Por un acuerdo climático Europa-China

Un reciente informe de las Naciones Unidas ha vuelto a alertar sobre la crisis climática en la que ya nos hemos adentrado. El período 2016-2020 va a ser el más cálido desde que existen registros, con un incremento medio de la temperatura de la atmósfera de 1,10C sobre el período de referencia 1850-1900. Las emisiones de CO2 del año 2019 alcanzaron un nuevo récord, con 36.700 millones de toneladas, un 62% superior a las del año de referencia, 1990. La contención coyuntural en las emisiones como consecuencia de la pandemia de la Covid-19 apenas va a tener incidencia alguna sobre la concentración de estos gases en la atmósfera. Estando el diagnóstico claro, toca enfocarse en las soluciones de esta amenaza existencial.

La Unión Europea busca que los ingentes recursos económicos movilizados para la recuperación post-Covid se encuentren alineados con el Acuerdo Verde Europeo, lo que significa una apuesta importante por la eficiencia y las energías renovables. Concretamente, que sean coherentes con los objetivos europeos de ‘descarbonización’ para 2030 que, previsiblemente, se situarán en la horquilla de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero del 50%-55% sobre 1990, en lugar del 40% actual. Todo ello, con el objetivo estratégico a largo plazo de alcanzar la neutralidad climática continental en 2050.

Dado que la crisis climática precisa una respuesta global, se requiere que, además de la UE, otras grandes economías potencien su ambición. En ese sentido, un acuerdo entre Europa y China se presenta hoy día como la pieza clave para lograr que la cumbre (COP26) que tendrá lugar en Glasgow en noviembre de 2021 sea un éxito; es decir, que las propuestas de mitigación que presenten allí los diferentes países permitan reducir para 2030 la trayectoria de las emisiones en, al menos, un 25% del total de las actuales.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

En los últimos 30 años se ha generado aproximadamente el 56% del CO2 (procedente de la energía y el cemento) emitido desde mediados del siglo XVIII (datos de Our World in Data). Eso significa que, en gran medida, la crisis climática ha sido provocada por las emisiones generadas con posterioridad a la creación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y al establecimiento, y aprobación, de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, piedra angular del sistema climático internacional. En estos 30 años, la responsabilidad de China en dichas emisiones queda reflejada en los siguientes tres elementos:

1.- En ese tiempo (1990-2019), la proporción de las emisiones de CO2 procedentes de dicho país ha sido la más elevada entre los grandes emisores y, además, ha aumentado con el paso del tiempo. Si se consideran las tres décadas, China ha generado el 21,5% del total; si se analizan las dos últimas (2000-2019), el 24,9%, y si se tienen en cuenta sólo los 10 últimos años (2010-2019), la proporción ha sido el 30%.

2.- En la actualidad, las emisiones per cápita más elevadas (entre los grandes emisores) corresponden a Estados Unidos, seguidas de Rusia. Las de China son, desde 2013, superiores a las de la Unión Europea. Las emisiones de CO2 per cápita de la UE se sitúan hoy día en 7 toneladas/ persona/año y las del país asiático, en 7,5. Previsiblemente, China pronto sobrepasará a Japón.

3.- Las emisiones globales de gases de efecto invernadero en 2018 (último año disponible) fueron de 55.300 millones de toneladas de CO2 equivalente (55,3 GtCO2eq.) Según los informes de las Naciones Unidas, China fue responsable del 25% del total; Estados Unidos, del 12,5%; la Unión Europea, del 7,9%, seguida de India (7,1%), Rusia (4,3%) y Japón (2,9%).

De acuerdo con la ciencia del clima, es preciso reducir las emisiones globales desde las 55,3 gigatoneladas de CO2 equivalente emitidas en 2018 a 40 GtCO2eq en 2030, a fin de que la trayectoria sea compatible con el objetivo de mantener un incremento de la temperatura media de la atmósfera inferior a los dos grados centígrados (y a 25 GtCO2eq para permanecer por debajo del incremento de 1,5 grados). Sin un compromiso significativo por parte de China, no será posible lograrlo.

