Privacidad encriptada

Nuestra sociedad, en progresión hacia la robotización, se sorprende por lo que se considera una irremediable sumisión de nuestra privacidad. Prolifera por doquier, sea en medios con una contrastada credibilidad divulgativa o en redes sociales sensacionalistas, la idea de que, con dicho proceso, en nuestras democracias robotizadas habrá que rendir pleitesía y entregar nuestra intimidad a los nuevos señores feudales tecnológicos (SeFTec como Google, Facebook, Microsoft, Amazon, Apple y Twitter). Nótese que todos ellos tienen tienen su matriz capitalista y sus sedes mercantiles en Estados Unidos.

Se proclama a los cuatro vientos que si queremos que tales señores cibernéticos nos hagan la vida fácil con sus motores de búsqueda de patrones y sus funciones de inteligencia artificial (como podría ser conducir autónomamente un coche eléctrico o monitorizar nuestra salud de tal modo que una pandemia como la del Covid-19 se hubiera podido frenar en una fase temprana) debemos ceder nuestros datos personales.

Tal y como argumentamos en un análisis anterior, el proceso robotizador ha coadyuvado a la implementación en España de un tipo de renta básica en forma de ingreso mínimo. Y podría optimizarse aún más con la cabal digitalización de su provisión a los ciudadanos beneficiarios, lo que evitaría la picaresca de la sopa boba tan aludida por sus críticos como un efecto pernicioso e indeseado del Ingreso Mínimo Vital. La prestigiosa Nature, la revista con el factor de impacto científico más alto, se ha hecho eco recientemente de este hito de política pública en España en un extenso artículo en inglés. Los lectores sin conocimientos suficientes de la lengua de Shakespeare no deben preocuparse. El traductor de Google permite la traducción de documentos en línea, algo factible merced a los avances de la robotización y, en particular, de la inteligencia artificial. Hace 10 años, esta posibilidad no existía.

Naturalmente, los motores de inteligencia artificial necesitan de nuestros datos para poder ser eficaces y eficientes. Considérese que tales datos pueden ser totalmente anónimos. En los últimos meses han aparecido anuncios en las calles de nuestras urbes sobre el navegador DuckDuckGo, el cual trabaja anonimizando los datos del usuario y no explotándolos para anuncios, como hace Google. Como ya nos advirtió el whistleblower (soplón) Edward Snowden, los gobiernos, en contubernio con los grandes señores feudales tecnológicos, se apropiaron subrepticiamente de nuestra privacidad. ¿Resultado?: lo saben todo sobre nosotros. Pero ello no debiera ser fatalmente así. La misma tecnología de computación podría permitirnos conservar nuestra privacidad al tiempo que la robotización prosigue su curso en nuestras democracias para poder liberarnos del trabajo rutinario e inefectivo.

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Los SeFTec usan algoritmos para ejecutar sus tareas; por ejemplo, búsquedas en internet. El más conocido sistema de búsqueda de Google es el denominado PageRank, basado en el trabajo original del economista Wassily Leontief, premio Nobel en 1941. En realidad, la idea se hizo operativa por el algoritmo desarrollado por el matemático italiano Massimo Marchiori. Otro matemático italiano, Silvio Micali, está liderando las bases teóricas de la ciencia de la criptografía y de los nuevos métodos para el control eficaz de las pruebas matemáticas en la teoría de la complejidad computacional. El objetivo es preservar nuestra privacidad en una sociedad robotizada. La tecnología clave es la llamada blockchain.

El ‘blockchain’ (‘cadena de bloques’) consiste en la distribución de la información en la nube a través de bloques (‘blocks’) que luego son encadenados (‘chain’) para su uso posterior. Cada bloque está encriptado de tal manera que sólo los propietarios pueden descifrar la información cuando ésta se requiere para hacer, por ejemplo, una transacción económica. El hecho de que los bloques estén distribuidos en toda la nube hace imposible intervenirlos o retirarlos simplemente apagando un servidor. Los bloques viven en la nube.

