¿Qué ha pasado con los nuevos “partidos del cambio” en Europa?

Las elecciones generales griegas, celebradas el mes pasado, certificaron el fin de la experiencia de Syriza en el gobierno, iniciada en 2015. Han sido cuatro años que han ido desde la sublevación popular contra la austeridad impuesta por la troika como solución a la crisis de deuda del país, hasta la aceptación de esa política por parte del ejecutivo de Tsipras.

A pesar del giro, Syriza no ha sufrido un gran desgaste en estos comicios. Sólo ha perdido unos ciento cuarenta y cinco mil votos, el 7% de su resultado en las anteriores elecciones. La mayoría de estas pérdidas, además, parecen haber ido a parar al partido de Varoufakis, que ha obtenido nueve escaños en el parlamento.

La derrota de Tsipras ha venido de la mano del sistema electoral y su “prima di maggioranza”, que otorga cincuenta escaños extras a la fuerza más votada (Syriza en 2015, Nueva Democracia ahora), como método de construcción artificial de una mayoría parlamentaria que no electoral.

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Estas elecciones griegas y lo que suponen de cierre del período de gobierno de Syriza van más allá de la experiencia particular de ese país, y se proyectan a toda Europa. Grecia ha sido el ejemplo más claro, y el más extremo, de una tendencia política que ha sacudido todo el continente en la última década y cuyas consecuencias son visibles por doquier.

Con la perspectiva que da la salida del gobierno de Syriza es posible, e incluso puede que necesario, preguntarse qué ha sido del formidable movimiento de indignación colectiva que recorrió Europa entera después del estallido de la crisis global que empezó en 2008, que pretendía darle la vuelta a un sistema que se entendía como caduco e incapaz de dar una respuesta justa a las consecuencias de esa crisis, que evitara que fueran la devaluación salarial y los recortes en el gasto público los que corrieran con la factura de la orgía de dinero fácil y especulación de casino en que había caído la economía mundial durante la primera década del siglo.

2015 fue el año de la nueva política. En Grecia evidentemente, pero también en España, con la aparición rutilante de Podemos; en Italia dos años antes el Movimento 5 Stelle había pasado de la nada a cosechar más de ocho millones de votos; el Labour británico escogía como líder a Jeremy Corbyn y enterraba simbólicamente la tercera vía blairista. En el otro extremo del arco ideológico, partidos y movimientos de lo que ahora se llama nacionalpopulismo aparecían con fuerza: los Demócratas Suecos, Alternativa para Alemania, el Partido por la Libertad holandés, el UKIP que rozó los cuatro millones de votos en las generales de 2015, el renacido y remodelado Senterpartiet noruego, los Verdaderos Finlandeses, el Dansk Folkeparti y las fuerzas mayoritarias de la Europa oriental.

Todos estos movimientos, a pesar de cubrir la totalidad del espectro ideológico, tenían una base común: la impugnación total de los partidos que habían dirigido todos estos países en las últimas décadas, a los que se atribuía una incapacidad para la reforma profunda del sistema de poder, que entonces parecía inaplazable (un personaje tan poco sospechoso de anti-establishment como Nicolás Sarkozy lo había verbalizado en una cumbre del G20 en 2008: “hay que reformar el capitalismo”).

Cuatro años después del terremoto político, los sistemas de partido de prácticamente todos los países europeos han cambiado. Los movimientos surgidos a raíz de la crisis y del hundimiento de las fuerzas tradicionalmente dominantes han conseguido asentarse y defender una parcela significativa de apoyo electoral. El caso griego, otra vez, lo deja claro: pese a perder el gobierno, Syriza sigue siendo la referencia principal de la izquierda griega, casi cuadruplicando al Pasok. En España, a pesar de su mal resultado en abril, Unidas Podemos ha consolidado un voto claramente superior al de Izquierda Unida en sus mejores tiempos.

La herencia de 2015 es visible en unos sistemas más plurales y fragmentados, donde la antigua primacía de los grandes partidos, aunque en parte recuperada, no ha vuelto a ser igual. Un ejemplo es la distribución de los grupos en el parlamento europeo, donde los dos grupos tradicionalmente mayoritarios (socialdemócratas y populares) han pasado de detentar el 64% de los escaños (2004) al 44% (2019).

Pero los beneficiados del debilitamiento de los partidos históricamente dominantes no son precisamente las fuerzas de la izquierda anti-sistema que irrumpieron en 2015. Al contrario, los grupos que más han aumentado su peso en el europarlamento son los conservadores y la extrema derecha (además de los ecologistas).

Esa es la otra herencia de 2015, menos visible quizás, pero con más recorrido. Las propuestas de reforma profunda de un sistema económico que se consideraba injusto por una parte importante de la ciudadanía, los movimientos contrarios a las políticas de austeridad, no han logrado imponer su programa. El combate contra la troika, contra los banqueros, la “casta”, ha resultado en una derrota sin paliativos de la izquierda antiestablishment en todos los países europeos. En este sentido el ejemplo griego es el más evidente, porqué es el único donde estos partidos llegaron a gobernar.

La posibilidad que se abrió a raíz de la crisis global de reconducir el debate político a través del contraste de propuestas económicas, como había sido la tónica dominante hasta los años noventa, se ha cerrado completamente cuatro años después. La reforma del capitalismo se ha aplazado sine die y ya no forma parte del debate político central. El “espíritu de 2015”, si tuvo oportunidad de vencer alguna vez, parece haberse marchitado irremisiblemente.

El problema de fondo, sin embargo, subsiste. La pulsión antiestablishment, derivada de cómo se ha “solucionado” la crisis, sigue existiendo entre capas significativas de las sociedades europeas. La diferencia con 2015 es que esta pulsión ya no se vehicula a través del debate sobre la reforma de la política económica, sino que ha encontrado en el nacionalismo y el odio al diferente su vía para hacerse presente. La política al fin y al cabo es como el agua: siempre encuentra un camino.

En Grecia otra vez, Mitsotakis no ha ganado porqué se atribuya a Nueva Democracia un mejor manejo de la economía sino porqué ha sabido sacar partido del debate sobre Macedonia, lo que le ha permitido atraer a parte del voto nacionalista. Los conservadores en Austria ya lo habían hecho, y algo de eso hay en la deriva del PP español.

La herencia de 2015 nos ha dejado unas formaciones que trajeron nuevos aires a la política pero han acabado asimiladas al sistema, mientras que la pulsión que las vio nacer, la demanda de reconocimiento, la necesidad de cobijo de una parte de la población que aún se siente desprotegida frente a los efectos de la tormenta global y de un mundo desconocido, ha encontrado en las propuestas de los nacionalpopulistas la respuesta que no le supo dar, o no le pudo dar, la nueva política.

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