Qué significa la reactivación productiva

Interpretar el momento actual es un desafío desde todos los ángulos, pero sobre todo desde el más íntimo sentido de humanidad. Leer las cifras y proyecciones económicas me lleva a pensar en cómo hacemos para integrar a quienes están en los márgenes, las personas invisibles a las estadísticas en una sociedad a la que le urgen respuestas sostenibles pero, también y sobre todo, justas. 

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) advierte de que la pandemia del coronavirus tendrá efectos devastadores en la economía mundial y afirma que afectará de manera negativa a América Latina y el Caribe. Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de este organismo regional, asegura que la crisis sanitaria impactará en una economía ya debilitada tanto en términos de oferta como de demanda, con la interrupción inevitable de las cadenas de producción, la pérdida de ingresos por un aumento del desempleo y dificultades para cumplir obligaciones derivadas de las deudas.

La región latinoamericana creció un 0,1% en 2019. Para este año, se preveía un crecimiento de 1,3%. Estas proyecciones han cambiado radicalmente con la pandemia, estimándose una contracción del 1,8% en el Producto Interno Bruto regional. Esto se puede traducir en un incremento del desempleo de 10 puntos porcentuales, lo que implica que el número de pobres puede ascender a 220 millones de personas en comparación a los 185 del año anterior (2019); de un total de 620 millones de habitantes de los 18 países de América Latina y El Caribe. La pobreza extrema puede incrementarse desde los 67,4 a los 90 millones de personas (Cepal, 2020). 

Una lectura desde los márgenes de la sociedad nos muestra que la mayoría de pobres en el mundo son mujeres, quienes, al mismo tiempo, son generalmente las responsables de la alimentación y el cuidado de sus familias. Si los efectos de la Covid-19 llevan a una pérdida de ingresos del 5% en la población económicamente activa, la pobreza podría aumentar 3,5 puntos porcentuales, lo que significa que 107 millones de mujeres en la región se encontrarán en situación de pobreza. De ahí que la escasez de alimentos y la falta de provisión de servicios básicos como el agua, el saneamiento o la energía ponen en riesgo sus capacidades de cuidado frente a la pandemia y, además, sus oportunidades para sobrevivir a la crisis. La afectación desigual y desproporcionada que causan a la población vulnerable las crisis económicas, así como los desastres naturales o los impactos negativos del cambio climático, está sólidamente documentada.

Sin embargo, la preocupación va más allá de las cifras que, de por sí, ya son alarmantes. Las estructuras de una desigual distribución de riqueza y recursos, las barreras de género íntimamente relacionadas con tradiciones y prácticas culturales, las dificultades para acceder al mundo del trabajo remunerado, de la educación o de la formación técnica, así como las barreras relacionadas con la participación y la representación en las decisiones sobre la forma en cómo vivimos, nos relacionamos, producimos y nos reproducimos, nos lleva a un peligro real de continuar reproduciendo estos mismos patrones. Se trata de un modelo androcéntrico de sociedad que se sostiene en un orden asimétrico en lo socioeconómico, lo político y lo ecológico, y éste es el que debemos cambiar.

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La Cepal, entre otros, sostiene que una de las principales afectaciones para las economías regionales será la disminución de actividades de exportación, con una proyección de hasta el -10,7%; además de una caída en los servicios turísticos, la interrupción de canales globales de valor para sectores manufactureros y el descenso de los precios de productos básicos o materias primas. El riesgo país y un empeoramiento de las condiciones financieras globales también desempeñan un papel crítico en la situación de la región.

En términos macro, se entiende que son varios los frentes a los que se debe atender. Sin embargo, no se están considerando factores sociales y ambientales críticos como la migración, la violencia de género, las actividades ilegales de extracción de materias primas, el tráfico de sustancias estupefacientes, armas y personas; las condiciones de la población en situación de privación de libertad, el deterioro creciente de la biodiversidad y los impactos del cambio climático.  

