Por qué no debiéramos fiarnos del nacionalismo cívico

Las recientes protestas y altercados en Cataluña a la espera del juicio del 1-O no son más que la última de una larga serie de conflictos producidos por el procés. Resulta interesante que el conflicto entre dos posiciones que se dicen democráticas, modernas y pacíficas esté lleno de acusaciones de opresión, autoritarismo y golpismo. Para entender por qué este tipo de lenguaje puede haber ayudado a polarizar el debate, es útil acudir a una vieja (aunque muchas veces criticada) distinción en los estudios de nacionalismo entre dos grandes tipos: el cívico y el étnico.

El primero fundamentaría la pertenencia a la nación en cuestiones políticas como formar parte de un mismo Estado o compartir ciertas nociones políticas sobre cómo debiera funcionar la sociedad. El segundo, por otro lado, se basaría en características como la lengua, la religión, el color de piel o la ascendencia para definir quién pertenece a la nación y quién no. Esta distinción tiene, además, fuertes implicaciones normativas. El nacionalismo cívico sería preferible al étnico porque sería, teóricamente, más abierto a la inclusión de nuevos miembros y no estaría basado en características que son difícilmente modificables de una persona, como su religión o su lengua. Asimismo, se suele culpar al nacionalismo étnico de haber provocado guerras y conflictos a lo largo de la historia.

Esta distinción no es puramente académica, sino que la podemos ver reflejada en el caso catalán de una manera muy clara. Aquellos que se oponen al nacionalismo catalán lo acusan, entre otras cosas, de ser un nacionalismo excluyente que discrimina con sus políticas lingüísticas a los castellanohablantes. Al mismo tiempo, sus defensores argumentan que España trata de imponer un país homogéneo a través del ataque a la lengua catalana. Las acusaciones están basadas en describir al otro lado como un nacionalismo excluyente y étnico.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

Pero ¿cómo se definen a sí mismas estas posiciones? Lo hacen en el lenguaje del nacionalismo cívico. Desde el inicio del procés, el catalanismo ha hecho un esfuerzo extraordinario por arroparse con el lenguaje de los derechos y la democracia, dejando en un segundo plano las cuestiones basadas en la historia y la lengua. Recordemos la enorme pancarta con el lema Això va de democracia.

Por otro lado, los defensores de la nación española articulan su discurso en torno a la defensa de la legalidad, de la convivencia y de los derechos individuales, tratando por igual de alejarse de las visiones del nacionalismo español basado en la lengua española, el catolicismo o la historia. La expresión más clara de esta idea está en la denominación con la que se ha articulado este grupo: constitucionalistas. Ésta es una clara referencia a que lo que nos une son los componentes cívicos de la nación (marco legal y Constitución) y no los étnicos.

Por supuesto, las discusiones sobre lengua e historia no han desaparecido, pero los principales puntos de debate en el procés son las acusaciones de autoritarismo, la lucha por saber quién posee el derecho a la autodeterminación y los roles del respeto por la Ley y la desobediencia civil. Los distintos actores se perciben a sí mismos como defensores de un nacionalismo cívico (aunque se autodenominen de otra manera) mientras que acusan al otro de exhibir uno étnico.

Muchos analistas de ambos lados se apresuran a desenmascarar las mentiras del discurso cívico del otro, destapando los componentes verdaderamente étnicos del grupo rival. Y aunque los distintos discursos pueden tener más resonancia entre población con ciertas características étnicas, deberíamos analizar el conflicto catalán como un choque entre dos nacionalismos cívicos. Pero si realmente estamos ante dos nacionalismos supuestamente abiertos e inclusivos, ¿por qué vemos este grado de polarización? ¿Por qué vemos peleas y confrontaciones recurrentemente? ¿Por qué unos deciden saltarse la legalidad y otros iniciar una acusación en la que se imputa a los primeros de ser violentos?

La razón estriba en que, contrariamente a lo que solemos pensar, el nacionalismo cívico puede llegar a ser igual de peligroso que el étnico. En su fantástico ensayo ‘El mito del nacionalismo cívico’, Bernard Yack lo expone de la forma siguiente:

Centrarse en los principios políticos como la base de la lealtad colectiva puede, al parecer, hacernos más sospechosos el uno del otro, no menos. Es fácil ver por qué esto podría suceder. Si la única razón por la que confiamos el uno en el otro es nuestro compromiso con ciertos principios políticos, entonces probablemente estaremos mucho más preocupados de lo que estamos ahora por descubrir si los compromisos de cada uno son genuinos o no. Y dado que no hay forma en que podamos refutar definitivamente los desafíos a nuestra sinceridad, una mayor inspección de los compromisos políticos de cada uno conducirá a una mayor desconfianza .

Centrarse en el patrimonio compartido nos anima a indagar en los antecedentes y costumbres de los demás en busca de signos inquietantes de contrariedad. Centrarnos en principios compartidos nos anima a buscar en la mente de los demás evidencia de contrariedad.

