¿Qué hay en la cabeza del electorado argentino?

Para Mauricio Macri, se trata de seguir con el cambio que ya lleva cuatro años en Argentina. Aunque con problemas, hay esperanza, estabilidad y logros. Sólo queda avanzar más y más en este rumbo tras 70 años de debacle. La historia cambió con él. Palabras más, palabras menos, son ideas expresadas por el propio Macri en el primer debate presidencial. Y con ese enfoque optimista busca la reelección de su Gobierno en un modelo de campaña épica, con una estética tradicional, territorial, de actos a la vieja usanza y con contenidos muy simples corridos hacia la derecha.

Sin embargo, han pasado cosas. Los niveles de rechazo de su gestión superan los dos tercios de los argentinos en las mediciones publicadas en cualquier medio. La insatisfacción con el rumbo económico es muy superior a ese valor. Su parafernalia comunicacional trastabilló, no pudo jamás domar la bravura de la crisis económica, que se transformó también en una crisis política que puso en jaque la continuidad de su mandato y potenció una catástrofe social que no cesa de sorprender (ni de doler) con datos alarmantes, especialmente en los niveles de pobreza. Y el descontento se tradujo en voto de castigo. Ergo, perdió por 15 puntos las elecciones primarias simultáneas y obligatorias hace dos meses y medio y se pronostica una diferencia aún mayor en la elección general del 27 de octubre.

Habrá que ver.

Más allá del resultado, es interesante analizar la actual campaña presidencial porque puede explicar cuatro tipos de votos que conviven y modelan el electorado argentino, pero que modelarán mucho más el sistema político en los próximos años.

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Un voto retrospectivo

Es el que se basa en las experiencias de la gestión en curso o de gestiones pasadas. ¿Cuál fue el gran mérito del Gobierno de Macri? Haber sucedido al ‘kirchnerismo’. Éste no terminó bien su ciclo anterior. Hastió a más de la mayoría, pero en el balotaje agregó casi la mitad de los votos. Para la eternidad quedará si el electorado estaba cansado de sus formas o de sus políticas; o de ambas. Pero electoralmente estaba vivo. Cambiemos, la coalición oficialista, accedió al poder y se dedicó prioritariamente a demonizar el pasado reciente. Con verdades reales y supuestas.

La idea de la herencia recibida le dio resultado dos años; exactamente hasta las elecciones legislativas intermedias. Y luego se perdió. En términos de legitimar su Gobierno, Cambiemos no pudo instalar ninguna política pública significativa en el imaginario nacional. Lejísimos estuvo de consolidar un mito de gobierno, porque éste no es sólo comunicación; es, ante todo, la percepción de políticas públicas valoradas socialmente. ‘No sabe/No contesta’ fue la primera respuesta expresada por la mitad de los encuestados en una muestra nacional sobre lo más positivo del Gobierno. ‘Nada’ fue la segunda.

Cuando todavía no se habían decidido las candidaturas, apenas un 23% estaba de acuerdo con la continuidad del Gobierno. Sobreestimó el peso del pasado, no tuvo presente para mostrar y el futuro fue una cosa abstracta que nunca tomó forma. Conclusión: no hay elemento más potente para una reelección que la valoración de la gestión, y Macri tiene mala valoración consolidada y poca política pública concreta valorada.

Voto económico

Desde el primero hasta el último año de la gestión de Macri, se dio una serie de fenómenos. Uno fue el de percepción de la opinión pública: la desaprobación de la gestión económica. Fue desastrosa. ¿Más de 80% de rechazo validan este fuerte adjetivo? Bueno, sí, ése el dato promedio. No varió nunca, incluso empeoró en el último año y más aún en el último mes. El corrimiento de las promesas fue el modo visible de cómo el oficialismo fue gestionando (malamente) las expectativas. Cada semestre era una etapa perdida, de promesas no cumplidas, a la que sólo se oponía una nueva promesa futura y que muchos seguían pensando que el pasado seguía explicando el presente. Muchos medios ayudaron bastante a este cometido.

No debe soslayarse la alta efectividad del oficialismo, que instaló una polarización perfecta en el debate público que no se dio en los votos porque el paraíso utópico nunca llegó. Pero esa percepción del pasado fue perdiéndose con el transcurso del tiempo y el electorado argentino empezó mayoritariamente a responsabilizar al Gobierno de muchas cosas; en particular, de la inflación y del aumento de las tarifas con proporciones superiores al 1.000% (y más) en algunos casos.

Pero pasó algo: si dividimos a la población en deciles, los dos de mayor poder adquisitivo del país expandieron sus ingresos reales; especialmente el más alto. Y al otro extremo, los tres deciles más pobres del país no sólo redujeron sus ingresos, sino que además tuvieron un comportamiento negativo. Conclusión: ¡es el ingreso real, estúpido!. La mayoría perdió, los que menos tienen perdieron más y los que más tienen ganaron más.

