Fernández Albertos, ir desplegando políticas que combinen de manera alterna estos elementos, como la Unión Europea en su salida de la crisis.

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Este asunto no es baladí, pues sabemos que las instituciones y las políticas públicas influyen en la desigualdad. Si miramos los datos del Informe sobre la Desigualdad Global de 2018, vemos que ésta no crece (ni crecerá) por igual en los distintos países, sino que en buena medida evoluciona (y evolucionará) dependiendo de la estrategia adoptada por cada uno de ellos

De todo el abanico de políticas públicas que los países pueden elegir para hacer frente a la desigualdad, parece razonable combinar las siguientes estrategias: continuar con la globalización, mantener una cierta redistribución de la riqueza asegurando el Estado de Bienestar, mejorar los niveles educativos de la población y realizar una fuerte apuesta por el desarrollo científico-tecnológico para aumentar la competitividad del sector público y de sus empresas. De hecho, atajar la pobreza y la desigualdad, así como ofrecer educación de calidad son metas importantes no sólo para los países, sino también para instituciones internacionales como Naciones Unidas, como muestran sus Objetivos de Desarrollo Sostenible. 

Sin embargo, aunque los niveles de pobreza disminuyan y los de educación aumenten –como ocurre con el nivel de escolarización, que según las Naciones Unidas se ha doblado entre 2000 y 2015–, hay todavía aristas fundamentales en la negociación y cumplimiento de otros objetivos comunes, como es el caso del cambio climático. En este tipo de retos globales (otros ejemplos son las migraciones y la seguridad internacional) en los que es imprescindible la acción colectiva, los países no terminan de colaborar por problemas que tienen su raíz en sus diferentes niveles de desarrollo económico, pero también en la ‘tragedia de los comunes’.

De ahí que en este salto cualitativo de la democracia nacional a una gobernanza global, para preservar los principios democráticos de igualdad de voto, participación y representación ciudadana deban reformarse las instituciones representativas de las naciones. Ahora bien, dicha reforma solo podrá tener éxito si viene acompañada de una movilización popular a escala global. Siguiendo a Mayor Zaragoza en una tribuna reciente, este movimiento popular, liderado por las comunidades académica, científica, artística, literaria e intelectual, constituiría un verdadero multilateralismo democrático

En este sentido, defendemos el fomento de espacios de confluencia entre la comunidad científica y la diplomática. Esta diplomacia científica ha permitido mejorar las relaciones diplomáticas entre naciones enemistadas, como EE.UU. y Cuba; enfrentarse a problemas globales como el cambio climático, con ayuda del International Panel for Climate Change y las cumbres diplomáticas sobre el clima, como Kyoto y París; abordar proyectos científicos internacionales para la gestión del agua y alimentos en una zona en riesgo como el Mediterráneo (Proyecto Prima): y favorecer espacios de cooperación científica y militar en entornos transnacionales como el Ártico.

Asimismo, la existencia de asesoramiento científico en los ministerios de Asuntos Exteriores y en los organismos internacionales beneficia a las políticas de los países y facilita que se alcancen acuerdos internacionales. No se puede obviar que buena parte de los retos actuales tienen soluciones científico-tecnológicas que han de implementarse a nivel global y no sólo nacional. 

A escala nacional, y de cara a generaciones futuras, ofrecer un acceso más igualitario a la educación y a empleos bien remunerados es clave para enfrentarse al estancamiento de los ingresos de las clases medias y trabajadoras. El ejemplo clásico es el de las democracias escandinavas, que abrazan el mercado apuntalando sus estados de Bienestar con sistemas de redistribución y una potente inversión en educación, ciencia y tecnología, lo que les permite generar riqueza en recursos humanos y trabajo cualificado, así como una mayor competitividad de su mercado de trabajo y productos. Todo ello sin olvidar que, en breve, habrá que proteger a los trabajadores no cualificados de las amenazas que puedan presentar los avances en la automatización y la robótica. En este sentido, convendría analizar los resultados de los experimentos recientes sobre medidas como la renta básica universal o el complemento salarial al trabajo. 

Ahora bien, si pretendemos trasladar el modelo escandinavo a escala mundial, creemos necesario recuperar la senda del progreso humanista que defiende Pinker, en un proceso de ‘Ilustración’ global. Esto es, una apuesta coordinada de los países por la educación, la ciencia y la tecnología, preservando sus estados de Bienestar. Se trata de aumentar la competitividad global reforzando a la vez las políticas sociales, en un contexto de colaboración internacional basado en el intercambio científico-técnico. Solo así se podrán acometer, con mínimas garantías, las soluciones necesarias a los grandes retos comunes que tenemos que afrontar desde ya.

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