Qué hay detrás de la teoría de la conspiración que arrasa entre la derecha estadounidense

28 de octubre de 2017: un usuario llamado Q postea en el sub-foro /pol de 4chan (un lugar de encuentro para la parte más desatada del margen derecho del espectro político estadounidense, en el cual la frontera entre ironía e ideología es altamente permeable) una serie de mensajes alertando sobre el peligro que corre Donald Trump a causa de una serie de conspiraciones orquestadas por «el establishment«. Q asegura tener información clasificada gracias a su empleo en las altas jerarquías del Gobierno estadounidense (Q viene de Q clearance, una suerte de cualificación para acceder a ciertas bases de datos) y afirma que Trump prepara un contraataque contra dichas élites, un presunto plan maestro que Q llama the storm.

2 de septiembre de 2020: más de la mitad de los votantes republicanos considera que hay al menos algo de verdad en la idea de que hay un poderoso grupo clandestino globalista y satánico que practica el canibalismo y la pedofilia (y a veces utiliza sangre de niños para crear ciertos químicos); y que Trump trata de combatir por todos los medios, aunque de forma encubierta.

¿Cómo se ha llegado a este punto? Al fin y al cabo, cabría pensar que una teoría tan delirante estaba destinada a ser la comidilla de unos pocos. Entender QAnon, una de las teorías de la conspiración más populares de las últimas décadas en EE.UU., significa entender la deriva de la derecha estadounidense, el trumpismo y el populismo, pero también los mecanismos que hacen estas teorías tan atractivas para algunos.

¿Qué es QAnon?

Aunque QAnon ha logrado una atención mediática y un alcance inéditos, no es la primera vez en los últimos años que una teoría de la conspiración gana cierta popularidad entre la derecha estadounidense. Tal fue el caso del llamado Pizzagate, cuando en plena campaña electoral de 2016 algunas cuentas de extrema derecha comenzaron a alertar en Twitter sobre cómo miembros del Partido Demócrata estaban usando una pizzería en Washington para realizar rituales satánicos pedófilos de forma clandestina. La teoría no tardó demasiado en perder fuelle, no sin antes llevar a un consternado padre de familia religioso y conservador (Edgar Welch) a conducir 360 millas hasta dicha pizzería (Comet Ping Pong) con su rifle de asalto (que disparó una vez dentro, aunque sin herir a nadie) para investigar el lugar.

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El episodio no alcanzó grandes cuotas de activismo ni logró cautivar a una parte considerable del trumpismo, pero para algunos significó la cristalización de algo. Las teorías de la conspiración suelen limitarse a grupos marginales sin demasiado capital político y no tardan en desinflarse, pero he aquí que quienes estaban acostumbrados a vagar por el desierto acompañados de sus delirios tenían ahora un referente, y además uno que pronto iba a ocupar la Casa Blanca. Casi la mitad de los republicanos creyó en su momento que al menos algunos correos electrónicos de la campaña de Hillary Clinton hablaban de pedofilia y tráfico de seres humanos, una de las bases del Pizzagate. Michael Flynn, quien sería nada menos que el National Security Advisor de Trump (aunque tan sólo por un mes), posteó en las redes acerca de rumores asociando a la candidata demócrata con la pedofilia y el canibalismo.

El salto desde el ‘Pizzagate’ hasta QAnon no fue instantáneo, pero es evidente que existe una continuidad entre ambas teorías de la conspiración. Por ejemplo, ambas apuntan a cómo ciertas élites globalistas y liberales estarían usando su poder para participar en tráfico y abuso de menores (los niños ocupan un lugar especial como víctimas en no pocas teorías de la conspiración, como sabe quien esté familiarizado con los rumores antisemitas que circularon por Europa durante siglos), a menudo para realizar rituales macabros y satánicos. Ambas demonizan (nunca mejor dicho) a miembros prominentes del Partido Demócrata (pero también a celebrities liberales, especialmente actores) y nacen en el contexto del auge y consolidación de Trump como presidente.

En el caso de QAnon, la conspiración también ha hecho de contrapeso a las acusaciones de injerencia rusa en las elecciones de 2016 (que en ocasiones se convirtieron, ellas mismas, en teoría de la conspiración), y sin duda su popularidad se asienta sobre casos reales recientes como el escándalo en torno a Jeffrey Epstein y sus allegados.

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Pero QAnon hace tiempo que ha conseguido eclipsar a su predecesora. Mike Pence, el vicepresidente de Trump, se encontró en una visita al cuerpo de SWATs de Florida con que uno de los policías llevaba un parche con una ‘Q’ en referencia a QAnon. Lejos de reprobárselo, Pence decidió compartir la foto en Twitter.

La teoría de la conspiración ha logrado agrupar a cientos de miles de estadounidenses en grupos de Facebook, aunque la red social les expulsa de tanto en tanto por sus incitaciones al odio y la violencia. Algunos candidatos republicanos al Congreso, como Angela Stanton-King, Antoine Tucker o Marjorie Taylor Greene han aireado abiertamente su apoyo a la teoría de la conspiración, y han gozado del apoyo del presidente. El propio Trump, al ser preguntado por QAnon, dijo que “si puedo salvar al mundo de cosas horribles, lo haré”, y que “parece que les gusto (…) se trata de gente que, sin duda, ama a su país”.