Además de para transacciones económicas, el blockchain se puede utilizar para muchos otros fines. Por ejemplo, publicar un libro o un manifiesto que ningún Gobierno puede retirar de la circulación para evitar su difusión. De hacerlo, tendría que apagar previa y completamente toda la red mundial. El blockchain presenta, por lo tanto, un problema ético fundamental, pero también una posibilidad: el de monitorizar una tecnología que podría permitir llevar a cabo actividades ilícitas sin (virtualmente) ninguna posibilidad de control. Esto sucede en cierto modo en la red Thor, que es un sistema parecido al blockchain donde la información está distribuida en toda la red (‘peer-to-peer’) y se usa, entre otras cosas, para la mercantilización de drogas ilegales, armas, prostitución e incluso para el tráfico de órganos (por ejemplo, encontrar donantes/vendedores de órganos vitales). Para algunos visionarios del sueño libertario norteamericano del clásico anarquismo europeo, la tecnología ‘blockchain’ permitiría la vida en una sociedad sin gobiernos y en donde sólo la autorregulación, o más probablemente la ley del más fuerte, regirían los destinos de los humanos e inhumanos.

La clave para conservar la blockchain en el dominio de lo privado recae en la criptografía; es decir, en mantener los datos encriptados de tal manera que se usen aquéllas partes útiles de esos datos sin desvelar todas nuestras características personales, o simplemente aquellos datos que no queramos revelar. La importancia crucial de la criptografía es algo que el soplón Snowden describe en su libro ‘Vigilancia permanente’ como algo crucial para poder preservar la privacidad. Conviene explorar, aún en escorzo, el aspecto técnico de la encriptación.

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La cadena de bloques es simplemente un sistema para registrar transacciones de una manera perpetua, pública y descentralizada, sus tres características determinantes. La analogía más usada para describir una blockchain es la de un pueblo. En este pueblo imaginario no existe dinero, pero los habitantes intercambian materiales o bienes. Cada trueque queda registrado en un ladrillo que se deposita en la plaza central del pueblo con cemento para ir, poco a poco, construyendo un muro. Teresa le cambia a Iris sus tres panes por una bicicleta. Esto lo escriben en un ladrillo y lo pegan con cemento al muro en la plaza del pueblo. Ahora todo el mundo sabe que Teresa ya no tiene sus tres panes, así que no los puede revender otra vez. La siguiente transacción entre otros habitantes se notificará en otro ladrillo y se unirá con cemento a la anterior. Y así sucesivamente. Una blockchain funciona de igual manera, pero en nuestra época digital usamos los computadores, la electricidad y la criptografía que conforman nuestro mundo virtual.

El muro es lo que se llama el registro, es decir, todas las transacciones que se hacen y se van agregando. Una vez añadida una, no se puede cambiar nunca (está pegada con cemento). Para poder añadir una transacción hay que resolver un problema de criptografía, que es la clave para preservar la privacidad. Normalmente, se trata de encontrar los factores de un número que, a su vez, es el producto de dos números primos. Sólo pueden ver las transacciones en los ladrillos quienes tienen la clave del muro para poder añadir más ladrillos. Es como hacer un rompecabezas, pero viendo solamente las piezas a la inversa, sin saber qué hay en cada imagen individual. Sólo aquel que tiene la clave puede desvelar la imagen del puzle. Y así es como se puede preservar la privacidad.

Se pueden estudiar muchas características del puzle como el número de piezas, su extensión, su forma. Pero sólo se sabrá la imagen que representa usando las claves encriptadas, a disposición exclusivamente de los usuarios. Los ejemplos potencialmente beneficiosos para nuestras sociedades son múltiples. Las cadenas de datos son muy conocidas en la utilización del dinero virtual (bitcoin y similares). Facebook sigue todavía interesado en lanzar su propia moneda virtual (Libra), la cual facilitaría la independencia del SeFTec de los gobiernos y los organismos internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Además, haría de los ciudadanos de los tradicionales Estados-nación súbditos dependientes; es decir, nuevos siervos de la gleba del gran señor feudal tecnológico. Indudablemente, habría que regular un proceso con tales externalidades negativas.

