Por qué tampoco funciona lo que hay a la izquierda de la socialdemocracia

Es ya muy abundante, e incluso algo tópica, la literatura sobre la crisis (¿irreversible?) de la socialdemocracia europea, pero está mucho menos analizado el fenómeno del actual estancamiento de las formaciones situadas a su izquierda que, en teoría, podrían capitalizar el agotamiento de la primera. Es cierto que el panorama no es homogéneo, puesto que algunos partidos de la izquierda post-comunista sí tienen influencia política (el Bloco de Esquerda portugués, el Vänsterpartiet sueco, incluso Podemos en España, pese a su actual crisis interna); pero, en general, no han sido capaces de recoger masivamente el descontento y la decepción que los socialdemócratas han generado.

En este sentido, lo más llamativo es constatar que el voto de protesta está siendo liderado con mucha más fuerza por la extrema derecha, con raras excepciones. Una de ellas, dentro del campo progresista, parece estar representada por los Verdes, en particular los alemanes de Bündnis90/ Die Grünen, que podrían incluso sobrepasar al SPD, aunque todavía es prematuro aventurar si desplazarán a socialdemócratas y post-comunistas.

El objeto de este análisis es el de centrar el interés en los límites de la izquierda radical, más o menos entroncada con las tradiciones obreristas europeas. De un lado, se constata el carácter residual del viejo comunismo ortodoxo que, con todo, mantiene una sorprendente presencia (bien que limitada) en Portugal (PCP), Grecia (KKE) y Chequia (KSČM); y de otro, el contraste territorial europeo, puesto que en los Peco (Países de Europa Central y Oriental), con la excepción checa señalada, el comunismo partidista estricto es una opción del todo irrelevante (y tampoco la nueva izquierda ha solido ser muy exitosa en el área).

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En Europa occidental, la gran mayoría de los partidos de la izquierda radical pueden ser calificados como opposition  parties (salvo el griego Syriza), aunque es cierto que algunos de ellos sí han contribuido a la gobernabilidad de los socialdemócratas y sus aliados, sobre todo con apoyos parlamentarios externos (en su día, el Front  de Gauche francés o Sinistra, Ecologia e Libertà en Italia, por ejemplo), siendo mucho más frecuentes los acuerdos regionales y locales. A este respecto, es muy completo el análisis  de Luke March, Radical Left Parties in Europe’, Routledge).

Aunque la nueva izquierda tiene potencialmente algunos elementos de fuerza para crecer (la crítica a las duras políticas neoliberales y de austeridad ortodoxa impuestas por la Troika), no han sido suficientes para darle un empuje que le permita liderar el descontento causado por la decepción ante los magros resultados de los gobiernos socialdemócratas. Quizás la paradoja es que la actual izquierda post-comunista defiende un programa muy similar al de la socialdemocracia keynesiana de los años 50, basado en un fuerte sector público, regulaciones estrictas del mercado, altos impuestos a las grandes fortunas y amplia cobertura social. En este sentido, es de interés el libro Les  partis  de la gauche  anticapitaliste en Europecoordinado por Jean-Michel de Waele y Daniel-Louis Seiler (Economica).

El problema (que afecta, asimismo, de lleno a la socialdemocracia) es que los profundos cambios en las estructuras productivas (el viejo modelo industrial fordista ya es historia) y en las divisorias de las clases sociales (con fuerte reducción de la antigua clase obrera fabril) hacen que ya no sea posible hacer política obrerista como hace 40 años; de ahí que recetas clásicas e incluso simbologías del pasado hoy ya no funcionen.

Más en particular, la izquierda radical, al criticar la globalización capitalista (que, sin duda, ha agravado las desigualdades) ha desembocado en cierto proteccionismo, una propuesta hoy impulsada por la mayoría de la extrema derecha. Es un clásico la crítica frontal al imperialismo de los Estados Unidos, pero es incomprensible el habitual silencio de la izquierda radical ante un Gobierno tan reaccionario como el de Vladímir Putin en Rusia o tan autoritario como el de Xi Jinping en China. Los partidos de este espectro se oponen, por ejemplo, a las sanciones contra Rusia por su incalificable agresión a Ucrania.   

Ante el evidente agotamiento de las referencias ideológicas obreristas, la izquierda radical ha intentado abrazar otras: sumarse con entusiasmo a los nuevos movimientos sociales (feminismo, ecologismo, LGTBI, minorías étnicas), aunque éstos no se han dejado colonizar políticamente.

La otra vía para potenciarse ha sido la de recurrir a ciertas formas de populismo supuestamente progresista. Esta opción tiene pros y contras: de entrada, puede resultar atractiva porque parece sumar más allá de las viejas divisorias ideológicas, pero su vaguedad y oportunismo (representar a la “gente decente”, como dice Juan Carlos Monedero, o a las “multitudes”, como señala Toni Negri) no aclara nada de sus proyecto. Peor todavía, en el caso de que tal referente se inspire en algunas experiencias latinoamericanas (es el caso de Podemos) su habitual silencio hasta hace muy poco ante el despotismo y las desigualdades de los gobiernos bolivarianos no invita a la fiabilidad de tal opción política.

