Protestas en Serbia: un éxito ciudadano amenazado por la ultraderecha

«La caída del Gobierno ha comenzado». Tocaba a su fin el año 2018 cuando la oposición se unió para vaticinar el fin de la etapa de Aleksandar Vučić al frente de Serbia. Era el pistoletazo de salida a una serie de protestas que, con el paso de las semanas, irían haciéndose multitudinarias y replicándose más allá de Belgrado, a pesar del frío y la nieve.

La noticia de las movilizaciones saltó al plano de la información internacional el pasado domingo, cuando una cadena humana rodeó el edificio de la Presidencia con la intención de no dejar salir a Vučić hasta que escuchara sus peticiones. Pero lo cierto es que éste ha sido sólo el último de los numerosos acontecimientos que se vienen sucediendo bajo el hashtag-eslogan #1od5milliona (1 de 5 millones). El movimiento, que recorre el país desde diciembre, fue bautizado en honor a la reacción inicial del presidente a las marchas, que consistió en decir que no atendería sus demandas ni aunque protestaran cinco millones de personas.

Alentados por la soberbia de Vučić, cada vez fueron más los que se adhirieron. Así, #1od5milliona pasó de clamar contra la violencia política (la primera concentración fue convocada como acto de repulsa al ataque que había sufrido semanas antes el opositor Borko Stefanović) a exigir, también, elecciones libres y justas.

La afluencia a las marchas, estimada en decenas de miles de ciudadanos, recuerda al éxito de las de 1996 y 1997 contra Slobodan Milošević. Como entonces, hoy muchos alzan la voz ante lo que perciben como el autoritarismo creciente del presidente.

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En un ambiente festivo, por las calles de Belgrado y de otras ciudades como Novi Sad, Pančevo, Zaječar o Kruševac se han paseado colectivos con preocupaciones tan heterogéneas como sus banderas, desde rusas hasta la del arcoíris. Muchos ciudadanos anónimos han salido a quejarse de que Serbia se esté convirtiendo en un país en el que las relaciones familiares se desarrollan a través de Skype, en alusión al éxodo de jóvenes que se marchan hastiados por la situación económica, laboral y política. Otros quieren simplemente que pare la degradación de la democracia y la asfixia a la libertad de prensa (tendencias corroboradas por Freedom House, que en su informe de este año alerta de que Serbia ya no puede ser descrita como libre).

Pero también ha habido espacio para los que reclaman mano dura en Kosovo. En esta última categoría destaca la presencia de Dveri, uno de los partidos que integran la abigarrada alianza política que sostiene las manifestaciones ciudadanas.

En un país que en las últimas tres décadas ha sido partícipe de diversas guerras con el nacionalismo por bandera (incluida la de Bosnia, donde las tropas apoyadas por Milošević acabaron cometiendo un genocidio), no es fácil ordenar las diferentes intensidades de la amplia ultraderecha. El propio Vučić creció políticamente a la sombra de Vojislav Šešelj, que ha compaginado estancias en prisión con la jefatura de la oposición. A lo largo de los últimos años, Vučić se ha esforzado por dejar atrás (también) la imagen de ministro de Información con Milošević, que muchos todavía recuerdan. Aunque en septiembre pasado volvió a señalar que lo considera un «gran líder», por lo general se presenta ahora como el reformista capaz de mantener a Serbia en la vía europea.

Dveri, por su parte, se enmarca dentro del nuevo extremismo mainstream que gana puntos hablando mal de la UE o de las personas homosexuales; pero también abogando por reescribir la historia del colaboracionismo con los nazis o propugnando el irredentismo sobre Kosovo y Bosnia. Su líder parece ser el responsable de que las protestas hayan derivado hacia la radicalidad; incluida la entrada por la fuerza en la radiotelevisión pública serbia (RTS), primera ocasión en que se ha registrado violencia policial contra los manifestantes. Sometida a control gubernamental, RTS no emitió nada de lo que estaba pasando en sus propios estudios.

La colisión de los diversos actores del espectro de la ultraderecha es la mayor amenaza que se cierne sobre la energía ciudadana que mantiene vivas las movilizaciones. Los acontecimientos del fin de semana pueden ser entendidos como un pulso entre los sectores más cercanos a Dveri y un Vučić que estudia sus próximos pasos. Así lo quiso escenificar el domingo, cuando se fotografió pretendiendo jugar al ajedrez con su ministro del interior, para mayor exasperación de los manifestantes que le esperaban fuera.

Esta dicotomía podría desdibujar la fuerza de un movimiento cuyo éxito ha residido en aglutinar al grueso de la oposición en torno a un Acuerdo con la Gente, auspiciado por los ciudadanos que han protagonizado un giro de 180 grados en la política nacional. Prueba de ello es que Serbia se encuentra ya ante un horizonte electoral, con Vučić amenazando con convocar elecciones cada vez que se repiten las manifestaciones. De hecho, su precampaña empezó en febrero, cuando anunció que realizaría un tour, al estilo Macron, por todo el país.

Pero la clave de las peticiones ciudadanas no estaba en la celebración de elecciones, sino en la importancia de que éstas sean limpias y democráticas. Por ahora, y aunque subsisten pronunciadas diferencias entre los partidos que participan en #1od5milliona, la mayoría ha dicho que no concurrirá a unos comicios convocados por Vučić. Se insiste, en cambio, en la formación de un Gobierno de transición que conduzca a unas elecciones con plenas garantías.

Convocarlas es la fórmula más aseada que tiene el presidente para perpetuarse en el poder. En las últimas, manchadas por una larga lista de irregularidades, la opción de Vučić obtuvo una super-mayoría similar a la de Orbán en Hungría, lo que le ha permitido de facto ampliar su control sobre los medios de comunicación y los diversos poderes del Estado.

Llamar a las urnas ahora podría servirle para desactivar las protestas y consolidar el poder. Además, no existen indicios que apunten a una respuesta contundente de la UE contra unas elecciones no demasiado limpias, más allá de la obligada crítica en los días posteriores. Todo hace pensar que la Comisión seguiría primando la resolución del asunto de Kosovo, enquistado desde hace más de 10 años, para lo que ve al líder serbio como un actor esencial.

Estos posibles escenarios sitúan al corazón democrático de las protestas ante un callejón sin salida; o más bien, ante dos. Por un lado, la relevancia que va ganando Dveri amenaza no sólo los éxitos de convocatoria registrados en diciembre, enero y febrero, sino también el propio espíritu de las movilizaciones. Por otro, una apresurada cita electoral con victoria más que previsible de Vučić podría poner punto y final a sus reivindicaciones.

Salir del atolladero pasa por expulsar a los radicales de la primera línea del movimiento, otorgando mayor protagonismo a otros líderes políticos y de la sociedad civil; y por garantizar que #1od5milliona continúe, y que lo haga manteniendo su carácter pacífico en todo momento. No obstante, la última palabra podrían seguirla teniendo Vučić y el límite de su paciencia.

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