¿Pueden las ciudades alcanzar la ‘Luna’ de la descontaminación?

La humanidad se enfrenta hoy a retos descomunales. Sabemos que nuestro futuro está seriamente amenazado por el cambio climático y por el deterioro de los ecosistemas que sustentan la vida en el planeta. Y por si esto no fuera poco, al calentamiento del clima se suma el social. Las dinámicas demográficas y los desplazamientos masivos de personas, el aumento de la desigualdad (que se acentúa con el deterioro del ascensor social), así como la debilitación del Estado del Bienestar, contribuyen a esa otra forma de calentamiento que erosiona la convivencia y fragmenta nuestras sociedades.

Ambos procesos, ambiental y social, están íntimamente relacionados. No se puede afrontar la resolución de uno de ellos si no se producen mejoras en el otro. Por ejemplo, el acceso al agua potable, un servicio básico esencial para cualquier ser humano, no puede garantizarse sin un medio ambiente saludable; y sin instituciones sólidas. O el cuidado de los ecosistemas frágiles no puede hacerse sin la implicación activa de las poblaciones que viven de su explotación.

No es extraño que sintamos que estas cuestiones nos sobrepasan; o bien que son demasiado lejanas (en el tiempo y en la distancia) o que no llegamos a comprenderlas adecuadamente. Como consecuencia, se produce una desvinculación generalizada. Sin embargo, ante la evidencia que la Ciencia está aportando sobre la inviabilidad del actual modelo de producción y consumo, observamos un creciente reconocimiento de que estamos en una situación límite, en la que está en verdadero peligro nuestro futuro y el de nuestros hijos.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

¿Es posible escapar de la actual trayectoria que nos acerca al borde del precipicio? La respuesta es sí, pero no con las herramientas y los modelos convencionales. Éstos fueron diseñados para un mundo en el que se suponía que el crecimiento no tenía límites. Ahora resultan inadecuados para interpretar e intervenir en sociedades mucho más complejas, que cambian a un ritmo acelerado.

Cuando, el 25 de mayo de 1961, John. F. Kennedy pidió al Congreso de los Estados Unidos su aprobación para “poner al hombre en la Luna antes de final de la década”, casi nadie pensaba que lograrlo fuera posible. Él mismo dijo: “Elegimos este reto no porque sea fácil, sino porque es difícil; porque servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, y porque es un reto que estamos dispuestos a aceptar, que no estamos dispuestos a posponer”. ¿Tenemos ahora el coraje y el liderazgo para abordar retos de similar envergadura y convertirlos en nuestra misión vital?

Esto es lo que se ha planteado en la Comisión Europea al proponer la transformación de nuestras ciudades para lograr, en un tiempo récord, que las emisiones netas urbanas de gases de efecto invernadero sean nulas, es decir, que lleguen a ser climáticamente neutrales. Concretamente, el propósito (el disparo a la Luna) que está definiendo el grupo de expertos de la misión de ciudades europeas no es fácil, pero sí concreto: convertir 100 de ellas en climáticamente neutrales antes de 2030.

Lograrlo no será posible si confiamos sólo en la acumulación de cambios incrementales. La propia Comisión reconoce que necesita dotarse de un enfoque capaz de modificar sistemas enteros, y para hacerlo resulta imprescindible involucrar al mayor número posible de personas y actores. En otras palabras, se precisa una transformación profunda, exponencial y a gran escala, que tiene que producirse en sólo una década. Eso es precisamente lo que pretende el llamado enfoque de misiones.

Según Kennedy, para conseguir llegar a la Luna era necesario “establecer un objetivo ambicioso y duradero claro, con un plazo urgente y dedicando suficientes recursos para ello”. Ahora, en Europa, estamos marcando el objetivo y el plazo. Nos faltan los recursos y, lo que no es menos difícil, precisamos con urgencia los acuerdos normativos y organizativos para emprender este gran viaje a la sostenibilidad. Necesitamos armonizar el desarrollo de nuevos conocimientos y tecnologías sostenibles con modelos de negocio y de financiación innovadora, con regulaciones más inteligentes, con el desarrollo de capacidades, así como con nuevas fórmulas de participación e implicación ciudadana. En otras palabras, hay que dedicar dinero a la investigación y a la innovación con propósito.