Voto ideológico

Se debatió sobre todo en Argentina. Si la comunicación política funciona como estímulo de debates públicos, fue virtuosa en este ciclo: sobre aborto, derechos humanos, pobreza, Fondo Monetario Internacional, Venezuela, corrupción, deuda, precio de los servicios; sobre el Mercosur y la Unión Europea; sobre feminismo y machirulos; sobre buenos y malos; sobre trolls; sobre el pasado y el futuro, populismo y ceocracia, piqueteros y empresarios; sobre el Estado y el mercado; sobre los medios y sus periodistas; sobre meritocracia y marxismo.

Pero todos esos debates se partieron por la mitad mediante una grieta que empezó a ser asimétrica, pero más honda que nunca. La idea de votantes racionales discutiendo es demasiado romántica para esta etapa. La de medios equidistantes en los debates fue pura ilusión. Ha habido exceso de carga emocional e ideológica, empezando por los propios actores políticos. El diálogo democrático se vistió de hostilidades y, en muchos casos, de monólogos violentos, de posiciones escépticas y prejuiciosas. Se dijo ‘chau’ a lo políticamente correcto.

Ya no se paga un coste por hacer públicos los prejuicios, sino que los radicalismos ganan espacio. Nótese un detalle: tres se disputan el núcleo más duro de la derecha a base de competir por ser el más radical. Eso es una rareza histórica en la democracia argentina, que hasta hace poco escondía a la derecha. Se asiste a un debate en el costado más brumoso de las ideologías: los prejuicios. Conclusión: los estigmas sociales fueron tan dañinos que Argentina asiste a una fractura social expuesta e irreconciliable en el medio plazo.

Voto clasista

Los niveles socioeconómicos medios y altos tuvieron una propensión mayor a votar al oficialismo. Tanto como los adultos mayores, los habitantes de zonas económicas y urbanas más prosperas y centrales, especialmente la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Córdoba.

Los niveles socioeconómicos medios a bajos tuvieron una propensión mayor a votar a la oposición, en especial al Frente de Todos. Especialmente jóvenes, adultos jóvenes y todo el resto del país, que opinan que el Ejecutivo era preferentemente un Gobierno de ricos. Y encima con los más ricos y ciertos sectores asimétricamente más beneficiados por las políticas.

Aun así, muchos de los votantes del oficialismo no necesariamente se beneficiaron en esta etapa, pero la combinación de un voto ideológico y de un voto clasista explican que, aunque económicamente se vieran perjudicados por el Gobierno, los valores identitarios de pertenecer a estas categorías hayan tenido como consecuencia (y probablemente tengan) más votos que imagen gubernamental positiva entre quienes apoyaban la reelección del propio presidente. Conclusión: la idea del voto llamado socio estructural de clase, abandonada por la Ciencia Política en algún momento, ha adquirido una vitalidad inusitada y Argentina es electoralmente clasista.

De esta forma, se llega al final de una campaña con una novedad: probablemente sea presidente un candidato que no existía en los planes políticos de nadie, que no aparecía en los debates políticos cotidianos, que no se medía en las encuestas. Incluso que había dejado de formar parte del oficialismo opositor: Alberto Fernández, crítico con la líder que lo ungió: Cristina Fernández de Kirchner. La estratega que leyó el contexto, dio un paso al costado y eligió sucesor.

Y el contexto que anida subjetivamente en la mente de cada argentino y argentina está formado por una ideología que vio aparecer explícitamente a la derecha como opción democrática, por clases sociales que votan muy diferente, con una gestión del Gobierno reprobada por una mayoría y una economía super-reprobada (casi) por unanimidad. Esto puede explicar lo que vaya a pasar en Argentina el 27 de octubre de 2019.

También reconfiguró esta campaña general (tras las primarias) generando una inversión de roles desconocida. Un Macri (presidente) alentando el milagro de revertir el resultado con una campaña territorial con el lema ‘#SíSePuede’ y, por el otro lado, un Fernández (opositor) que más que campaña ha aumido un rol de líder electo con clara pose de ganador. Y los actores de la sociedad también han empezado a reconfigurar sus relaciones de poder: medios, justicia, sindicatos, empresarios y la mayoría de votantes. ¿El eslogan de Fernández? ‘Argentina de pie’. Reconstrucción y dignidad no es poca oferta para un país tumbado, caído.

Ya se conocerá el resultado, pero la solidificación de las diferencias sociales y de clase, así como los efectos de la crisis política, económica y social, han modelado electores con diferencias muy explícitas y con una susceptibilidad tal que requerirá de acuerdos sociales para contener semejantes demandas y expectativas, tanto de quien gane como de quien pierda.

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