(Yack, 2012: 38-39)

Dado que no podemos estar nunca seguros de que los otros compartan los mismos principios que nosotros, esto crea un gran incentivo para crear continuamente situaciones en las que los miembros del grupo se movilicen y demuestren así su compromiso. Asimismo, un nacionalismo basado en hacer realidad un determinado proyecto político tenderá a movilizarse más que uno basado en conservar una realidad étnica dada. Yack cita como ejemplo de nacionalismo cívico excluyente el caso de la caza de brujas durante el macartismo de los 50 del siglo pasado. Muchos estadounidenses fueron acusados de ser anti-americanos por el Comité de Actividades Anti-estadounidenses no por su raza o lengua, sino precisamente por sus supuestas ideas políticas. El jacobinismo francés o el nacionalismo inclusivo con las poblaciones indígenas de los líderes populistas latinoamericanos son otros ejemplos de nacionalismos cívicos que pueden conllevar consecuencias terribles.

En Cataluña, el catalanismo ha definido la pertenencia al grupo no tanto basada en la lengua (hablar o no catalán) como en cuestiones políticas (estar a favor de la independencia o no), y el españolismo ha definido que ser español tienen menos que ver con qué lengua hables y más con si respetas una determinada visión de la Constitución. A medida que el discurso nacionalista se ha hecho más cívico, la opinión publica se ha politizado, movilizado y polarizado. Ambas son posiciones nacionalistas, puesto que las dos se basan en una determinada concepción de quién compone el demos que tiene derecho a autogobernarse (la población del actual Estado español, para unos, y la de la actual comunidad autónoma de Cataluña, para otros).

Aunque existe un debate sobre qué llego primero, si el huevo o la gallina, lo más probable es que nacionalismo cívico y polarización se refuercen mutuamente. Lo importante es remarcar que muchos de los eventos sucedidos durante el procés, y que hace unos años nos habrían parecido impensables (juicios, referendos ilegales, conflictos en la calle, aplicación del 15, etc.) seguramente no habrían sido posibles si no hubiesen estado justificados en el lenguaje del nacionalismo cívico. No pretendo argumentar que todos los actores tengan el mismo grado de culpa, sino analizar un cambio en el suelo común de todos los participantes que ayuda a explicar por qué nos hemos embarcado todos en este delirante episodio nacional.

En el fondo, la explicación de los conflictos y de la polarización no reside tanto en cómo definimos al grupo ni en qué importancia le damos, sino en qué consecuencias e implicaciones conlleva esta identificación. Un alto grado de identificación con un grupo definido étnicamente que no implica una movilización puede ser mucho más inocuo que la pertenencia a un grupo definido por criterios cívicos que llama a una movilización constante y desencadena un conflicto. El caso catalán demuestra que el nacionalismo de corte más cívico no debiera ser necesariamente motivo de celebración. Debido a las terribles experiencias de conflictos étnicos del siglo XX, hoy en día somos generalmente reticentes a dejarnos llevar por este tipo de nacionalismo. Sin embargo, parece que todavía somos muy susceptibles a los ‘cantos de sirena’ del nacionalismo cívico.

Autoría

3 Comentarios

  1. Rafael Durán
    Rafael Durán 10-18-2019

    La dictadura franquista dijo de sí misma que era una democracia «orgánica». Y los regímenes totalitarios de tipo soviético se definieron como democracias «populares». Quizás tampoco la autodefinición de determinados actores nacionalistas como cívicos responda a la concepción cívica de la nación. Quizás no estemos ante «los ‘cantos de sirena’ del nacionalismo cívico», sino ante los ‘cantos de sirena’ de quienes hacen creer que son adalides del civismo. Cabe preguntarse si, en lugar de constatar los peligros del civismo, no estamos ante una estrategia discursiva de magnificación del autoritarismo y primordialismo del contrario a la par que de ocultamiento (consciente o no) de una esencia propia similar. Cabría añadir que, así como pueden distinguirse conceptualmente el ‘demos’ y el ‘ethnos’, es fácil encontrárselos yuxtapuestos en la materialidad de los procesos políticos. La ‘caza de brujas’, por lo demás, es un buen ejemplo de etnificación del contrario, de la misma manera que en la España de la Cruzada nacional-católica los antiespañoles eran los ‘rojos’; nada que ver con la genética.

  2. Daniel Pacharan
    Daniel Pacharan 10-21-2019

    Es una distinción discutible, un nacionalismo puede presentarse formalmente de un modo y esconder en la practica unas motivaciones poco confesables. Y puede existir una población que distinga perfectamente entre su identidad y su estado. Tengo amigos suizos que no tienen ningún inconveniente en definirse como alemanes, a la vez que defienden sin dudar su ciudadania Suiza. Supongo que la clave está en que no tienen ninguna duda de que su pertenencia a Suiza en mejor que formar parte de un estado aleman etnicamente homogéneo, y no parecen nada preocupados por los grupos minoritarios que hablan francés o italiano, o por votar en referendos cada pocos meses. Yo personalmente estoy a favor de que Cataluña pase a ser un cantón suizo, renunciando con ello a cualquier planteamiento autonomista, federalista o independentista.

  3. Anabel García
    Anabel García 10-21-2019

    Estupendo análisis.

Dejar un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.