Hay algo en el trumpismo (y, aun tomando distancias entre la cultura política estadounidense y la del resto del mundo, en el populismo de derechas) que hace que las teorías de la conspiración como QAnon tengan fácil ser aceptadas por los seguidores del presidente. Es evidente, por ejemplo, que éstas casan bien con un discurso anti-elitista. Si las élites son presentadas como un grupo más o menos homogéneo que actúa de forma ruin y a menudo encubierta (con la ayuda inestimable de sus medios), es más fácil creer que puedan estar tramando algo, incluso aunque no haya pruebas claras de ello. Ver a Trump como un outsider frente a una serie de poderes estatales y plutocráticos sin duda facilita su representación como héroe solo ante el peligro. Por otra parte, si la prensa y la inmensa mayoría de los creadores de opinión están al servicio del poder, entonces quizás no haya motivos para creerles, incluso aunque presenten datos y razonamientos lógicos.

‘I want to believe’

Es evidente que el apoyo a Trump no puede bastar para entender QAnon. Al fin y al cabo, dicho apoyo puede traducirse en un activismo genérico similar al que se da con otros políticos, esto es, no requiere en absoluto caer en creencias en torno a élites globales satánicas que organizan rituales pedófilos y canibalísticos con menores. Tiene que haber algo más, una suerte de aditivo, que quizás sea cultural o quizás psicológico, o ambas cosas. Esa intersección teórica tan fértil que es la psicología política nos puede dar algunas claves al respecto.

En primer lugar, hay que señalar que existe un perfil psicológico más dado al pensamiento conspirativo que otros. Prueba de ello es que las teorías de la conspiración impactan más fácilmente en algunos sectores de la población. Según las investigaciones de Josh Hart, los creyentes tienden a ser narcisistas (sienten el deseo de ser escuchados y percibidos como especiales), desconfiados y excéntricos, y suelen ver la sociedad como un lugar hostil. También son más dados a percibir patrones donde no los hay y sienten la necesidad de disponer de cierre cognitivo (‘cognitive closure’), esto es, necesitan eliminar la ambigüedad de sus mentes, especialmente en momentos de incertidumbre; incertidumbre que, en el caso de Estados Unidos, tanto la pandemia como el silencio o escepticismo de Trump no han hecho más que avivar. Por otra parte, los creyentes suelen tener menor capital escolar que sus coetáneos.

Además, quienes creen en una de estas teorías tienen más chances de volver a caer en otra: por ejemplo, muchos de los adherentes a QAnon desconfían de las vacunas o el 5G. QAnon parece haber impactado especialmente entre madres que viven en entornos suburbanos y (por supuesto) son conservadoras y republicanas. No hay investigaciones empíricas en profundidad sobre esto, pero sí sabemos que la teoría de la conspiración es popular en sus grupos de WhatsApp y Facebook, desde donde difunden su mensaje gracias al hashtag #SaveTheChildren.

Hart también llegó a la conclusión de que las teorías de la conspiración suelen estar filtradas por la ideología (esto es, izquierdistas y derechistas tienen sus propias visiones conspiratorias, que casi nunca son abrazadas por el otro bando), y se dirigen casi invariablemente contra el adversario político y muy rara vez contra el propio grupo. Pero no todas las personas militantes o politizadas tienen las mismas posibilidades de caer en ellas. No pocos estudios vienen señalando que los extremistas (tanto de izquierdas como de derechas) son mucho más proclives a adoptar pensamientos conspirativos. Jan-Willem van Prooijen hipotetiza que ello puede tener que ver con la tendencia entre extremistas a pensar en términos simples y dicotómicos, rechazar fuentes de información discrepantes y demonizar al adversario (con lo cual, es más fácil imaginar que trama o ha llevado a cabo actos deplorables).

Creer en QAnon significa también participar en grupos muy solidarios y cohesionados que comparten una serie de creencias particulares que, además, los no-participantes rechazan vehementemente. Creer es, por tanto, pertenecer también a un grupo exclusivo y, quizás, encontrar calor humano (aunque sea a través de una pantalla) que ayude a paliar la soledad o la alienación social. También sabemos que quienes se sienten des-empoderados por su situación social (ya sea por factores personales o económicos) resuelven a veces el problema sumergiéndose en grupos que creen en teorías de la conspiración, como una forma de retomar el control y, ya de paso, poder gozar de cierto sentimiento de superioridad frente a quienes aún no han abierto los ojos.

Estos mecanismos pueden coexistir con muchos tipos de medios informativos. Parece ser recurrente señalar esa cascada de (des)información que pueden ser las redes sociales, con su horizontalismo, su anonimato y su potencial para crear micro-celebridades con capacidad de influencia, pero las teorías de la conspiración han encontrado tierra fértil en periódicos, radios, podcasts o en el mero boca a boca. Quizás, más que centrarnos en el medio en abstracto (y, de paso, evitar el siempre acechante sesgo de retrospección idílica), habría que optar por una mirada más amplia y constatar que vivimos en un mundo cada vez más angustioso en términos epistémicos y cada vez más polarizado (generando desconfianza hacia el antagonista político y relativizando la verdad), en el que una salida lógica al caos (al menos, recordémoslo, para algunos perfiles psicológicos) pueda estar en la seguridad que brinda creer firmemente en una teoría de la conspiración como QAnon; especialmente cuando ésta recibe cierta aprobación (o al menos tolerancia) por parte de nada menos que el presidente del país.

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