¿Qué queda del ‘modello emiliano’?

¿Existe aún el modelo de la Emilia-Romagna? A juzgar por el estado de aprensión con el que, en la izquierda, se debate sobre las próximas elecciones regionales, uno diría que no; especialmente después de la derrota en las elecciones europeas. Pero, ¿qué era lo que Palmiro Togliatti definía como el «laboratorio emiliano»? Primero, un modelo de desarrollo que conjugaba crecimiento económico y políticas sociales avanzadas; dinamismo de mercado y regulación pública; bienestar privado y democratización. Un modelo que permitía al Partido Comunista Italiano (PCI) acreditarse como partido de gobierno, pragmático y responsable, capaz de promover el bienestar a través de la estabilidad política y una eficaz acción del Ejecutivo.

Por lo tanto, podríamos resumir el modello emiliano en tres puntos: 1) buen desempeño económico; 2) inclusión y cohesión social; 3) alta calidad de la gobernanza local. ¿Qué ha pasado con todo esto? ¿Es realmente cierto que la desaparición del PCI y el fin de las subculturas políticas territoriales han decretado el fin de este modelo? Los datos de los últimos años parecen decir lo contrario:

1.Empecemos por el desempeño económico. Aun hoy esta región asegura buenas prestaciones y un elevado bienestar. A pesar de las recientes señales de desaceleración, ha crecido durante los últimos cinco años, recuperando los valores reales del PIB previo a la crisis. El informe anual del Banco de Italia muestra que esta tendencia positiva se ha visto impulsada por una buena dinámica de inversión y exportación, con una alta participación en las cadenas de valor mundiales y una productividad de las empresas por encima del promedio italiano.

Lo que debe destacarse es que la Emilia-Romagna continúa produciendo un alto bienestar. Es la tercera región italiana por ingreso per cápita, con un valor aproximadamente un cuarto más alto que el promedio nacional y un quinto más alto que el europeo. El ingreso familiar promedio es ligeramente inferior al de Lombardía, mientras que la riqueza neta es mucho más alta que la media italiana. El empleo también refleja el estado de salud de la economía. El número total de trabajadores ha crecido en casi un 20% en comparación con los niveles de 2007 y la Emilia-Romagna ocupa el segundo lugar en Italia por la tasa de empleo general, superando a Lombardía en casi dos puntos. Lo mismo es aplicable al desempleo, que es solo del 4,8%.

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2. Pasemos a la inclusión y la cohesión social. Aunque el bienestar regional está sujeto a nuevos desafíos (principalmente relacionados con el envejecimiento y los procesos migratorios), el modelo parece mantenerse. Bastan unos pocos datos para darse cuenta: la distribución del ingreso es menos desigual que en el resto del país; las familias en situación de pobreza absoluta están por debajo del promedio nacional y la incidencia de la pobreza relativa (igual a 5,4% en 2018) es la más baja entre las regiones con estatutos ordinarios (RSO). En este sentido, debe recordarse que, ya en 2016, la Emilia-Romagna había lanzado un Reditto di Solidarietà para apoyar a las familias con serias dificultades económicas o en situaciones de exclusión social; mucho antes de que el primer Gobierno Conte lo pensara.

3. Esto nos lleva al último punto del modelo, la gobernanza local. Según el Índice Europeo de Calidad del Gobierno, que evalúa la calidad de la acción pública en las regiones europeas, la Emilia-Romagna es la primera, junto con Lombardía y Véneto, en el ‘ranking’ RSO. La buena calidad de la gobernanza pública también se ve confirmada por los datos de Istat sobre los servicios colectivos y la satisfacción de los ciudadanos con ellos. La acción reguladora llevada a cabo por las administraciones locales, por lo tanto, ha creado un entorno favorable no sólo para el crecimiento económico, sino también para la vida de los ciudadanos.

La confirmación proviene del Índice de Competitividad Regional, un termómetro europeo que incluye numerosos indicadores sobre el capital humano y la calidad de las instituciones, con el fin de medir el potencial de desarrollo de una región a largo plazo. El índice define la competitividad como «la capacidad para ofrecer un entorno atractivo y sostenible para que las empresas y los residentes vivan y trabajen». También en este caso, Emilia-Romagna se ubica en las primeras posiciones, segunda en el ranking de la RSO sólo detrás de Lombardía.

A juzgar por estos resultados, no se diría que el ‘modelo emiliano’ está en crisis. Al contrario, parece estar en sintonía con las preferencias de la opinión pública. Una encuesta reciente, realizada por el Centro Luigi Bobbio de la Universidad de Turín, destacó una fuerte demanda, en Italia, de políticas destinadas a relanzar un desarrollo basado en: 1) la remodelación de la economía, a través de la capacitación, inversiones en investigación, innovación e infraestructuras; 2) sostenibilidad ambiental y social; y 3) gobernanza colaborativa entre actores públicos y privados.