Entre las medidas económicas, fiscales y monetarias que los países están tomando para hacer frente a la crisis, un criterio esencial debiera ser la protección a la población más vulnerable, con especial atención a las personas adultas mayores, los colectivos de bajos ingresos y las personas empobrecidas. Todo ello considerando que la misma Cepal ya había declarado que América Latina es la región más desigual del planeta. Además, en varios estudios se sostiene que la región afronta condiciones de violencia estructural que menoscaban las oportunidades de las mujeres que participan mayormente de economías informales, mujeres indígenas y defensoras de derechos humanos, campesinas, personas en movilidad, adultas mayores, entre otras. Para una verdadera lectura de la crisis, se necesita un acercamiento a los márgenes para observar las dimensiones reales del problema y responder desde ahí, desde las vidas de las personas.

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El riesgo de que los modelos económicos se resistan al cambio es aún más peligroso con la crisis actual. El gran reto de la economía no está solo en lograr solventar lo básico para la reactivación de la producción, el consumo, la liquidez y el trabajo remunerado; sino, sobre todo, en trascender la visión que privilegia la acumulación por otra en la que se abra un horizonte hacia la sostenibilidad ambiental y la justicia social. Para ello, es indispensable abordar las barreras culturales que sustentan el dominio masculino en los sectores productivos, evolucionar desde la idea de la mujer como sujeto pasivo a la de agente del cambio, combatir al androcentrismo en la política y proponer modelos en los que se pueda vivir bien con menos, distribuyendo equilibradamente los recursos. 

La región cuenta con una herencia comunitaria y experiencias de economías no mercantiles, sus territorios son biodiversos y multiculturales, y en ellos se pueden encontrar fortalezas en estos tiempos distópicos. Si bien el escenario parece fatalista, más que menos, las sociedades latinoamericanas tienen experiencias de solidaridad y tejido social que se pueden rescatar y fortalecer. Una economía basada en relaciones comunitarias, con prácticas de distribución de recursos que den prioridad a quienes menos tienen es una de las vías. Vale, por tanto, poner en primera línea el cuidado de los medios de vida y los mecanismos de intercambio y de trueque, que escapan a lógicas mercantiles, para ayudar a sostener la reproducción de la vida. 

La producción local y comunitaria respetuosa del ambiente, así como los bienes comunes como la salud, la vivienda y laeducación, deben ser lo primordial. Es momento de pensar en una economía que contemple como pilares los cuidados de las personas, de la salud física y emocional, y la erradicación de la violencia; que plantee una perspectiva en la que el trabajo se comprenda en un sentido más amplio, valorando las actividades esenciales que nos permiten funcionar como sociedades modernas y erradicando la explotación humana, así como racionalizando el uso de los recursos limitados de la naturaleza. Ésa es la utopía. 

Es urgente la soberanía alimentaria, pensando en la alimentación nutritiva y que responda a un comercio justo, que establezca equilibrios entre la producción, la comercialización y el consumo. Hace falta generar espacios de cuidado compartido, corresponsabilidad, reciprocidad, conciliación, así como crear comunidades de intercambio y trueque, más allá de la lógica comercial, y pensadas desde y para la reproducción de la vida. Cajas de ahorro y proyectos comunitarios de producción (que vayan más allá de salvar la liquidez) son, entre otras iniciativas, alternativas sostenibles con el ambiente y justas con las personas.

Por otro lado, el debate sobre la renta básica universal está más vigente que nunca y puede plantear una forma de organización social y política muy distinta a la acostumbrada normalidad del consumo irracional. 

Si en los modelos pre-crisis se daba la espalda a la sostenibilidad y la igualdad, en la actual es hora de proponer alternativas desde la diversidad, la inclusión y la armonía con todo lo vivo. No se trata sólo de sobrevivir a la pandemia, sino de vivir con dignidad, y eso es algo que nos concierne a todos y a todas, incluyendo a quienes se ubican en los márgenes de la sociedad y a todas las formas de vida.

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