En ese sentido, la trayectoria del país asiático en años recientes ha sido ambigua. Desde 2010 hasta mediados de 2019, invirtió 758.000 millones de dólares, el 29% del total mundial. Al mismo tiempo, en los tres últimos años –(2017, 2018 y 2019), sus emisiones han aumentado como consecuencia de que el carbón sigue siendo el pilar central de su modelo energético. China tiene en este momento en desarrollo un total de 249.600 MW de centrales térmicas de carbón (97.800 en construcción y 151.800 MW en planificación), una cantidad superior a la flota de Estados Unidos (246.200 MW) y de India (229.000 MW).

En ese contexto, tras la recesión provocada por la pandemia, oficiales chinos y laboratorios de ideas están proponiendo una narrativa sobre la recuperación económica en la que, aceptando que se haga con criterios verdes, se sugiere evitar compromisos concretos de mitigación de emisiones en el horizonte de 2030, así como comprometerse de manera explícita con la neutralidad climática en un horizonte temporal razonable. En otras palabras, de cara a la decisiva cumbre COP26, China está sondeando la posibilidad de diluir la formulación de compromisos vinculantes más ambiciosos para 2030, sin que parezca que se desentiende de la respuesta a la emergencia climática.

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Es posible que el Partido Demócrata venza en las elecciones presidenciales de noviembre de 2020 y desactive la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París. Sería, sin duda, el escenario más favorable. Ahora bien, es preciso prepararse para lo peor: un segundo mandato de Donald Trump y la culminación de dicha retirada. En todo caso, la Unión Europea ha de mantener la iniciativa estratégica en este asunto crucial, por lo que ha de forjar, con la importante contribución del Reino Unido como país que preside la COP26 y con una trayectoria notable en sus políticas climáticas, un acuerdo climático ambicioso con China. Con ese objetivo en mente, habría de presentar al país asiático una propuesta comprehensiva de interés estratégico que incluya la firma del Acuerdo Integral sobre Inversiones (Comprehensive Agreement on Investment) que se viene madurando desde 2013, una Nueva Agenda de Cooperación UE-China que sustituya a la actualmente existente (2013) y la defensa conjunta del régimen multilateral de comercio y del papel de la OMC.

Además, y con la perspectiva de un éxito conjunto de la COP26 y la CBD15 (sobre biodiversidad) que tendrá lugar en China en 2021, la Unión Europea habría de apoyar el alineamiento de la agenda climática con la de la biodiversidad bajo un marco conceptual común que podría denominarse hacia una transición ecológica global o hacia una civilización ecológica global. No se trata tanto de fusionar ambas agendas, sino de integrarlas bajo un marco conceptual común, haciendo que avancen en paralelo, reforzándose mutuamente.

En el marco de un acuerdo comprehensivo de esa naturaleza, la UE-27 habría de solicitar a China como condición sine qua non un aumento de su ambición climática en el horizonte 2030, comprometido ante las Naciones Unidas en su Contribución Nacionalmente Determinada, cuyas líneas maestras tendrían que basarse en los siguientes o parecidos términos:

  • Situar el pico de sus emisiones brutas totales en 2019-2020, aprovechando la contención de facto que ha tenido lugar como consecuencia de la pandemia e implementando una recuperación económica post-Covid alejada del carbón.
  • Presentar en 2020-2021 a Naciones Unidas la estrategia a largo plazo hacia la neutralidad climática de China en el horizonte 2060.
  • Reducir un 20% las emisiones brutas totales de gases de efecto invernadero en 2030 respecto a las del año 2018. Es decir, disminuir en aproximadamente 3GTCO2eq las 13,7 GtCO2eq emitidas en ese año. El nivel de esfuerzo sería proporcionalmente menor que el de la UE-27 (35%), pero significativo dadas las circunstancias específicas de China.

El desafío climático de la Unión Europea no es sólo hacer bien las cosas en el interior, sino lograr que otras grandes economías progresen de forma sustantiva en su descarbonización. En ese sentido, la experiencia de los últimos 30 años es una dura lección ya que, a pesar de los esfuerzos de la UE, las emisiones globales han aumentado de manera extraordinaria, provocando el estado actual de emergencia climática.

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