Así como en la Emilia-Romagna, orientaciones pragmáticas y de colaboración similares están bien presentes precisamente en las (antiguas) regiones rojas de Italia central. Rasgos que, además, están acompañados por una fuerte legitimidad de las empresas; mayor que en el resto del país. De hecho, las pymes están consideradas como un punto fuerte para el desarrollo regional y tienen la confianza del 87% de los ciudadanos (cinco puntos por encima del porcentaje nacional). El 72% de los entrevistados (+ 4%) también piensa que generan empleo y bienestar y, en el 51% de los casos (+ 12%), que están atentos a las necesidades de los territorios en los que operan.

Los ciudadanos también arrojan altas expectativas regulatorias sobre los empresarios, atribuyéndoles la responsabilidad social de crear valor compartido. En la Emilia-Romagna, de hecho, el 88% de los encuestados (+ 15%) cree que el empresariado debe generar desarrollo sostenible y bienestar para las comunidades.

La encuesta también revela un tesoro de confianza hacia las instituciones locales y las asociaciones representativas. Los municipios y la región tienen niveles de confianza superiores a la cifra nacional, respectivamente 63% (+ 6%) y 61% (+ 9%). Y lo mismo a) para las instituciones de formación e investigación, que obtienen el 86% del apoyo (+ 2%); b) para las organizaciones de interés, con un 57% (+ 6%), y c) incluso para sindicatos, con un 37% (+ 5%). Finalmente, algunas orientaciones políticas básicas resisten: en esta Italia central, el 38% de los ciudadanos no duda en ubicarse en posiciones de izquierda y centro-izquierda, 11 puntos por encima del promedio nacional.

Por lo tanto, a la luz de este conjunto de datos es sorprendente observar que, precisamente en las (antiguas) regiones rojas, la encuesta realizada por el Centro Bobbio señala una gran preocupación por el futuro, ya que el 52% de los entrevistados (seis puntos por encima del promedio nacional) lo ve incierto y lleno de riesgos. Asimismo, la encuesta revela el porcentaje más bajo de optimistas: sólo el 17% (-6,4%) cree que en 10 años la situación económica y social del país será mejor que hoy. Casi dos tercios piensan que los ingresos disminuirán y más de la mitad, que habrá un deterioro en la calidad de las instituciones políticas y civiles y la cohesión social, con el consiguiente aumento del conflicto.

Tales datos contradictorios hacen pensar. Señalan una mirada preocupada sobre las perspectivas regionales y nacionales que trasciende la situación económica y cuestiona la función de la representación política. Y recuerdan la lección de un gran sociólogo italiano fallecido este año, Alessandro Pizzorno, cuando escribió que la acción política se basa en dos componentes básicos: por un lado, la «actividad de identificación», que crea identidades colectivas a través de ideas, valores y símbolos de reconocimiento, sentando así las bases para lealtades intensas y duraderas; por otro, la «actividad eficiente», cuyo objetivo es defender y mejorar las condiciones de vida y la posición relativa de las comunidades representadas. Entre los dos, es la primera la que suministra garantías sobre el futuro, indicando qué intereses deben perseguirse y protegerse a la luz de los valores y el proyecto que definen una identidad colectiva.

Desde este punto de vista, el caso Emilia-Romagna es la prueba decisiva de una crisis específicamente política de la izquierda italiana, ya que muestra con gran evidencia lo que más le falta y que también oculta las mejores experiencias de buena gobernanza regional. Carece de la actividad de identificación, es decir, la capacidad de volver a dar sentido y orgullo a su electorado, contar un proyecto de modernización del país, anclado en algunos valores básicos de su tradición y capaz de volver a acreditar una perspectiva de progreso que conjugue desarrollo económico y equidad social. Y, sin embargo, sería un error mirar hacia atrás, como muchos parecen tentados a hacer, para volver a comprometerse con las viejas ideologías del siglo XX.

La Emilia-Romagna enseña que la izquierda reformista italiana ha dado lo mejor de sí misma donde ha podido orientar pragmáticamente su identidad hacia los desafíos del futuro. Si la derecha le hace un guiño a una sociedad envejecida y desalentada, centrándose en los temores y el cierre del país, la izquierda debiera, por el contrario, proporcionar, además de la protección social, un horizonte de esperanza, abierto y proeuropeo, especialmente para los jóvenes. Las ‘sardinas’, precisamente en Bolonia, han indicado claramente cuál es el electorado que debe ser cortejado y cuál es el mensaje que se debe dar.

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