Qué nos dice la historia sobre el impacto económico de las pandemias

En junio de 2018, Bill Gates dio una conferencia en la Massachusetts Medical Society en la que afirmaba que existía una probabilidad muy alta de que nuestra generación fuese testigo de una gran pandemia particularmente letal. Terminó llegando, ya ven, y con ella hordas de gurús, tuits y análisis apocalípticos sobre cómo la Covid-19 impactará en nuestras vidas. Es cierto que no se prodigan mucho, pero si preguntasen a un historiador su opinión sobre cómo afectará el virus a nuestra economía, es probable que éste les dijese: estén tranquilos, sonrían aliviados y sean solidarios. Aquí explico por qué, sin negar con ello la gravedad de la situación y la tragedia que supone la muerte de tantas personas.

Un vistazo a la historia europea de los últimos 2.000 años nos muestra cómo las epidemias han tenido un impacto fundamental en la trayectoria económica a muy largo plazo de las sociedades, lógicamente casi siempre para mal. Las plagas fueron un rasgo habitual en la transición del mundo clásico al medieval y, de hecho, se ha venido atribuyendo a la llamada ‘plaga de Justiniano’ el derrumbe definitivo del Imperio romano. Los siglos XIV a XVII fueron una época especialmente virulenta, sobre todo en el sur de Europa. La gran peste de Milán de 1629-31, que afectó especialmente a Lombardía (¿les suena?) pero se extendió por todo el norte de Italia, y la del virreinato español de Nápoles de 1656 fueron las más importantes no sólo por su impacto inmediato (falleció una de cada tres personas), sino por sus consecuencias económicas a largo plazo. En un contexto de creciente competencia internacional, la importante pérdida de trabajadores y la subida de los salarios hizo a la industria textil italiana mucho menos competitiva frente a los británicos y a los holandeses. Y de aquellas plagas, estos ‘lodos’: fue precisamente en esa época cuando comenzó a hacerse más y más visible la divergencia económica entre unos vecinos europeos ricos y otros pobres.

De hecho, sólo la peste negra parece haber sido excepcional por sus efectos positivos. Importada desde Asia a Italia en una época de grandes contactos comerciales (¿les suena?), lo que al principio parecía una gripe fue capaz de acabar en apenas cinco años (1346-1351) con hasta el 60% de las poblaciones europeas, sin distinguir grupos ni clases sociales. Fue tal el shock que las ciudades se quedaron, literalmente, sin apenas trabajadores y los campos sin campesinos. El poder de negociación de unos y otros (mayores salarios, más libertades) aumentó de tal manera que la desigualdad se redujo como nunca antes. El feudalismo recibió un golpe de muerte, el nuevo mundo urbano y las nuevas destrezas técnicas despegaron por completo; hasta la posición de la mujer se vio muy favorecida. Por paradójico que resulte, la peste negra ayudó a situar a Europa en una posición de poderío económico que no abandonaría hasta seis siglos después. Además, en el castigo estuvo la penitencia: lo que había llegado a consecuencia de intercambios comerciales intensos, se fue antes gracias también a una mayor integración económica.

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¿Tendrá un impacto comparable la Covid-19 ? En absoluto. Aun siendo conscientes de la incertidumbre que la rodea, una primera comparación con estos episodios históricos sugiere que es muy improbable que el nuevo virus pueda inaugurar, por sí mismo, una nueva era económica. La siguiente tabla pone cifras a las dos principales variables que explican el impacto de varias epidemias en una población: el número reproductivo (cómo de infecciosa es) y la tasa de letalidad (cómo de virulenta). Cuanto mayores sean, mayor será el número de personas fallecidas. La tabla indica también cuáles son los grupos de edad más afectados.

Como los siguientes mapas muestran, la comparación con las principales epidemias históricas haría sonrojar a cualquier mensajero del apocalipsis. La peste negra no sólo fue mucho más infecciosa sino, sobre todo, extremadamente letal: moría uno de cada dos contagiados. Incluso la gripe española, tan en boga estos días por su paralelismo histórico, presentaba una letalidad mucho más elevada, especialmente entre los adultos jóvenes, la principal mano de obra en la época. Sólo en el peor escenario podría la crisis actual, más cercana a una gripe común virulenta, aproximarse al impacto de la de 1918. Una tasa de mortalidad del Covid-19 en España aún incierta (0,03% hoy) pero significativamente menor que la de la gripe de 1918 (1,3%) o, desde luego, que la de la peste (20%-50%), así como unas capacidades estatal y sanitaria nada comparables (empezado por las mascarillas) frustrarán las expectativas cualquier cambio civilizatorio y de sus muy abundantes gurús.

Mapa 1. Tasas de mortalidad en Europa durante la peste negra

Mapa 2. Tasas de mortalidad en Europa durante la gripe de 1918

Improbable, como es, que el virus represente un punto de inflexión a largo plazo, es casi seguro que éste tendrá un impacto en lo que los economistas llaman, algo misteriosamente, la ‘primera derivada’: la velocidad del cambio, antes que el cambio en sí mismo. La Covid-19 no inaugurará ninguna era china porque llevamos ya años allí. La actual crisis solo acelerará, lo que no es poco, la creciente divergencia entre las economías occidentales y asiáticas. La figura de debajo muestra la tasa global de crecimiento económico ordinaria (en azul) y ponderada por la población (en rojo) durante los últimos 70 años. Aun cuando una mayor severidad de la crisis en los países occidentales hiciera descender su crecimiento a niveles de la Gran Recesión, es muy poco probable que el grueso de la población mundial (China, India) sufra un impacto así de negativo. A la vez que reduce aún más la distancia económica entre, digamos, un ciudadano chino y uno francés, el estancamiento de nuestras clases medias y, especialmente, los daños que sufran los trabajadores menos digitalizados (incapaces de teletrabajar) debilitarán aún más nuestra confianza en el futuro y en nuestros líderes. Pero es no es nada nuevo y el pecado original no es del maldito virus.

