¿Qué puede hacer el pensamiento histórico por Europa?

Una de las finalidades más importantes de la enseñanza de la historia es formar el pensamiento para la reconstrucción y comprensión del pasado, de las interrelaciones entre personajes, hechos y espacios históricos. Este pensamiento ayuda a entender los cambios que se producen en las sociedades, e invita a la reflexión y argumentación abierta al debate democrático.Una de las finalidades más importantes de la enseñanza de la historia es formar el pensamiento para la reconstrucción y comprensión del pasado, de las interrelaciones entre personajes, hechos y espacios históricos. Este pensamiento ayuda a entender los cambios que se producen en las sociedades, e invita a la reflexión y argumentación abierta al debate democrático.

El pensamiento histórico es el mejor antídoto contra el veneno de los nacionalismos y los populismos; y una nación cuyos ciudadanos no tienen conocimiento de la historia está pidiendo ser liderada por ‘charlatanes’. El problema es que está en declive, al igual que la imaginación histórica, que produce matices y contextualización; un requisito para protegerse de las desviaciones y distorsiones, de la agitación y propaganda, o de discursos políticos simplistas, binarios.

También permite superar el relativismo de las ideas populistas, al desnudarlas  y exponerlas a la luz de los hechos acontecidos. Los votantes de partidos populistas europeos y de extrema derecha parecen haber olvidado o relativizado las consecuencias del nacionalismo durante el denominado ‘siglo XX corto’: todos los europeos o bien fueron refugiados o desplazados o bien conocieron a alguien que lo fue. Que hoy no exista una verdadera política europea de migración o que el nacionalismo excluyente forme parte de la agenda política demuestra desconocimiento o desprecio por las lecciones del siglo pasado.

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Quienes se decantan por el cierre de fronteras para la creación de estados nacionales más étnicamente homogéneos olvidan que Europa es un continente formado a lo largo de los siglos por estados multiculturales, plurales y diversos. Si se conociera mejor su historia, se apreciaría que esta pluralidad y heterogeneidad de nuestro continente conforma precisamente la ‘unidad de Europa’, y es su mayor riqueza. Ya lo decía uno de los grandes filósofos europeos, José Ortega y Gasset: “Se comprende que no todo el mundo percibe con evidencia la realidad de Europa, porque Europa no es una cosa, sino un equilibrio (…) que consiste esencialmente en la existencia de una pluralidad. Si esta pluralidad se pierde, aquella unidad dinámica se desvanecerá”.

Sin embargo, en un giro irónico, los partidos populistas están exigiendo una Unión Europea de estados-nación homogéneos, que se centre más en seguridad, que gestione la inmigración más estrechamente y que preserve la identidad nacional. Atendiendo a la historia, y como cuenta Toni Judt en Postwar, sólo en 1945, de forma excepcional, se construyeron estados nacionales más homogéneos para proteger a las minorías, pues entonces no se podía garantizar a las sobrevivientes de Europa central y oriental una protección internacional efectiva, y tuvieron que ser desplazados a sus lugares de origen. Como indica el historiador, “con ciertas excepciones, el resultado fue una Europa de estados nacionales más étnicamente homogéneo que nunca”, y esto ciertamente fue impuesto de manera artificial y en circunstancias excepcionales.

Europa ha estado durante siglos conformada por estados multiculturales, heterogéneos y diversos, y precisamente la idea de pluralidad o diversidad europea es la de una convergencia de identidades múltiples, sin necesidad de renuncia a ninguna de ellas.

Pero también hay que analizar dónde falla el relato pro-europeo a la hora de representar esa pluralidad europea o de apelar a las distintas sensibilidades nacionales e identidades que la conforman. El político pro-europeo muchas veces fabrica un discurso apelando a un supuesto sujeto idéntico de un cabo de Europa al otro, no reconociendo que hay un sentimiento europeo que convive con otro nacional, basado en las identidades o raíces. Gracias al pensamiento histórico, puede resolverse el conflicto existente entre la identidad nacional y la europea, pues apelando al pasado podemos ver que ambas no son excluyentes.

La idea de apelar a una Europa diversa implica que el ciudadano no sea vaciado de su propia historia, sin ninguna identidad, raíces o sentido de pertenencia en nombre de un ideal europeo. Un discurso pro-europeo no debe renunciar a representar a todos los ciudadanos que sienten dentro una identidad propia, inalienable, que al margen de formar parte de Europa sientan que son parte de su comunidad, de su ciudad, su región o su país. De nuevo citando a Ortega, hay que entender que si el nacionalismo excluyente ha de dar paso a una “vida continental”, esto no puede hacerse “a costa de perder su interior pluralidad”.

Hasta las ideas más abstractas deben llevarse al terreno real, a la sustancia de las cosas. Parece un ideal romántico apelar a la riqueza de la pluralidad, pero en realidad se pueden señalar algunos de los pilares concretos de la cultura y la tradición europeas para describir mejor en qué consiste esa pluralidad o diversidad. Un relato histórico que cuente la historia de una Europa unida en su diversidad supera a un discurso enlatado en forma de contrato, basado en obligaciones y que crea una adhesión firme a una única entidad supranacional.

Al mismo tiempo, el reconocimiento de la pluralidad y diversidad en Europa permite que las identidades nacionales no sean un arma arrojadiza en manos de nacionalismos excluyentes. El autor alemán Yascha Mounk opinaba en el Times que, para vencer este tipo de nacionalismos, se “requiere resistencia» a los que promueven los partidos populistas de derechas, y resistencia también a la creencia de que el nacionalismo no debe existir”. Mounk continúa diciendo que si seguimos exhortando a las personas a trascender completamente las lealtades nacionales, podemos generar un discurso elitista desconectado de la ciudadanía y  esto, al mismo tiempo, “implícitamente reconocería a populistas de derechas y racistas la facultad de representar y dotar de significado al concepto huérfano del Estado-nación”.

El pensamiento histórico permite remodelar el discurso estándar que no consigue conectar con las diferentes sensibilidades nacionales, con la riqueza de la cultura, la identidad, los valores y costumbres, las raíces y el sentimiento de pertenencia. Además, si la formación del pensamiento histórico (como bien señala Eric Alterman en el artículo ‘The decline of historical thinking’) propicia el sentimiento de pertenencia, y por extensión, la participación política de la ciudadanía, un relato histórico europeo puede generar las bases de una mayor participación política ciudadana en la UE.

Para concluir, no se trata de reforzar nacionalismos excluyentes, pero tampoco se puede pretender que seamos ciudadanos cosmopolitas desenraizados. El reto de la Unión Europea es que un político de una institución supranacional pueda representar a todos los europeos apelando a la diversidad y pluralidad, y a la vez preservar la idea de unidad europea. Para comprender en qué consiste ésta y promover políticas que la acepten, es necesario conocer la historia de Europa, y el pensamiento histórico puede ayudar a crear un relato que incluya matices, que hable sobre raíces y pertenencia, sobre identidades múltiples y solapables.

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