PP, la política como tertulia

Desde la campaña andaluza, diferentes análisis han insistido repetidamente en cómo el discurso asumido por el líder del PP se ha investido de radicalidad, alimentando una competición con la ultraderecha y fomentando la división. Una división que se plasma de modo directo mediante los ataques a Sánchez y al PSOE, y de un modo indirecto rivalizando con Ciudadanos y, sobre todo, con Vox.

En esta doble confrontación emergen varios rasgos discursivos: una retórica desinhibida que descalifica como «corrección política» la simple corrección, una expresividad negativa, cierta logorrea histriónica, el gusto por resucitar temas que no preocupaban a la mayoría sociológica y, sobre todo, el recurso a la dinámica mentira/desmentido.

La adopción de una retórica desinhibida sigue la estela de los populismos y se manifiesta especialmente recurriendo a la violencia verbal. El discurso prescinde del trazo fino y se adopta el lenguaje voxista, tan querido por ciertos columnistas de opinión, por ejemplo en los arcaísmos (felón) o la burla (okupa). Estas actitudes desafían el discurso progresista representado por los movimientos de corrección política, y lo reducen a una versión caricaturizada que, en el fondo, pone en cuestión la existencia misma del sexismo, el racismo o la discriminación. Para este cuestionamiento, las estrategias lingüísticas de atenuación, de equilibrio o decoro se sustituyen por estrategias de intensificación valorativa, con disfemismos que llevan al discurso una enorme carga negativa: filoetarra, batasuno, separatista, manos manchadas de sangre, asesinos, golpistas son el tipo de términos que jalonan el mensaje, configurando un estado de ánimo proclive a (¡qué cosas!) la indignación. Este recurso no sólo sirve para activar un tono colérico y crispado, sino que permite que la estructura del discurso político se convierta en un listado de acusaciones, con una estructura textual enumerativa, de yuxtaposición lineal, que no deja espacio para la complejidad argumentativa o la reflexión.

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La competición por los votos más radicales de la derecha explica también el gusto por resucitar cuestiones que fueron temas estrella en campañas del pasado, como el terrorismo etarra o el aborto. No sólo no parece haber miedo a reabrir heridas, sino que Casado va más allá e invita directamente a los votantes a actualizar los peores días de ETA e imaginarse asesinados; no hay tabús. En temas como el aborto, Casado se suma a la ola antifeminista del populismo de derechas, defendiendo retrocesos legislativos y pontificando sobre la ignorancia/inconsciencia de una mujer que aborta. También parece emular al nacional-populismo en la masculinización vehemente del discurso; así, se ha roto la apariencia polifónica del PP anterior que, sin renunciar a una estructura claramente vertical, daba voz a muchas mujeres del partido: Aguirre, Barberá, Villalobos, Cospedal, Sáez de Santamaría… han sido reemplazadas por una sola voz de mujer, algunas de cuyas intervenciones en el debate televisado podrían analizarse en clave de mansplaining anti-feminista.

Por último, la máxima desinhibición la encontramos en el uso indiscriminado de las mentiras, que convierten el discurso en una duda permanente. En este sentido, el discurso del PP representa de modo emblemático la ruptura de los pactos de veracidad que caracterizaban el discurso público según los cuales se asumía que, en general, ciertos emisores (medios de comunicación, representantes políticos, científicos, tribunales) siempre decían la verdad. Por el contrario, el discurso público actual parece dejar atrás esas convenciones e instaurar un relativismo casi absoluto que no duda en cuestionar las verdades de la ciencia, la justicia, y también la política. La progresiva equiparación entre información (susceptible de valor veritativo) y opinión (subjetiva, dependiente de las creencias) ha llevado la esfera pública a un estado que ya no parece líquido, sino gaseoso; todas las fotos salen movidas.

Pero los infundios manejados en campaña no nacen de la ignorancia, ni siquiera de la opinión; por el contrario, asistimos a mentiras conscientes, intencionadas, que se difunden en los mítines o entrevistas con la misma tranquilidad que se cuela una falsa noticia en un grupo de WhatsApp o en una tertulia televisada. Son afirmaciones (muchas de ellas propuestas como presuposiciones no explícitas y emitidas con prosodia de bravuconada), que no tienen que ver con la verdad, sino con activar en sus votantes un imaginario maniqueo; por ejemplo, oponiendo «los creyentes» a «las izquierdas». Y en ese imaginario, los desmentidos sólo consiguen amplificar las mentiras.

El análisis global de todas estas estrategias permite concluir que el discurso del PP en esta campaña transgrede todas las leyes discursivas que, según Paul H. Grice, derivan del Principio de Cooperación que rige la comunicación eficaz: no se da información suficiente (máxima de la cantidad), se falta a la verdad o se la tergiversa (calidad), se eluden los temas políticamente relevantes (pertinencia) y se utiliza un lenguaje que favorece los equívocos y los conflictos comunicativos (manera). Es, en suma, un discurso básicamente monológico, no cooperativo, que encaja en la descripción del discurso del tertuliano típico propuesta por Rafael R. Tranche en su reciente ‘La máscara sobre la realidad’: “De la palabra al énfasis, de la idea al exabrupto, de la escucha a la interrupción, de la reflexión a la vehemencia, del intercambio a la confrontación”.

Se diría, del discurso político al discurso del tertuliano.

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