Pero hay otros usos más interesantes y claramente positivos respecto a las cadenas de bloques. En el mundo de la enseñanza virtual al que nos ha conducido la crisis de la Covid-19, el blockchain puede desempeñar un papel muy útil para asegurar la privacidad de las transacciones entre profesor y alumno. O puede servir para distribuir libros en una comunidad de compradores y lectores, así como registrar datos administrativos de los ciudadanos. Todo ello puede garantizar que el propietario de los datos es el que tiene el control sobre ellos, y no alguien o alguna entidad a la que confiamos (a menudo inocentemente) nuestros datos.

Hay un ejemplo muy ilustrativo de lo peligroso que sería confiar nuestros datos a entidades que creemos éticas, o con códigos deontológicos legítimos. Imagine el lector una región hipotética en la Unión Europea que decide organizar un referéndum, en contra de la legalidad vigente. Para llevar a cabo la consulta popular necesita del censo electoral, pero éste está guardado por los ayuntamientos, que sólo pueden usarlo para casos estrictamente regulados por la Ley. Pues bien, la región podría hacer un uso y abuso de la información de los censados sin control de los interesados. Tal violación de los derechos de la privacidad podría haberse evitado si nuestros datos hubiesen estado en la cadena de bloques encriptados con las directrices que sugiere nuestro querido soplón Snowden.

A la hora de escribir estas líneas, el president del Parlament de Catalunya, Roger Torrent, se rasga las vestiduras porque su teléfono móvil ha sido espiado. Mucho más escandaloso fue el caso de espionaje, por parte del Gobierno de Barack Obama, del teléfono móvil (handy-phone) de la canciller alemana Angela Merkel. Espiar a un aliado era algo inesperado e inmoral. ¿Cómo se pueden evitar estas malas prácticas? Como sugiere Snowden, la encriptación de alta potencia es la solución a estos problemas.

Esto significa, en la práctica, que puedan permitirse encriptar datos/cadenas con números que ningún computador pueda descifrar. El problema del hHandy-phone de la canciller Merkel fue que la encriptación era muy débil. Si Merkel hubiese tenido su móvil encriptado con números productos de primos muy grandes, el espionaje habría resultado baldío. Los hackers actuales, principalmente las agencias de espionaje de los gobiernos, no usan la fuerza bruta para romper la encriptación, sino técnicas matemáticas astutas, como la búsqueda de patrones o al azar (random). Pero, en realidad, existen modelos matemáticos de encriptación virtualmente imposibles de descifrar.

Sea como fuere, tanto en el caso de Torrent como de Merkel sería aconsejable que nuestros datos privados no los tenga un ente que puede, un día, usarlos con fines políticos, y que sea cada uno quien desvele las piezas del puzle; amén de regular estrictamente su inaccesibilidad para su uso por criminales o terroristas, pongamos por caso. Algunos países como Canadá, Dubai o Estonia están implementando el blockchain para gestionar los datos que manejan sus gobiernos. La propia Comisión Europea ha galardonado seis iniciativas que utilizan esta tecnología a fin de garantizar el bienestar y apuntalar nuestro Modelo Social Europeo.

Nos gustaría concluir este artículo compartiendo la declaración de la comisaria para la Economía Digital de la Unión Europea, la búlgara Mariya Gabriel: “Blockchain es una gran oportunidad para que Europa y los estados miembros reconsideren sus sistemas de información, promuevan la confianza de los usuarios y la protección de datos personales, ayuden a crear nuevas oportunidades de negocio y establezcan nuevas áreas de liderazgo que beneficien a los ciudadanos, los servicios públicos y las empresas”. Quizá es el momento de que empecemos a preservar nuestra privacidad sensatamente y al ritmo que reclama este cambio de época.

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