En suma, la izquierda radical tiene que hacer frente a diversos dilemas para los que no ofrece siempre una respuesta clara. El dilema organizativo plantea la disyuntiva de ser un partido clásico (todo lo modernizado que se quiera) o un movimiento asambleario: las pulsiones leninistas verticalistas afloran constantemente, a la vez que la mítica democracia directa y de base a través de las redes no deja de ser una apariencia.

El dilema ideológico tiene que ver con la propia autodefinición: de un lado, el término revolución prácticamente ha desaparecido de la jerga política europea, de ahí que haya sido sustituido por eufemismos como antisistema o radical. Este último término no goza de muy buena prensa porque ha acabado asumiendo connotaciones descalificadoras; de ahí la preferencia en este espacio por expresiones como izquierda transformadora frente a la socialdemocracia gestora. No deja de ser, sin embargo, llamativo constatar que Syriza (acrónimo que literalmente significa Coalición de Izquierda Radical) haya gestionado (y no transformado) la economía griega de acuerdo con los dictados de Bruselas y que lo haya hecho con notoria moderación no radical.

El dilema estratégico tiene que ver con la cuestión de si aliarse o no con la socialdemocracia: si se pacta con ella, se corre el riesgo de ir a remolque del reformismo, pero si se le hace una oposición frontal se le puede hacer entonces el juego a la derecha. El sueño del sorpasso sólo se materializó en Grecia, con resultados muy decepcionantes desde el punto de vista radical.

El último dilema tiene que ver con la Unión Europea, porque hay división interna dentro de este espacio entre los que la asumen para cambiarla (los euro-críticos) y los que la consideran irreformable e inservible (los euro-escépticos).

Por último, procede mencionar a algunos partidos concretos de este espacio para mostrar sus límites como alternativa a la socialdemocracia. En Alemania, Die  Linke no sabe muy bien qué tipo de oposición hacer porque, tras haber dejado atrás la nostalgia de la RDA (y no ha sido fácil), sigue sin aparecer como socio de gobierno confiable a nivel federal. Sus ambigüedades y crónicas divisiones internas han favorecido que el voto de protesta en Alemania lo hayan capitalizado mucho más los ultras de AfD. Es cierto que en Francia, France Insoumise ha obtenido resultados mucho mejores (11.0%) que los de un PS agonizante (7.4%), pero el hecho de que el PCF esté prefiriendo cada vez más buscar alianzas locales con los socialistas y no con Jean-Luc Mélenchon refleja que su política tampoco es muy atractiva: de nuevo, la protesta la capitaliza Marine Le Pen y no la izquierda alternativa.

El desastre de las izquierdas italianas es el más sorprendente de Europa, puesto que han dilapidado una potente historia: el Partito Democratico, como opción reformista del centro-izquierda, ha fracasado y todo lo que hay a su izquierda ha obtenido resultados irrelevantes: la coalición Liberi e Uguali  obtuvo un 3.3%. En Grecia, Syriza está en horas bajas (las encuestas le sitúan como segunda fuerza tras los conservadores) y haber normalizado a una parte de la extrema derecha (Anel, que fue socio de Gobierno) no está precisamente entre sus logros más progresistas.

Por último, la crisis de Podemos no cesa de agravarse: tras el retroceso de 2016 en relación al año anterior, los resultados de las elecciones andaluzas de 2018 confirman el estancamiento a la baja, y las divisiones como consecuencia de su crisis madrileña pueden pasarle factura en las convocatorias de mayo de 2019. Podemos está atrapado en varias contradicciones: no es posible armonizar el modelo del  partido tradicional e institucional con el asamblearismo y las redes, es cada vez más difícil mantener la unidad confederal con las confluencias territoriales, hay que optar por ser o la izquierda del PSOE o un movimiento populista post-ideológico (¿a la sombra de Beppe  Grillo?) y es insostenible a largo plazo intentar simultanear el patriotismo español y la autodeterminación de las nacionalidades. Mientras no se definan mejor las opciones en todas estas cuestiones, Podemos no dejará de perder consensos y, como opción de protesta, corre el riesgo de que muchos de sus electores acaben buscando otras opciones.

Por tanto, del panorama europeo descrito se desprende que, con las debidas excepciones y matizaciones, las izquierdas radicales están tan desconcertadas y sin respuestas efectivas como la vieja socialdemocracia en la actual coyuntura crítica, tan compleja.

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1 Comentario

  1. Luis Moreno
    Luis Moreno 02-06-2019

    Estupenda disección…

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