Sobre cómo ralentizar la velocidad de ese cambio, la experiencia de la mal llamada gripe española de 1918 sí nos aporta, por su mayor cercanía histórica, algunas lecciones valiosas. Con una reducción media de la renta per cápita del 6% y de 26 puntos porcentuales en la rentabilidad de la Bolsa entre 1918-1928, esta epidemia supuso uno de los mayores ‘shocks’ económicos en la economía mundial desde 1870, sólo por detrás de la Gran Depresión y las guerras mundiales. Ése sería el peor escenario que debiéramos tener en mente: mientras que las estimaciones más pesimistas sobre el impacto de la Covid-19 en nuestro país anticipan una caída del 5% para este año, el impacto, algo retardado, de la gripe española supuso una caída cercana al 9% entre 1920-1921.

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Hace 100 años, al igual que ahora, los líderes políticos debieron primero enfrentar una decisión casi shakesperiana: poner o no un precio a la muerte. Porque es eso precisamente lo que supone elegir entre políticas de mitigación (no paralización de la vida económica aun a costa de más infecciones) frente a políticas de supresión (hibernación de la economía para doblegar la curva cuanto antes). Una lección de la gripe española que parece haber sido ya asumida incluso por Boris Johnson (!) es que la supresión fue exitosa: recurrir al ejemplo de Philadelphia frente a Saint-Louis es ya casi un tópico estos días. Un lugar menos común es sugerir que ese dilema moral quizá no sea tal: como muestra la tabla de abajo, las ciudades de Estados Unidos que fueron inicialmente más restrictivas en sus políticas de contacto social (en verde) terminaron experimentado en los años siguientes repuntes en las tasas de empleo más altas que aquellas que no lo hicieron (en rojo).

La segunda decisión que hay que tomar, y en la que ya estamos, es cómo financiar el tiempo que le estamos comprando a la enfermedad. Las políticas de contención social, un gasto sanitario disparado y los paquetes de estímulo dirigidos a contrarrestar la caída en la actividad económica son terriblemente caras. Aunque la experiencia de la Gran Depresión parece recomendar ese activismo estatal tan intenso (o incluso uno aún mayor, como aquí o aquí), lo cierto es que en España apenas tenemos dinero para pagarlo sin poner demasiado nerviosos a los prestamistas internacionales.

Y es precisamente en esa discusión cortoplacista, pero necesaria, donde estamos ahora, un lugar para los líderes y los burócratas, ya no para los historiadores. Si queremos ralentizar a nuestro favor el ritmo de la actual divergencia global y aumentar las probabilidades de una recuperación en forma de V o incluso de U, lo más probable es que necesitemos, en mayor o menor medida, la ayuda financiera de Europa (es decir, Alemania y Holanda). Para ello, además de que nuestros vecinos del norte abandonen una cierta pose estereotipada, desde el sur deberíamos ser capaces de crear consensos políticos suficientemente creíbles sobre la necesidad de honrar los compromisos de la deuda.

¿Se dan las condiciones para ello? No son los historiadores quienes pueden responder a esa pregunta; a nosotros lo que nos gusta es la peste negra. Pero, en todo caso, de no ser así, nos exponemos a una recesión prolongada, un ajuste estructural permanente y ciber-estados con los pies de barro. El maldito virus no sería responsable de la progresiva pérdida de peso global de Occidente, pero sí de su aceleración. No habríamos podido conseguir el único objetivo económico al que todavía podemos aspirar: doblegar la primera derivada, la velocidad de una divergencia histórica inexorable.

Por tanto, dos lecciones históricas y una petición: estén tranquilos (dentro de lo que cabe) porque una epidemia como la que estamos viviendo no es algo nuevo; sonrían aliviados porque las hemos sufrido muchísimo peores y porque su impacto económico no vendrá a alterar significativamente nuestras perspectivas económicas en el largo plazo; y sean solidarios. En el muy corto plazo será seguramente la solidaridad europea la que evite que el virus ponga a nuestro país en el vagón de cola de una Europa cada vez más incapaz de tener un papel relevante en una economía digital asiática.

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2 Comentarios

  1. Marielita Rosales
    Marielita Rosales 05-14-2020

    Muy bueno

  2. Manuel Fernández Vílchez
    Manuel Fernández Vílchez 07-02-2020

    Genial, muchísimas gracias por tu trabajo. Los efectos sociales y económicos no los determina la pandemia, sino las condiciones estructurales existentes. Y para cada sector económico, según su propio estado. Si los mercados de Economía Especulativa (M3), que protegió Obama o el Partido Demócrata con su ley de tratar banca de inversión como banca comercial en el acceso a la «flexibilidad cuantitativa» de Bernanke [léase, la FED], esta vez deberán hacer frente a una caída mayor de la Economía Real. La Deflación o la Estanflación, la subida de la Prima de Riesgo de la Deuda Pública, la crisis de excedentes de activos bancarios en los Bcos. Ctls. En mayor medida que en la crisis 2007-2010. Y la caída de la burbuja de los «hedge fund» debilitará la Economía Especulativa. Sólo por eso, esta crisis merece la previsión de una hipotética salida a mejor de la Economía Real (valor del trabajo-salarios, M1), respecto de la pandemia de parasitismo de 5 décadas de la Economía Especulativa.

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