Esto es lo que va a hacer el programa Horizonte Europa, en el que se incardinan las misiones europeas destinando, según las previsiones presupuestarias (aún provisionales) al menos 5.000 millones de euros entre 2021 y 2027 para el lanzamiento de las misiones en cinco áreas: cáncer, alimentación sostenible, océanos limpios, adaptación al cambio climático, y ciudades inteligentes y climáticamente neutras.

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Las misiones pueden y deben declinarse en políticas e instrumentos estatales, regionales y locales, innovando en la legislación y reformando el sistema fiscal para que incentive la descarbonización. Habrá que orientar la financiación pública en esa dirección, incluyendo al Banco Europeo de Inversiones y a los fondos estructurales y de inversión europeos; en particular, los de Desarrollo Regional y de Cohesión.

Además, este impulso desde la esfera pública debiera servir para seducir a la inversión privada. Hay noticias esperanzadoras al respecto, ya que en los últimos tiempos están irrumpiendo con fuerza nuevos fondos e instrumentos de inversión sostenible deseosos de financiar proyectos sólidos, ambiciosos y escalables de descarbonización.

En definitiva, se pretende alinear los mercados y las estrategias empresariales hacia el desarrollo de modelos de negocio que permitan, por ejemplo, acelerar la rehabilitación intensiva de viviendas o la compra de vehículos ecológicos, sin que los ciudadanos tengamos que realizar un desembolso inicial superior al de las tecnologías convencionales. Como nos recuerda la economista Mariana Mazzucato, el crecimiento tiene tasa, pero también tiene dirección. Gracias al enfoque de misiones, la dirección de la innovación y del desarrollo socioeconómico podrá apuntar decididamente hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Entretanto, tenemos que demandar con contundencia y persistencia que se dediquen más recursos económicos, humanos e institucionales a medidas eficaces para la descarbonización y el cambio de modelo productivo. ¿Acaso nuestra relación con la Tierra que habitamos no es también parte de nuestra identidad, tanto como la nacionalidad? ¿No está más que justificado el ejercicio de una presión social efectiva antes de que sea demasiado tarde? Pero, además de presionar, también podemos ejercer nuestro compromiso ciudadano en la toma de decisiones democráticas, participando en la gobernanza de las ciudades, contribuyendo a la innovación social y liderando cambios de comportamiento que son fundamentales para la transformación.

Ninguna organización o persona que trabaje de forma aislada, por muy inteligente que sea, podrá resolver el problema de la insostenibilidad de nuestros actuales modelos de ciudad. Insistiremos una y otra vez en que necesitamos colaboraciones –que podríamos calificar como radicales– entre todo tipo de actores, ya sean administraciones, movimientos ciudadanos, empresas, sindicatos, partidos políticos o asociaciones de barrio, incluyendo a aquellos grupos cuya participación en la esfera de la innovación ha sido hasta ahora infrecuente o improbable. Necesitamos generar espacios seguros y libres donde esos actores puedan encontrarse, entenderse y desarrollar prototipos para avanzar en la descontaminación de las ciudades de forma colectiva y masiva. Espacios de prueba y error, donde asumir riesgos sea lo deseable y donde se celebre la diversidad de pensamiento y de ideas. Las universidades pueden y deben desempeñar un rol central, generando esos espacios y actuando de tejido conector entre los distintos actores urbanos.

En la misión a la Luna hubo un agente articulador, la Nasa, que fue clave para atraer y coordinar los esfuerzos de innovación en múltiples sectores; no sólo en el aeroespacial, también en el textil, en el de la alimentación o en el de los nuevos materiales. Actuó como una plataforma de innovación abierta, tejiendo relaciones e interconectando proyectos. Las misiones europeas hacia la sostenibilidad necesitan hoy plataformas de naturaleza similar, pero con una funcionalidad que la agencia norteamericana jamás se planteó: la de atraer e incorporar a la sociedad en el centro de control y operaciones de la misión.

Ya lo dijo Kennedy al Congreso: “No será un hombre yendo a la Luna, será la nación entera”. Por eso, “porque supone una carga pesada, sólo se puede tomar esta decisión si todos estamos preparados para hacer el trabajo y asumir la carga que lleva conseguir el éxito en la misión”.

Es el momento de que apostemos por abordar los retos descomunales a los que nos enfrentamos. Hagámoslo más sencillo. Empecemos por descarbonizar las ciudades en 10 años. No será fácil, pero es posible; y nos sentiremos orgullosos de haberlo logrado.

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