¿Que buscaba la huelga de mujeres en Suiza?

Suiza es en muchos sentidos un país excepcional. Cuando toda Europa fue a la guerra se mantuvo neutral. No es un régimen presidencial pero tampoco uno parlamentario, sino un sistema consociativo, con un ejecutivo colegiado compuesto por los principales partidos. El presidente rota cada año. Su chocolate es conocido mundialmente, pero el cacao no se planta en ningún lugar del país. Y por ir al punto, las mujeres fueron las últimas en adquirir el derecho a voto en Europa, recién en 1971 aunque en el semicantón de Appenzell Rodas se reguló en 1989 y las mujeres recién pudieron votar allí en la década del noventa. Inaceptable para un país que pretende ser un modelo de democracia. Como en otras partes no fue fácil conseguir el sufragio femenino, aunque aquí el dilema fue particular porque la decisión se tomó en referéndum… y en ese referéndum sólo votaron los varones (abajo la campaña gráfica en contra, en la zona alemana y en la francesa).


Los suizos y suizas no acostumbran salir a la calle a protestar. Claro que eso de “acostumbrarse a protestar” es cuestión de perspectiva. También de distancia con el Estado. Alguien que, por ejemplo, haya vivido en la Argentina de la década del noventa, puede adquirir una idea exagerada de la normalidad de hacer huelgas y marchar. La España de los últimos años también ha sido escenario de protestas frecuentes. Pero en Suiza se protesta menos, quizás por razones culturales, con mayor certeza debido a cuestiones institucionales: quien quiera vetar una ley o promover una reforma constitucional puede salir a juntar firmas y activar un referéndum. No es tan fácil, pero es posible, como muestran las decenas de referendos que ocurren cada año (muchos más si se incluyen los niveles cantonal y municipal). En otros países la falta de estos mecanismos de incidencia directa y vinculante hace que la protesta sea el instrumento más a mano para intentar cambiar el rumbo de las cosas. Pero no todo se resuelve con leyes, ni las leyes siempre se implementan o se implementan con los recursos y marcos adecuados.  La marcha, la huelga, el corte de ruta, el piquete o la ocupación de la plaza se resignifican entonces para visibilizar el rechazo, presionar con una agenda de cambios y/o expresar la bronca. La protesta no sólo se organiza contra algo sino que también empodera al colectivo que la activa, estrecha lazos y genera o fortalece la identificación con una causa.

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El viernes 14 de junio miles de mujeres y varones en toda Suiza salimos a la calle. La fecha fue elegida para rememorar y revivir la gran marcha de 1991, que marcó un hito en las luchas de las mujeres por la igualdad, con medio millón de personas en las calles. La huelga del 91 ocurrió una década después de que la constitución introdujera una cláusula sobre igualdad salarial, que no se cumplía.

Lo dramático en un  país con altos niveles de bienestar es lo lento y lo poco que las cosas han cambiado. Por ejemplo, aunque ha habido avances notables en la representación de mujeres en la asamblea legislativa, a nivel subnacional las autoridades son mayoritariamente masculinas. La educación es gratuita, pero los servicios de cuidado no son públicos y tienen costes muy elevados. Hasta que los niños comienzan la escolarización obligatoria, el sistema incentiva a las madres a quedarse en casa. La desigualdad salarial sigue siendo considerable. La lista es larga.

En el ámbito académico, el que mejor conozco, es notable el retraso que se observa con respecto a otros países de Europa. En América Latina, la Red de Politólogas lleva unos años promoviendo estudios y lineamientos para mejorar la representación y visibilización de la actividad de las mujeres en la disciplina. Cuando observamos el estado de cosas en esta región, donde la disputa por recursos es más acentuada (porque los recursos son mucho más limitados), se observa en general más avances que en Suiza. Aquí, en el área de ciencia política, de doce centros analizados por un estudio preparado recientemente, siete tienen menos del 30% de mujeres profesoras.

En la Universidad de Zurich, aunque las mujeres representan el 58% de estudiantes y el 54% de doctorandos, sólo ocupan el 21% de los puestos de profesorado (como se ve en la gráfica).

La huelga de 1991 enfrentó muchas resistencias. Esta vez la organización fue más fácil. La promovió el congreso de mujeres de la Unión Sindical y contó con apoyo de la Alianza F, la Unión Suiza de Mujeres Católicas, la Mujeres Protestantes en Suiza y de la Unión Suiza de Mujeres Campesinas y Rurales. Pero no estuvo exenta de dificultades y polémicas. Por ejemplo, en algunas universidades los rectores “regalaron el día” a quienes quisieron manifestar pero se descontaba la paga a quienes lo hacían como miembros del sindicato. La estrategia de despolitización es clara y preocupante. También es decepcionante que la Universidad de Zurich haya enviado a todo el personal un mensaje mostrando los datos y celebrando un “slight improvement”. Más allá de esto, las demandas de los feminismos son siempre transversales, por eso muchas creemos que no se trata de entrar al grupo selecto de la elite académica masculinizada sino de reformar un sistema que funciona mal y tiene consecuencias negativas no sólo para las mujeres, sino también para el lugar de trabajo, el ámbito académico, el espacio de formación de estudiantes y los estudiantes mismos (las referencias, tomadas del manifiesto que circuló por las universidades).

Participé de la marcha en Ginebra. Fue festiva, multicolor, multiétnica; había personas mayores, jóvenes estudiantes, parejas con niños. Se cantaron consignas en francés. Las pancartas eran de lo más variadas, en varios idiomas. Las consignas daban vuelta a un amplio espectro, desde las broncas y demandas concretas (igualdad salarial, pensiones) a la solidaridad con las mujeres del mundo. Había pañuelos verdes (#SeráLey) en apoyo a la demanda por la legalización del aborto en Argentina.

El lema de la huelga fue “salario, tiempo, respeto”. Eso buscaba la huelga, eso queremos.

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