¿’Putinismo’ para siempre?

Putin no se va, pero Rusia inicia, en apariencia, una nueva fase. Lo que está por ver es hacia dónde se dirige y cómo piensa llegar exactamente. Con su discurso de este miércoles, Putin ha iniciado mucho antes de lo esperado, sorprendiendo a todos, el proceso o la operación para solventar el dilema que plantea 2024. Es decir, el año en el que, de acuerdo con la Constitución vigente, debe abandonar la Presidencia tras dos mandatos consecutivos.

Ayer, por vez primera, el presidente ruso se abrió públicamente a la posibilidad de que se adopten enmiendas constitucionales; si bien la limitación de dos mandatos presidenciales, según dijo, se mantendrá. Así que no parece que pretenda perpetuarse formalmente como presidente, lo que no significa que no aspire a mantener su control férreo sobre la vida política y económica del país. Putin ofreció pistas, pero escasas certidumbres. Todas las opciones permanecen abiertas y, de momento, sólo cabe especular.

La sorpresa es marca personal de Putin. Es un recurso que lleva cultivando años en política doméstica y en su agenda exterior. Le permite marcar, con indudable maestría, los temas de la agenda y reforzar la percepción de que controla los acontecimientos. Hoy todos, dentro y fuera de Rusia, tratan (tratamos) de desentrañar sus palabras y gestos durante el discurso del miércoles para intuir qué viene ahora. También son sello personal del mandatario ruso la incertidumbre y mantener hasta el último momento el máximo de opciones abiertas.

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Sobre el papel (ya veremos en la práctica), se reforzarán los poderes y la autonomía del primer ministro y la Duma; hasta ahora, poco más que una Corte supeditada y siempre dispuesta a aplaudir las iniciativas presidenciales. Dado el teórico refuerzo de la figura del primer ministro, algunos apuntan a un nuevo intercambio de papeles, con Putin como primer ministro y algún presidente de perfil bajo, reeditando el modelo de 2008 con Medvédev. Es una posibilidad, aunque me parece la menos probable por varias razones: Putin, más que un presidente, es ya un zar electo y, en consecuencia, resulta difícil imaginarlo con un rango y preeminencia menores. Además, si de algo le ha servido Medvédev estos últimos años (y previsiblemente su sustituto, Mijaíl Mishustin, en los que vienen) es de pararrayos del malestar por el estancamiento económico y por el deterioro de los horizontes vitales para una creciente generación que, conviene no perder de vista, sólo ha conocido a Putin. Volver al día a día de los asuntos mundanos le podría poner en una posición incómoda y de aparente debilidad. Sin olvidar que, aunque no se sabe con absoluta certeza, Putin parece pasar cada vez más tiempo en Sochi, alejado de Moscú; y que en 2024 habrá superado la barrera de los 70 años.

Putin también anunció ayer, y acaso aquí está la pista a seguir, que se dotará al Consejo de Estado, órgano que preside él mismo, de rango constitucional y poderes. De nuevo, sólo cabe especular, pero reforzar la figura del primer ministro y la Duma significa reducir los poderes del presidente. Así que cabe pensar que Putin aspira a mantener su supervisión y control de la vida política rusa desde este Consejo de Estado reformado.

Los dilemas que afronta Putin en este momento son los de cualquier régimen autoritario, salvo acaso el chino. Precisamente, la decisión de Xi Jiping de perpetuarse potencialmente en el poder en Pekín puede haber resultado inspiradora para su homólogo ruso. En los tiempos que corren, con las democracias de capa caída, las fuentes de legitimidad pueden ser otras. Hasta hace unos años era frecuente que el Kremlin y sus opinadores próximos desdeñarán la posibilidad de reformar la Constitución rusa para permitir la perpetuación de Putin. Eso, decían, era cosa de repúblicas centro-asiáticas (es decir, bananeras) en el discurso político ruso.

Pero los tiempos han cambiado. De hecho, es posible que Kazajstán sea un ejemplo que el presidente ruso tenga en mente y haya seguido con interés. El presidente kazajo, Nursultán Nazarbáyev, anunció igualmente por sorpresa su dimisión como presidente en marzo de 2019. Desde entonces, se mantiene como líder de la nación, con inmunidad legal y actuando como presidente de facto en cumbres internacionales, pero alejado del día a día. Kazajstán tiene formalmente a Kassym-Jomart Tokáyev (el Medvédev de Nazarbáyev) como nuevo presidente, lo que permite generar la ilusión de que ha habido una transición y de que el país dispone de un entramado legal e institucional sólido.

Dmitri Medvédev, por cierto, dimitió como primer ministro, pero ha sido nombrado segundo del (éste sí) poderoso Consejo de Seguridad dirigido por Nikolai Pátrushev. Es poco probable que Medvédev desempeñe un papel en ese Consejo; más bien parece una recámara donde mantenerlo mientras se va perfilando el nuevo panorama. Hay dudas sobre si dimitió como reacción a los anuncios de Putin o si su marcha estaba ya acordada con el presidente ruso. De lo que caben pocas dudas es de que en la cabeza de Putin ya están perfilados varios pasos de esta operación y el resultado deseado. Pero eso no lo sabremos en el corto plazo ni puede darse por descontado.

El régimen ideado por Putin no puede sostenerse si no cuenta con un respaldo tácito del grueso de la población rusa. De ahí el valor pedagógico y legitimador de las elecciones presidenciales periódicas, aunque el resultado sea conocido de antemano, o la relevancia crítica del control de los medios de comunicación.

El Kremlin necesita visibilizar ese respaldo. De ahí también el anuncio de un referéndum para aprobar estas enmiendas constitucionales. A eso se limitará el derecho a decidir de los ciudadanos rusos en este proceso. Sin duda, el presidente tiene los recursos y la fuerza necesaria para llevar a cabo esta operación. En Rusia, el poder empieza y acaba en Putin, pero eso no significa que pueda decidir su futuro a su antojo. Y los temores del Kremlin, en ocasiones próximos a la paranoia, sobre conspiraciones y contubernios foráneos invitan a no dar nada por seguro. En Rusia todo es siempre posible.

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